protestas y enfrentamientos en turquía

Los árboles del sultán

Lo que comenzó como una causa ambientalista ha expuesto las divisiones más profundas de la sociedad turca.

La “mujer de rojo” se ha convertido en el símbolo más reconocible de las protestas y enfrentamientos que están ocurriendo desde hace más de una semana en Turquía. Su vestido veraniego y su bolso transmiten feminidad y modernidad, mientras que su pelo suelto, al aire, traslada la atención hacia el chorro de gas con que un policía enmascarado y bien equipado –representante del aparato represivo estatal– la agrede a quemarropa.

La foto, tomada por Osman Orsal, de Reuters, cumple a cabalidad su objetivo de valer más que mil palabras. Pero si hubiera que buscar una combinación de palabras que se le compararan, pocas lo harían como la redactada por el escritor turco Orhan Pamuk en su novela Me llamo Rojo: “Yo no quiero ser un árbol, sino su significado”.

Desde cierto punto de vista, la frase de Pamuk es incluso superior. Porque todo empezó a raíz de unos árboles, los del parque Gezi, que iban a desaparecer como consecuencia del proyecto de renovación urbanística que el municipio de Estambul planeaba llevar a cabo en la plaza Taksim, quizá la más importante de la ciudad.

Ahora parece mentira, porque las protestas pacíficas en el parque y en la plaza desembocaron en enfrentamientos, violencia y vandalismo entre policía y civiles, a medida que los árboles del parque Gezi daban paso, en la mente de los manifestantes, a un descontento enraizado en las fallas tectónicas que dividen a la Turquía moderna.

´Es un dictador´

A medida que transcurren los días, los contornos de los eventos turcos empiezan a apreciarse con claridad. El primer gran estudio al respecto, una encuesta llevada a cabo por la universidad estambulita de Bilgi sobre 3 mil manifestantes entre el 3 y el 4 de junio, arroja las primeras claves sobre el quién y el porqué de las protestas.

Empezando por los motivos, el 92.4% de los encuestados citó la “actitud autoritaria de [el primer ministro Recep Tayyip] Erdogan”. En segundo lugar, el 91.3% mencionó la brutalidad policial, y el 91.1% la violación de derechos democráticos. En cuarto lugar, el 84.2% citó el silencio de los medios, y finalmente el 56.2% dijo estar protestando por los árboles.

La relación entre estos cinco motivos fue expresada por una manifestante a la periodista turca Amberin Zaman: “inicialmente, nos unimos a las protestas para proteger los árboles, nada político. Pero cuando Erdogan ignoró nuestras objeciones de manera imperiosa, y declaró que el proyecto seguiría adelante, algo hizo click: no estamos a favor o en contra de ningún partido político. Estamos en contra de la dictadura, y Erdogan es un dictador”.

Desde su llegada al poder en 2002, el Partido de la Justicia y el Desarrollo, o AKP, ha gozado de altísimos niveles de popularidad –refrendados en elección tras elección– sostenidos, principalmente, por un crecimiento económico que ha puesto a Turquía entre las 20 principales economías del mundo y ha devuelto al país el estatus de potencia regional. Además, el AKP ha tenido un éxito sin precedentes en el manejo de los problemas más graves de Turquía: la integración de los kurdos, que amenazaba la estabilidad del país, y la reducción del excesivo poder del que gozaban el ejército y el sistema judicial del país, principal peligro para su democracia.

Sin embargo, y desde 2007, el partido de Erdogan ha ido aumentando su tono autoritario, conservador e intolerante con la crítica. Hoy por hoy, Turquía es el país que más encarcela a periodistas –supera a Irán y a China–, la brutalidad policial es común y el AKP ha empezado a imponer su visión conservadora de la sociedad a través de leyes que regulan la venta de alcohol (ahora limitada a antes de las 10:00 p.m.) y que prohíben las manifestaciones públicas de afecto. En un análisis para Al Monitor, Zaman resume el giro político que ha experimentado su país.

“El uso sistemático y desproporcionado de la fuerza en contra de la más mínima discrepancia oscurece el hecho de que el AKP ha sido elegido democráticamente, y continúa siendo el gobierno más popular de nuestra historia reciente. (...) Pero las personas que no comparten la cosmovisión de Erdogan se sienten, cada vez más, como ciudadanos de segunda clase”. Steven Cook y Michael Koplow, escribiendo para Foreign Policy, opinan que el AKP “ha ido estrangulando a la oposición, pero manteniéndose dentro de los límites democráticos”. Bajo el AKP, concluyen, “Turquía se ha convertido en un ejemplo clásico de una democracia hueca”.

´Consume y cállate´

Las críticas hacia el AKP no se limitan al aspecto político. De hecho, el caso específico del parque Gezi ilustra que la frustración de muchos turcos tiene bastante que ver con la realidad económica del país. La destrucción del parque, escribió Pepe Escobar en el Asia Times Online, “sigue un fraude neoliberal probado a nivel mundial: será reemplazado por un centro comercial (mall). Y resulta crucial apuntar que el alcalde de Estambul, miembro del AKP, es dueño de una franquicia que se beneficiará de este mall, y que el hombre que se ganó la licitación es nada menos que el yerno de Erdogan”.

Para Escobar, el capitalismo agresivo que ha caracterizado al AKP –alineado con los intereses de la llamada “comunidad internacional”– ha provocado que Turquía fuera proyectada como un Estado modélico, especialmente de cara al resto del mundo musulmán. Dentro del país, además, tampoco le ha ido mal. “Erdogan apostó por la economía para persuadir a las masas, y le ha funcionado bastante bien: la sociedad de consumo es fuerte en Turquía”, dijo el sociólogo Cengiz Aktar a la agencia AFP.

Pero cada vez más turcos se oponen a esta manera de hacer las cosas. “Se está desarrollando la percepción de que el partido [AKP] está llevando a cabo una forma agresiva de capitalismo que desafía las consideraciones ambientales y los valores islámicos. Y en los círculos empresariales hay una creciente frustración por la cantidad de contratos que se le están otorgando a los aliados de Erdogan”, decía un reciente análisis de la agencia Stratfor. La entrada en las protestas de la Confederación de Sindicatos Públicos (KESK) –con 250 mil miembros– añade, además, un tinte de lucha de clases que podría desembocar, según el académico Juan Cole, “en el tipo de movimientos sociales que han acabado con gobiernos neoliberales en países como Argentina o Francia”.

En otras palabras, podríamos estar presenciando el fin de un modelo político en Turquía. “Se puede apreciar que la estrategia ´consume y cállate´ tiene sus límites. La gente está diciendo: ´suficiente, queremos nuestras libertades también”, concluyó Aktar. En esta misma línea, el diario Hurriyet valoró en un editorial la “lección democrática” que estaban dando los manifestantes. “¡Bravo, niños! Pensábamos que eran fruto del capitalismo, pero han destruido todos nuestros prejuicios”.

Las muchas Turquías

Con los motivos claros, la siguiente pregunta es: ¿quién está protestando? En este sentido, la palabra “niños” es quizá la más significativa del editorial de Hurriyet: la mayoría de los que protestan son estudiantes y jóvenes profesionales, “un grupo demográfico propenso a utilizar las redes sociales para organizar las protestas”, escribió Stratfor. Como se mencionó, la encuesta de la universidad de Bilgi produjo resultados que permiten hacer un perfil de los manifestantes: el 53% no había participado en una protesta con anterioridad, y el 70% no pertenecía a ningún grupo político. El 81.2% se identificaba como “libertario”, y el 64.5% como “secular”. Por ende, valoró la agencia de inteligencia estadounidense, “los manifestantes dominarán la atención de los medios, pero no parecen representar a la mayoría de la población. Las protestas serán significativas si aumentan al orden de los cientos de miles de participantes, incluyen una mayor variedad de grupos demográficos, y se extienden a las áreas donde tradicionalmente se apoya al partido oficialista”.

La división que sugieren los resultados de la encuesta quedó evidenciada en la madrugada del viernes, cuando miles de simpatizantes del AKP recibieron a Erdogan en el aeropuerto de Estambul, al que regresaba después de una breve gira por el norte de África. De manera simultánea, miles de personas protestaban en la plaza Taksim y entonaban cánticos exigiendo la renuncia del primer ministro. Pero la figura de Recep Tayyip Erdogan es solo la última manifestación de una serie de divisiones cuyas raíces se encuentran en las profundidades de la república de Turquía que hoy conocemos: la fundada por Mustafa Kemal Ataturk en 1923, tras la desaparición del Imperio Otomano.

Para Ataturk, la supervivencia de Turquía pasaba por la conservación del núcleo del Imperio Otomano –Asia Menor y el lado europeo de Turquía– como parte de un Estado independiente. Para lograrlo, dos cosas eran necesarias. La primera era la contracción: Turquía abandonó cualquier reclamo sobre antiguos territorios otomanos. La segunda era la “des-otomanización” del país: para Ataturk, Turquía necesitaba una sociedad secular en la que el islam no fuera más que un asunto privado. El ejército –que para él representaba el elemento más moderno de la sociedad– asumiría la doble responsabilidad de modernizar el país y garantizar la supervivencia del Estado secular.

El problema de la visión kemalista estaba contenido en la geografía turca. Para empezar, el desbalance interno era obvio: mientras que la élite gobernante –secular y “moderna”– provenía de la parte europea del país, la mayor parte del territorio turco estaba en la península de Anatolia, una región pobre y montañosa cuyos habitantes eran más parte de Oriente Medio –musulmanes y políticamente conservadores– que de la Europa de los sueños kemalistas.

A medida que las poblaciones de Mármara y Anatolia se fundían en una –a través de la inmigración y el movimiento de capital– y el nacionalismo árabe colapsaba dando pasó a un revival del islam como fuerza política, era de esperarse un reajuste de fuerzas en la sociedad turca. Ese reajuste llegó con la elección de Turgut Ozal como primer ministro, en 1983. Ozal rehabilitó el islam en la esfera pública mientras apoyaba con entusiasmo a Washington durante la Guerra Fría. Su misteriosa muerte en 1993 no acabó con el fenómeno que representaba: el distanciamiento del kemalismo. Su testigo fue recogido por el AKP de Tayyip Erdogan, en 2002, inaugurando una década de cambios.

Tolerancia perdida

Para muchos, incluso dentro de Turquía, el AKP es un misterio. Casi nadie sabe cuáles son exactamente sus bases ideológicas, e incluso hay quien asegura que tienen una agenda islamista encubierta. Lo cierto es que, hoy por hoy, es el movimiento político más fuerte de Turquía por una simple razón: es el único que ha logrado conectar con los “renegados” del kemalismo –la burguesía del interior y, en general, aquellos orgullosos de la herencia islámica y otomana del país– sin abandonar la base europeísta y progresista turca.

Pero una década de AKP ha traído sus consecuencias. E irónicamente, el aumento de la movilización democrática en Turquía parece haber sumido al país en lo que los politólogos llaman “democracia mayoritaria” (algo que los latinoamericanos conocemos bastante bien). “Erdogan cree que, una vez alcanza la mayoría de votos, tiene derecho a tomar todas las decisiones políticas del país. Hace caso omiso de aquellos que se le oponen, y emplea un tono autoritario para callarlos”, escribió Mustafa Akyol en Foreign Policy.

Turquía se encuentra en un momento complicado. “El problema (...) es cómo salvar el abismo entre los seculares y los religiosos. Esa es la mejor manera de acallar a los radicales”, escribió George Friedman, presidente de Stratfor.

El problema es que el AKP se encuentra, en sus palabras, “sirviendo un débil brebaje, que le sabe a poco tanto a los verdaderamente religiosos como a los verdaderamente seculares”. La oposición, encima, se encuentra fragmentada, y su fracción más fuerte, la kemalista, representa una visión que se antoja obsoleta.

Las protestas turcas son, en perspectiva, la manifestación de la frustración de las clases seculares por el desmantelamiento del kemalismo. Desde otro ángulo, son la expresión de una nueva generación, ni kemalista ni AKP-ista, que no se siente aludida por los traumas del pasado.

También son un fenómeno que se repite a escala global: “la represión sobre los movimientos como Occupy en Europa y Estados Unidos atestan al hecho de que, cuando los Estados neoliberales sienten su poder amenazado, aumentan el ´firme dominio del pueblo´ con el que protegen su poder e intereses”, escribió Mark Levine en Aljazeera.com.

Pero por encima de todo, las protestas son un test crucial para las instituciones democráticas turcas. Por ahora, ha habido señales preocupantes y esperanzadoras de ambos bandos.

Lo que parece claro es que 90 años de kemalismo sirvieron para eliminar en Turquía una de las cosas que permitió a los otomanos establecer uno de los imperios más multiculturales y longevos (más de 600 años) de la historia.

En palabras de Stratfor, “La demografía política turca ha pasado de un sistema de gobierno proactivamente multicultural, a uno con una supermayoría turca dominante que intenta asfixiar a las minorías en la vida pública”.

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