20 años del genocidio de ruanda, segunda parte

La arrogancia que no acaba

Desde 1994, Ruanda se ha convertido en un país próspero y estable. Y aunque hay mucho que criticar, el ejemplo de su reconciliación no debe perderse de vista.

Temas:

/deploy/DATA/laprensa/BBTFile/0/2014/12/04/0_20141204SPCEaB.jpg /deploy/DATA/laprensa/BBTFile/0/2014/12/04/0_20141204SPCEaB.jpg
/deploy/DATA/laprensa/BBTFile/0/2014/12/04/0_20141204SPCEaB.jpg

A mediados de 1995, el periodista estadounidense Philip Gourevitch realizó un recorrido por las cárceles ruandesas como parte de su investigación sobre las secuelas del genocidio del año anterior. Para entonces, más de 60 mil hombres, mujeres y niños –detenidos por su supuesta participación en las matanzas– abarrotaban un sistema de 13 penales diseñado para albergar 12 mil prisioneros. Impactado por lo que vio, Gourevitch le sacó el tema en una entrevista al general Paul Kagame, comandante del Ejército Patriótico Ruandés (RPF), vicepresidente y ministro de Defensa.

“Si un millón de personas murieron aquí, ¿quién las mató?”, le respondió el militar, que sabía muy bien adonde quería llegar.

“Un montón de gente”, alcanzó a contestar el periodista.

“Sí”, dijo Kagame. “¿Y has encontrado a alguno que admita su participación?”.

Gourevitch, por supuesto, no había encontrado a ninguno. Todos los ruandeses con los que habló aseguraban haber sido arrestados injusta y arbitrariamente.

En todo caso, ¿no le preocupaba al general que hubiese tantos inocentes encerrados?

“Claro”, contestó Kagame. “Pero prefiero lidiar con el problema de que estén en prisión, no solo porque es la mejor manera de seguir el proceso de justicia, sino porque si estuviesen en la calle los matarían”.

La conversación anterior captura una parte importante de la realidad posgenocidio en Ruanda. Kagame no se equivocaba, por supuesto, y Gourevitch comprobaría después que muchos de esos prisioneros –quizá la mayoría– prefería pasar sus días encerrados que en las calles.

Lista para el desastre

Los meses siguientes al genocidio habían sido muy tensos en el país de las mil colinas. Con el RPF entraron a Ruanda unos 800 mil tutsis procedentes del exilio –un reemplazo casi exacto de los exterminados– mientras que unos dos millones de hutus huyeron temiendo represalias, alojándose principalmente en campos de refugiados en Zaire –actual República Democrática del Congo (RDC)– cuyas condiciones no distaban mucho de las de las cárceles ruandesas.

Sus miedos no eran infundados: los días en Ruanda estaban llenos de reportes de matanzas de hutus aquí y allá, desde meros rumores hasta masacres ejecutadas por el propio RPF, pasando por el asesinato de líderes hutus. El nuevo gobierno –de “unidad nacional”, con un presidente y un primer ministro Hutu– hacía lo que podía, pero no era suficiente: Ruanda, simple y sencillamente, no tenía la capacidad para hacer justicia. Las cortes estaban cerradas, pues no había recursos y la mayoría de los abogados habían huido o estaban muertos.

Todo esto, a su vez, era completado por la manera como había concluido el genocidio. Al protagonizar el éxodo más rápido de la historia humana –un millón de personas entraron en Zaire en una semana; 250 mil cruzaron un puente hacia Tanzania en un solo día–, el liderazgo Hutu ejecutó un movimiento tácticamente brillante: los genocidas se disolvieron en una enorme catástrofe humanitaria, provocada por ellos mismos sobre su propia gente.

Desde ahí, el “poder Hutu” no solo logró obtener asistencia –la ONU y las ONG tuvieron que trabajar en campos controlados por milicias Interahamwe– sino que siguió ejecutando su plan. Las terribles condiciones en los campos, la presencia de los peores genocidas dentro de ellos, y los ataques realizados por milicias hutus incursionando en territorio ruandés –y viceversa– constituían fuentes inagotables de tensión entre Ruanda y sus vecinos. Pero, sobre todo, cada hutu muerto dentro de Ruanda era un pasito más hacia la reivindicación de los genocidas, hacia una nueva vorágine de violencia que convertiría al genocidio en un mero preludio, diluido en el continuo de la historia. “Donde sea que fuera, y con quien sea que hablara (...), todos me decían que habría una nueva guerra, y pronto”, escribió Gourevitch.

En esas circunstancias, pocos en el mundo daban un centavo por el gobierno en Kigali. La lógica del Gobierno ruandés, de hecho, era parecida a la del Estado de Israel en 1948: estaba compuesto por hombres nacidos y formados en el exilio, que vivían día a día la ironía de que su poder y legitimidad estaban cimentados sobre el asesinato en masa de su pueblo. Cualquier tipo de venganza, por ende, era un disparo al pie. Y con los genocidas sueltos y disueltos dentro y fuera del país –algo a lo que ninguna víctima de genocidio, antes o después, se ha tenido que enfrentar–, la mesa estaba puesta para que sucediera lo peor.

20 años después

Los párrafos anteriores resultarían inverosímiles para cualquier persona que, desconociendo la historia, aterrizara hoy en Kigali. La Ruanda de hoy es una historia de éxito. Es el mercado africano más atractivo según la firma A.T. Kearney, el segundo mejor lugar para hacer negocios en África según el Banco Mundial, y el tercer país más competitivo de la región subsahariana según el Foro Económico Mundial. Su economía lleva cinco años creciendo a un promedio del 8%. El PIB per cápita pasó de $212 en 2001 a $644 en 2012, y el Gobierno se ha propuesto duplicarlo como parte de su meta principal: convertir a Ruanda en un país de ingreso medio para el año 2020.

Significativamente, el éxito económico del país guarda una estrecha relación con la profunda transformación de su sociedad. Más de un millón de ruandeses han salido de la pobreza en los últimos cinco años, y para 2020 el Gobierno espera reducir ese indicador –hoy en 44%– a la mitad. El 92% de los niños tiene acceso a educación primaria, y los cupos universitarios se dan estrictamente por méritos académicos.

En esta misma línea, el Gobierno –presidido por Paul Kagame desde 2000– ha implementado un sinnúmero de políticas de igualdad de género. El crimen personal es prácticamente un mito, e incluso se prohibieron las bolsas plásticas en 2006. No es casualidad que Kigali sea conocida como “el lugar más limpio de África”.

Todo sociedad, dice el adagio, tiene el gobierno que se le parece. Y Ruanda no es la excepción: Transparencia Internacional lo coloca como el segundo país menos corrupto del continente, el menos propenso a sobornos del África oriental y el gobierno con la mayor efectividad –95%– a la hora de luchar contra la corrupción. Además, sus políticas de género han resultado en un parlamento con un 64% de presencia femenina, todo un récord mundial.

Maestra Ruanda

Pero todo lo anterior descansa sobre la increíble lección de reconciliación que Ruanda le ofreció al mundo a partir de 1994. Los resultados están ahí: más de un millón de refugiados han regresado al país y, de acuerdo al gobierno, apenas quedan 79 mil personas desplazadas. La reconciliación ruandesa es hermosa principalmente porque su ´nunca más´ particular, lejos de producir una mentalidad de asedio, obligó al país a superar sus propias diferencias.

El mérito, por supuesto, es de todos los ruandeses. El genocidio fue como una espada con dos caras afiladísimas: su naturaleza tan íntima –vecinos matando a vecinos– le dio a los crímenes una profundidad casi infinita, pero también aumentó exponencialmente las historias de solidaridad. Miles de hutus murieron defendiendo tutsis. Incluso hubo quienes salían a diario a participar de las matanzas mientras escondían tutsis en sus casas. Ante esa disyuntiva, el pueblo ruandés escogió el lado correcto de la espada. La decisión no habrá sido la más fácil –los ruandeses, escribió Peter Gwin en National Geographic, “deben navegar a diario esta compleja resaca emocional, cada uno a su manera”–, pero sí la correcta. Por eso, la humanidad está en deuda con ellos.

Gran parte del crédito de la reconciliación recae sobre los hombros del liderazgo ruandés. Particularmente sobre Paul Kagame, que tuvo la capacidad –humana y política– de imponer una actitud de reconciliación y de llevarla a sus máximas consecuencias a través de políticas concretas, como la eliminación oficial de los términos ´Hutu´ y ´Tutsi´ y la implementación de las cortes gacaca, un sistema precolonial de justicia comunitaria por el que han sido enjuiciadas más de dos millones de personas y a través del cual más de 100 mil genocidas confesaron sus crímenes. La reconciliación está complementada por el trabajo del Tribunal Penal Internacional para Ruanda –cuyo mandato termina el próximo 31 de diciembre– y por una unidad de rastreo de fugitivos, que intenta localizar a los genocidas de alto perfil que viven fuera del país.

La otra cara

Naturalmente, no todo es color de rosa en las mil colinas ruandesas. El país continúa siendo pobre y muy desigual. La desigualdad, de hecho, va mucho más allá de lo económico. Por más narrativa posétnica que se quiera instaurar, muchos ruandeses –hutus (85% de la población) y Twa (1%)– se quejan de que los mejores trabajos y oportunidades siguen yendo a parar a manos tutsis (14%). De hecho, el nombre oficial para lo ocurrido en 1994 es “el genocidio contra los tutsis”.

Todo esto forma parte de un panorama no muy prometedor para la sociedad civil. Kagame es un Presidente que roza lo dictatorial, valiéndose de enormes cantidades de propaganda, encarcelando individuos por tener “ideología genocida”, ganando elecciones por más del 90% de los votos y rehusándose a dejar el poder cuando termine su período, en 2017. Incluso sus simpatizantes admiten que la prensa ruandesa –calificada como “no libre” por Freedom House– está en “la axila” del Estado.

Pero quizá la cara más tenebrosa del Presidente ruandés esté apenas dándose a conocer. En los últimos meses, varios medios internacionales –principalmente el diario canadiense The Globe and Mail– han revelado la existencia de un programa para asesinar a los enemigos de Kagame, donde sea que se encuentren. El caso más notorio es el de Patrick Karegeya, exjefe de inteligencia en los años 90, estrangulado a finales de diciembre en un hotel en Johannesburgo. Pero no es el único: las revelaciones periodísticas, unidas a un reciente informe de Human Rights Watch dedicado exclusivamente al tema, documentan 20 años de ataques contra cualquiera que se atreviese a cuestionar a Paul Kagame.

Los excesos de Kagame y su gobierno contrastan fuertemente con la imagen ejemplar que el líder ruandés se ha creado a nivel internacional. Pero más allá de eso, el motivo de los asesinatos continúa siendo la gran incógnita. Para algunos, Kagame quiere mantener a su círculo interno disciplinado. Para otros, quiere evitar la formación de un partido que amenace su monopolio político. Hasta ahora, sin embargo, los argumentos más convincentes apuntan hacia la inteligencia. En su gran mayoría, las víctimas han formado parte del “círculo cero” de Kagame durante algunos de los momentos más importantes –y misteriosos– de la historia reciente de la región, como el atentado contra el presidente Habyarimana en 1994 o el asesinato de Laurent Kabila, presidente de la RDC, en 2001.

Abriendo el ángulo

Todo esto vuelve a traer a colación el contexto regional. Por más exitosa que haya sido la reconciliación ruandesa, lo cierto es que los problemas causados por el éxodo posgenocidio siguen sin resolverse. Las consecuencias del genocidio son parte central de la llamada “Guerra Mundial de África”, un conflicto centrado en el este de la RDC –rico en recursos minerales–, que involucra a nueve países africanos y que desde 1996 se ha cobrado más de cinco millones de vidas.

Los abusos de Kagame dentro y fuera de Ruanda están pasando cada vez menos desapercibidos, y el Presidente ruandés se ha comenzado a ganar poderosos detractores en las capitales más importantes del mundo. En Washington, por ejemplo, el senador Ed Royce ha propuesto eliminar la ayuda no humanitaria que Estados Unidos le proporciona a Kigali anualmente.

En este panorama, Kagame tendrá que tomar decisiones importantes. El 48% del presupuesto del país es financiado por gobiernos e instituciones extranjeras, por lo que una serie de errores de juicio podría traer consecuencias severas. Por otro lado, Ruanda es un pilar importante de la seguridad regional. Kigali ha contribuido con tropas a las misiones internacionales en Darfur y la República Centroafricana. Y con la cantidad de focos de inestabilidad a nivel continental –de Somalia a Nigeria–, la “comunidad internacional” no puede permitirse alienar a uno de los pocos países estables y prósperos de la región.

Será interesante observar lo que haga Kagame en los próximos años. Para el observador externo, Ruanda presenta un dilema tan fascinante como insoluble. Por un lado, es fácil –y hasta necesario– condenar su campaña de asesinatos y criticar sus maneras autoritarias y sus decisiones militares. Es fácil predecir que el poder lo puede envenenar y deshacer todo lo construido. Es fácil decir que debería hacer esto o aquello. Es fácil, es gratis, y nos hace sentir bien.

Por contra, y conociendo el rol del mundo –especialmente de Occidente– en la historia ruandesa, ¿quién tiene la autoridad moral para juzgar a Kagame y a su pueblo, para decirle qué deben o no deben hacer? En este sentido, la conducta del Gobierno ruandés vuelve a mostrar similitudes con su par israelí. Después de todo, ¿es la campaña de asesinatos de Kagame fundamentalmente distinta de las realizadas por el Mossad por todo el planeta, o de los secuestros de Adolf Eichmann (Buenos Aires, 1960) o Mordechai Vanunu (Roma, 1986)?

Las comparaciones, por supuesto, son complejas. Y sobre todo odiosas. En todo caso –y bajo cualquier ángulo– lo conseguido por el país de las mil colinas raya en lo sobrehumano. El que no sea reconocido así a nivel global es solo una muestra más de la verdadera escala de valores –y de colores de piel– que impera en nuestro mundo. El mundo que abandonó a los ruandeses y a que ahora, en vez de aprender de ellos, pretende seguir diciéndoles qué hacer.

Comentarios

Los comentarios son responsabilidad de cada autor que expresa libremente su opinión y no de Editorial por la Democracia, S.A.

Por si te lo perdiste

Última hora

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Directorio de Comercios

Loteria nacional

20 Sep 2017

Primer premio

7 6 3 4

BAAB

Serie: 14 Folio: 4

2o premio

8739

3er premio

8290

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código

Caricaturas

Pon este widget en tu web

Configura tu widget

Copia el código