CHINA Y TAIWAN

El baile que no debe parar

Las relaciones a través del estrecho parecen estar llegando a un punto de inflexión, y todo dependerá de lo que se decida en Beijing.

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El 10 de octubre de 1911, un levantamiento armado en la ciudad de Wuchang echó a andar un proceso revolucionario que pondría punto y final a dos milenios de gobierno dinástico en China. La llamada “revolución de Xinhai” culminó el primer día de 1912 con la fundación de la República de China (RDC), un ente político que tuvo que trasladarse casi 38 años después a la isla de Taiwan, tras su derrota en una cruel guerra civil. Los ganadores establecieron la República Popular China (RPC) el 1 de octubre de 1949.

La historia, caprichosa, ha querido que la separación política de los dos entes que se hacen llamar China contraste con la cercanía temporal de sus fiestas nacionales. Cada año, el mes de octubre arranca con celebraciones en la RPC que, solo 9 días después, cruzan el estrecho de Taiwan para conmemorar el llamado “doble 10”, el día del levantamiento de Wuchang.

Hong Kong de fondo

Las celebraciones chinas de 2014 –número 65 y 103, respectivamente– se llevaron a cabo mirando de reojo hacia Hong Kong (HK), en donde una serie de masivas protestas amenazó con complicar lo que ha sido el periodo más estable y fructífero en las relaciones entre Beijing y Taipei desde el fin de la guerra civil.

En el meollo del asunto está la democracia, un sistema político que es un deseo para los manifestantes hongkoneses, un tabú para mil 400 millones de chinos continentales y una realidad –desde 1996– para 23 millones de taiwaneses. En ese arreglo –unos tienen lo que otros quieren–, la influencia de la RDC en HK se hace evidente. En Taipei, de hecho, es común escuchar –incluso a nivel oficial– que la RDC “influyó en las aspiraciones democráticas de HK”, y que “los hongkoneses ven a Taiwan como su objetivo”.

Menos claro está el rol de las protestas de HK en la RDC, y más concretamente en su relación con el gigante continental. Para muchos analistas, si los hongkoneses ven a Taiwan como el modelo a seguir, los taiwaneses ven la situación en HK como una advertencia.

El mismo presidente de la RDC, Ma Ying-jeou, ha vinculado el tratamiento de la crisis hongkonesa por parte de Beijing al futuro de las relaciones entre ambas repúblicas. La RDC, en palabras de un oficial de su Cancillería, no quiere convertirse “en el segundo Hong Kong”, e incluso ya se especula con que la situación en la excolonia británica podría terminar ayudando al partido opositor –el Partido Democrático Progresista (DPP)– en las próximas elecciones taiwanesas, programadas para comienzos de 2016.

Esta posición, sin embargo, no es unánime. Mientras se dirigía a la prensa extranjera invitada para cubrir el “doble 10”, un funcionario de la Cancillería dejó muy claro que, en su opinión, “comparar a Taiwan con HK es subestimar a Taiwan”. Razón, desde luego, no le faltaba: mientras que HK aspira a la democracia, Taiwan la disfruta desde hace casi dos décadas; mientras que HK pasó de colonia británica a región especial de la RPC, Taiwán es una república con moneda propia, un ejército de primer nivel y (cierto) reconocimiento diplomático. De hecho, sin ser reconocida como tal por la mayor parte del orbe, la RDC es un Estado mucho más soberano que otros –como Panamá, por ejemplo– a los que el mundo entero otorga dicho estatus. Hablar de HK como una advertencia para Taipei, entonces, es ignorar la raya que separa a los que quieren de los que tienen.

La era de Ma

La base del optimismo taiwanés es, sin duda, la espectacular mejora en las relaciones a través del estrecho desde la elección de Ma Ying-jeou en 2008. En el último lustro, Beijing y Taipei han firmado 21 acuerdos de toda índole que han resultado en aumentos dramáticos en comercio, turismo e interconexión entre ambos países. Los avances sin precedentes de la era Ma se han traducido, a su vez, en una rebaja significativa de las tensiones, la suspensión de la competencia por aliados diplomáticos, la inclusión de Taiwan en algunas organizaciones internacionales e incluso la primera reunión formal –en febrero de este año– entre oficiales de ambos gobiernos desde 1949.

El moméntum de la relación es tal que, al menos desde Taipei, la confianza en el futuro parece desbordarse. Para el viceministro de asuntos continentales, Lin Chu-chia, ni siquiera una victoria opositora en 2016 afectaría las relaciones. “Quizá pierdan un poco de velocidad, pero su dirección actual es imposible de cambiar”, afirmó.

Reversibles o no, los cambios de la era Ma se antojan aún insuficientes para lanzar las campanas al vuelo. En marzo y abril, un masivo movimiento estudiantil –el Movimiento Girasol– ocupó por más de tres semanas el Parlamento taiwanés, en protesta por la firma de un acuerdo comercial con la RPC.

Más allá de la validez de sus argumentos –la penetración comercial china parece seguir el mismo patrón visto en HK hace un par de décadas–, la reacción estudiantil pone de relieve los dilemas más profundos de la relación con Beijing, incluyendo la posibilidad de que Taiwan decida, democráticamente, que no quiere tener más nada que ver con la China continental. Según una encuesta publicada en julio, 3 de cada 5 participantes se identifican exclusivamente como taiwaneses.

El acuerdo y el desacuerdo

Nada de esto debería sorprendernos. Al fin y al cabo, la manera como la RPC ve a la isla no ha cambiado desde el fin de la guerra civil. Para la China continental, Taiwan simboliza el llamado “siglo de humillación”, un periodo que va de 1839 –cuando comienza la primera Guerra del Opio– a la victoria comunista en 1949.

En un revelador relato en Foreign Policy, Yueran Zhang explicó cómo los niños en la RPC crecen pensando que el único motivo por el que la RDC continúa existiendo es por la intervención estadounidense, y que la unificación –léase absorción de Taiwan– sería “la última prueba de la gloria, fortaleza e integridad” de la nación china. Para muchos en la RPC, escribió, “la cuestión de Taiwan no es de índole política, sino moral”.

La visión continental de la cuestión taiwanesa se basa en dos principios fundamentales. Solo uno de ellos, sin embargo, es compartido a ambos lados del estrecho. En 1992, ambas partes acordaron que existe una sola China, pero interpretada de maneras distintas.

Aunque puede sonar a poca cosa, el llamado “consenso de 1992” revela el imperativo de mantener la integridad china, un impulso que recorre los milenios y que hace que China, en palabras de Martin Jacques, sea la única civilización-Estado del mundo.

Los problemas llegan con el segundo principio. Para Beijng, la reunificación se debería llevar a cabo en el marco del “un país, dos sistemas (1P2S)” que gobierna HK. En la versión taiwanesa del 1P2S, la isla conservaría cosas tan importantes como su sistema democrático y sus fuerzas armadas, pero en última instancia terminaría siendo una región especial dentro de la RPC. El 1P2S jamás ha hecho ninguna gracia a los taiwaneses. En Beijing lo saben, y por mucho tiempo han preferido mantener la idea fuera de la discusión.

Por eso, las recientes declaraciones del presidente chino Xi Jinping –volviendo a poner el 1P2S abiertamente sobre la mesa– no solo revelan el arraigo del concepto en el establishment de la RPC sino que ponen en duda el valor real de los avances del último lustro. Casi inmediatamente, el presidente Ma tuvo que salir a rechazar las declaraciones de Xi, reflejando la posición de un pueblo que solo aceptaría romper el statu quo –no a la unificación, no a la independencia y no al uso de la fuerza– para meterse en un proceso de unificación que involucrara una reforma democrática en toda la RPC.

Como dijo un oficial de la Cancillería, los taiwaneses se ven a sí mismos como “un pequeño remolcador arrastrando a un enorme carguero hacia un nuevo puerto”.

La sartén por el mango

El significado de las declaraciones de Xi, en realidad, no está en los pormenores de una futura unificación sino en su rol como recordatorio de una simple –aunque durísima– realidad: en las relaciones a través del estrecho, la RPC tiene la sartén agarrada por el mango. De hecho, un par de semanas antes de las palabras de Xi, el ex primer ministro y ex ministro de Defensa taiwanés Hau Pei-tsun afirmó en un seminario que el futuro de la RDC no estaba en manos de sus 23 millones de habitantes sino en las de mil 400 millones de “chinos”.

Aunque aceptó que en un mundo justo las cosas serían distintas, recordó que el destino de la isla ya había sido determinado por fuerzas externas en 1895, cuando fue cedida a Tokio tras la primera guerra sino-japonesa, y luego en 1949, cuando los perdedores de la guerra civil establecieron la RDC allí sin consultar con los locales.

El reconocimiento de la enorme –y creciente– diferencia de poder entre ambas partes permite concluir que, casi sin importar lo bien o mal que manejen el asunto los taiwaneses –por ahora impecablemente bien–, las decisiones cruciales se tomarán exclusivamente en Beijing.

Para los analistas, todo parece girar en torno a la interpretación que la RPC haga de la era Ma: si ven el último lustro como la base de un camino prometedor, entonces lo normal sería hacer todo lo posible para evitar una victoria del DPP en los comicios de 2016. “Un Gobierno chino consciente de las tremendas presiones que enfrente el Gobierno taiwanés daría un paso atrás y esperaría por futuras oportunidades”, escribió J. Michael Cole en The Diplomat.

“Inexplicablemente”, añadió Cole, Beijing parece estar haciendo lo contrario. Las acciones del liderazgo chino parecen demostrar que, tras un lustro en el que se avanzó en los temas “fáciles”, la incapacidad de Ma y su gobierno de entrar a tocar temas políticos ha cimentado la idea de que el Presidente taiwanés ya ha dado todo lo que podía y, por ende, ha acabado con la paciencia china. Y dado que el panorama no tiene visos de mejorar –la popularidad del gobierno es baja, y las encuestas indican que el pueblo no quiere hablar de temas políticos con la RPC–, no es de extrañar que las acciones del Presidente chino revelen un deseo de finiquitar el tema lo antes posible, aunque eso suponga deshacer todo lo construido en los últimos años.

De hecho, Xi dijo recientemente que la cuestión taiwanesa “no puede ser aplazada otra generación”. Y no termina ahí. El último chasco en las relaciones ha sido, sin duda alguna, la decisión china de no permitir al Presidente taiwanés acudir a la reunión de líderes económicos de APEC –Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico– que se celebrará el mes próximo en Beijing.

Si bien Taiwan es miembro del foro, la RPC no ha permitido nunca que su presidente acuda a las cumbres. Taipei guardaba la esperanza de que la reunión de noviembre sirviera de escenario para una reunión histórica entre Xi y Ma –como líderes económicos, y no como presidentes–, pero no va a poder ser. En la víspera del “doble 10”, los medios taiwaneses anunciaban que a la cumbre acudiría el ex vicepresidente Vincent Siew.

En estas circunstancias, se hace necesario considerar las consecuencias de un empeoramiento en las relaciones a través del estrecho. En el aspecto diplomático, las consecuencias para Taiwan serían catastróficas. La tregua de la era Ma ha visto un congelamiento en el número de aliados –perdiendo solo uno en seis años, contra seis pérdidas en los ocho años del gobierno anterior–, pero se hace difícil imaginar un escenario de confrontación en el que muchos de los 22 restantes –entre los que se encuentra Panamá– decidiesen quemar las naves a favor de la RDC.

Como escribió Joel Atkinson, “muchos de los aliados diplomáticos de Taiwan siguen siéndolo solo porque China así lo desea”.

Pero lo realmente importante llegaría a nivel geopolítico. Si China decide forzar una solución, Estados Unidos se convierte en el factor clave. El Taiwan Relations Act obligaría a Washington a, como mínimo, vender más armas a la RDC. Y si bien los estadounidenses nunca han aclarado si intervendrían en defensa de la isla, lo seguro es que no tienen ningún deseo de enfrentarse a ese dilema. En ese sentido, al mundo entero le interesa que, sea como sea, Taipei y Beijing continúen bailando, aunque se apague la música y duelan los pies.

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