WALTER MIGNOLO, PROFESOR DE LA UNIVERSIDAD DE DUKE

Walter Mignolo: 'La civilización occidental no es ni global ni universal'

Para el académico argentino, el siglo XXI estará marcado por la confrontación entre la ´desoccidentalización´ y la ´reoccidentalización´ de las distintas regiones del mundo.

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En un mundo cada vez más complejo, pocos pensadores se antojan tan imprescindibles como Walter Mignolo. Nacido en la provincia argentina de Córdoba, su recorrido intelectual abarca campos tan profundos como la literatura, la semiótica y la filosofía, e instituciones educativas que van desde la École des Hautes Études de París hasta la Universidad de Duke (Carolina del Norte, Estados Unidos), donde trabaja desde 1993.

Mignolo es una de las figuras centrales del pensamiento descolonial en los ámbitos latinoamericano y mundial. Sus ideas nos permiten comprender hasta qué punto las nociones, ideas y valores occidentales –europeos y norteamericanos– determinan no solo nuestra manera de entender el mundo en general sino a nosotros mismos. El argentino enmarca las dinámicas globales de las últimas décadas como una confrontación entre “desoccidentalización” y “reoccidentalización”, reacciones de distintos bloques internacionales “al cierre del ciclo de 500 años –de 1500 a 2000– en el que la civilización occidental se construyó y reinó sobre el planeta”. El siglo XXI, asegura, “estará marcado por estas dos tendencias en las relaciones interestatales”.

En esta entrevista, que resultó de un largo intercambio de correos electrónicos, Mignolo profundiza en sus ideas más importantes, examina la complejísima identidad latinoamericana y da un repaso a la situación mundial. Por cuestiones de espacio, el resto de la misma será publicado mañana en el blog Periscopio de la web de este diario (blogs.prensa.com/periscopio).

Acaban de realizarse elecciones en Brasil, con la victoria –estrechísima– de Dilma Rousseff. En un artículo anterior, usted escribió que los brasileños escogerían entre la “desoccidentalización” y la “reoccidentalización”, con consecuencias que van mucho más allá de las fronteras de ese país. ¿Podría ahondar en estos conceptos?

Desde el año 1500 hasta el 2000, el planeta asistió a la fundación histórica de la civilización occidental conjuntamente con su expansión: la emergencia de los circuitos comerciales del Atlántico –que significaron la destrucción de las grandes civilizaciones de Anahuac y Tawantinsuyu–, la masiva expropiación y apropiación de tierras y la explotación masiva del trabajo. La civilización occidental se fundó al mismo tiempo que fundaba la occidentalización del mundo.

A castellanos y portugueses les siguieron holandeses, franceses e ingleses. El Tratado de Westfalia (1648) estableció un cambio en la historia interna de Europa que preparó el terreno para la Ilustración y la emergencia de la forma Nación-Estado. Siguieron las revoluciones en Inglaterra (1688) y Francia (1789). Estos momentos asentaron la emergencia de la etnoclase burguesa, que desplazó del Gobierno a las monarquías y a la Iglesia.

A partir del siglo XIX, principalmente Holanda, Francia e Inglaterra expandieron la occidentalización en Asia y África. Por otro lado, la Revolución Rusa (1918) y la victoria de Mao en China no fueron otra cosa que procesos de autooccidentalización, puesto que implementaron en ambos países el complemento occidental del liberalismo, que es el socialismo/comunismo.

Así las cosas, no fue hasta la Conferencia de Bandung (Indonesia), en 1955, que la hegemonía de la occidentalización comenzó a ser refutada. El lema de Bandung era ni comunismo ni capitalismo sino descolonización. Pero hubo otra palabra que circuló en Bandung pero perdió fuerza. Esa palabra era “desoccidentalización”. En ese momento, ambas eran complementarias: descolonización significaba autonomía política y desoccidentalización significaba construirnos a nosotros mismos como autónomos del Occidente capitalista y del occidentalismo comunista en Rusia y China.

Por otro lado, el cambio de política que introdujo Deng Xiaoping en China condujo también a reorientar la visión política: capitalismo sí, occidentalización no. Eso fue en los últimos 20 años del siglo XX. Hacia el año 2000 era claro ya que ambos estados no podían coexistir. En esos momentos la doctrina neoliberal de homogeneizar el mundo era ya conocida y rechazada, sobre todo después de la demolición de las torres gemelas y la invasión estadounidense a Irak.

Desoccidentalización, entonces, es la palabra que define la apropiación de la economía capitalista para asentar una política de autonomía con respecto a la occidentalización. La respuesta de Estados Unidos (EU) a la emergencia desoccidentalizante fue la reoccidentalización. Es decir, el intento y el esfuerzo de retomar el liderazgo global que perdió durante el gobierno Bush-Cheney (2001-2009), con la cooperación de Tony Blair en el Reino Unido.

¿Cómo repercute todo esto en América Latina?

Hoy América Latina, como el resto de los Estados “menores”, tiene dos opciones: alinearse con la desoccidentalización o con la reoccidentalización. Los países de la Alianza del Pacífico –Chile, Perú, Colombia y México– están claramente alineados con la reoccidentalización, aunque no sé cómo procederá Bachelet con el legado que le dejó Piñera. En tanto, Brasil –miembro de los BRICS–, Argentina, Uruguay, Bolivia, Ecuador, Nicaragua y Venezuela están alineados con la desoccidentalización. Si Aécio [Neves, candidato opositor] hubiera sido elegido presidente en Brasil, habría habido un vuelco radical, y de una enorme importancia para toda Latinoamérica, hacia la reoccidentalización, que es la tendencia de la derecha y la extrema derecha en la región.

Usted ha escrito que la modernidad europea tiene un lado oscuro, que es el colonialismo. ¿Cómo se entiende esta idea?

En realidad, el lado oscuro no es el colonialismo sino la colonialidad. El colonialismo es reprochable pero visible. E incluso a veces justificable: se le suele defender en nombre del progreso, el desarrollo y la civilización de los bárbaros.

La colonialidad es más siniestra. No se ve. Y, como el inconsciente en Freud o la plusvalía en Marx, no se hace visible hasta tanto surge una teoría que la pone sobre el tapete. La visibilidad de la colonialidad no surgió en Europa, sino en la región Andina de América del Sur. Hoy es incorporada en las reflexiones de la mayor parte del mundo que fue colonizado pero, claro está, tiene poca vigencia (aún) en Europa occidental y en EU. La colonialidad es difícil de “sentir” cuando uno habita y se educa en los esplendores imperiales de la idea de modernidad.

La colonialidad es también un lado oscuro constitutivo: no hay modernidad sin colonialidad. Por lo tanto, habría que hablar de modernidad/colonialidad; la barra une y separa ambas esferas.

La modernidad no es un período histórico sino un relato, una retórica que promueve la salvación y el desarrollo, y que legitima la destrucción de todo lo que se le oponga, la expropiación de todo lo que se necesite y toda la explotación laboral que sea necesaria. Modernidad es la ficción que justifica las condiciones de vida en el planeta, y la injusticia, la desigualdad, la explotación y la muerte de seres humanos que estas acarrean.

Para muchos historiadores, las potencias occidentales han hecho un esfuerzo considerable en presentar su proceso y estilo de modernización como el único válido y aceptable. ¿Cómo encaja esta idea con las nociones de desoccidentalización y reoccidentalización?

El lado luminoso de la idea de modernidad es la contribución que la civilización occidental hace a la larga historia de las civilizaciones humanas. La civilización occidental es la más joven –apenas 500 años– y, a la vez, la única que logró imponerse sobre, e inmiscuirse en, el resto de las civilizaciones del orbe: en este sentido, creó un relato histográfico –Hegel, por ejemplo– que sirvió para remitir a todas las demás civilizaciones al pasado y a urgirlas a que se “modernizaran”.

La civilización occidental, entonces, se fundó sobre –y tiene como estructura subyacente– el patrón colonial de poder, que consiste en una retórica de salvación –conversión, progreso, desarrollo, democracia de mercado– y su lado más oscuro e invisible: la lógica de despojo y muerte para poder materializar las promesas de la modernidad. Por 500 años, Occidente fundó, transformó y se disputó internamente –de España, Holanda, Francia e Inglaterra a EU– las transformaciones y adaptaciones de ese patrón.

La desoccidentalización dijo “basta”, y comenzó a disputar no el patrón colonial de poder sino su control. La desoccidentalización, entonces, no rechaza la idea de desarrollo y modernización. Es más bien quién tiene las riendas. Una manera de entenderlo sería diciendo que la desoccidentalización se apropió de la economía de acumulación que hace posible la autodeterminación política. Mientras, a la reoccidentalización no le conviene que eso ocurra.

De modo que debemos reconocer las contribuciones de Occidente sin desmerecer las de civilizaciones como China, India o el mundo islámico, que coexistieron junto al auge de Occidente y, sobre todo, su intento de reprimirlas para dominarlas (como sucedió, en efecto, con las civilizaciones aztecas, mayas e incas). Esta es una de las razones fundamentales del desorden global que estamos presenciando: China ocupará el lugar que ocupó Occidente, sobre todo en los últimos 300 años. Pero tampoco ya Occidente podrá ser lo que fue, y lo que quiere seguir siendo, mediante la reoccidentalización. Estamos ya en un mundo multipolar.

El ascenso de China supone el desafío más grande en los últimos dos siglos a la noción de que la modernidad europea es la única posible. ¿Qué consecuencias podría tener cuanto a los valores que definen lo “bueno” y lo “malo” en todo el mundo?

Así es y así será: el retorno de China en la esfera global es sin duda un desafío para la occidentalización y la reoccidentalización. La civilización occidental definió sus –no “los”– valores de lo bueno y lo malo: democracia, capitalismo y libertad/individualismo. Naturalmente, y dado que la civilización occidental no es ni global ni mucho menos universal, lo que está ocurriendo es un despertar del sueño, de la anestesia en que Occidente y su idea de modernidad habían sumido a grandes sectores del planeta.

Lo que vemos en la desoccidentalización es precisamente eso, el decir “ya basta”. En China ha sido dicho por intelectuales, y por el propio [presidente] Xi Jinping, que un gobierno al estilo occidental es impensable. Por eso han surgido los debates en torno a un constitucionalismo confuciano.

La multiplicación de Institutos Confucio surge de la necesidad de que no sean los Institutos Goethe, las Alianzas Francesas, los Institutos de Cultura Británica y “Americana” de EU que propaguen “sus” valores como si fueran “los” valores.

Vemos lo mismo con el islam. ¿Por qué los Estados en los cuales la civilización islámica predomina deberían adoptar los valores occidentales? ¿Y por qué el islam tendría que separar Iglesia y Estado cuando ese no fue nunca su problema sino el de Occidente?

Es indudable que el ciclo del predominio de la civilización occidental se cerró. Ese predominio se consiguió en gran parte por un tipo de economía sobre la que se asentaron los Gobiernos, la educación, la televisión y la propagación de la imagen de Occidente. Todo esto pasó a las manos de gentes que nunca quisieron –y mucho menos ahora– ser manoseados y humillados en nombre de la democracia y del individualismo.

En la actualidad hay una tendencia global fuerte que repudia el individualismo y todas sus consecuencias y, en cuanto a la democracia, la cuestión es crear condiciones para gobiernos justos, sociedades armónicas y equitativas. Y la democracia no es la única manera de hacerlo. De hecho, en nombre de la democracia se han llevado a cabo las guerras más destructivas del planeta en los últimos 250 años.

Ya que hablamos tanto de Occidente, ¿somos los latinoamericanos “occidentales”?

Si seguimos la división del planeta establecida por el papa Alejandro VI a finales del siglo XV, el continente que habitamos era en aquel entonces las Indias Occidentales, que luego la doctrina Monroe (1823) tradujo a “hemisferio occidental”. El término “Latinoamérica”, por otro lado, surgió en los procesos de occidentalización de la segunda mitad del siglo XIX: Francia, con la colaboración de criollos en las repúblicas hispanoamericanas, inventó la “América Latina” para avanzar su proyecto imperial y confrontar la expansión hacia el sur de EU después del Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848). Así, la población de ascendencia europea –criolla, mestiza o inmigrante– ha/hemos sido educada/dos en los valores de Occidente. Al mismo tiempo somos “occidentales marginales” en la distribución de Samuel Huntington, que redefine la civilización occidental para incluir en ella a Nueva Zelanda y Australia y concibe a América Latina como una civilización en sí misma.

Y eso no es todo. Quienes habitan Abya Yala –los pueblos originarios de todas las Américas– y quienes habitan La Gran Comarca –afrodescendientes– están en el hemisferio occidental, pero su relación con la civilización occidental es distinta de la de la población de ascendencia europea: quienes descendemos de europeos, aunque seamos mestizos o inmigrantes, llevamos la mejor parte [de la historia] en las Américas.

En otras palabras, los pueblos originarios y los afrodescendientes llevan las memorias de dos genocidios de los que los descendientes europeos nos hemos beneficiado. Ninguna de sus historias se remonta a Grecia y Roma. Los pueblos originarios tienen su propia historia en Anáhuac y Tawantinsuyu. Los afrodescendientes en la trata de esclavizados en el Atlántico y la esclavitud en las plantaciones.

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