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Luis Moreno Ocampo, exfiscal jefe de la corte penal internacional

´No hay cargo más interesante que el que tuve´

Luis Moreno Ocampo pasó nueve años (2003-2012) persiguiendo a los criminales más importantes del mundo. Ahora disfruta de una vida un poco más relajada, pero sin perder de vista los problemas y contradicciones que definen nuestros tiempos.
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Hace exactamente 15 años, del 15 al 17 de julio de 1998, representantes de 161 Estados miembro de la ONU se reunieron en Roma para definir un estatuto por el cual se crearía una corte para juzgar a las personas acusadas de cometer genocidio, crímenes de guerra y de lesa humanidad. El estatuto entraría en vigencia –y dicha corte, llamada Corte Penal Internacional (CPI), comenzaría a existir– cuando consiguiera la ratificación de 60 Estados.

Eso ocurrió en abril de 2002, cuando 10 países ratificaron el Estatuto de Roma a la vez en una ceremonia especial en Nueva York. No lejos de allí, el abogado argentino Luis Moreno Ocampo (Buenos Aires, 1952) se encontraba dando clases en la Universidad de Harvard. Se había convertido en una estrella tras su participación, como fiscal adjunto, en el juicio a las juntas argentinas en 1985, y había pasado los últimos años haciendo toda clase de trabajos, desde presentador de un programa de televisión hasta profesor visitante en Estados Unidos.

Lo que nunca se imaginó, sin embargo, era que su nombre figuraba en primera posición en una lista de candidatos a ser el primer fiscal jefe de la recién creada Corte. Cuando lo llamaron para ofrecerle el puesto, recuerda, “lo de Harvard ya no era nada”.

Ocampo pasó los siguientes nueve años (2003-2012) construyendo la CPI desde cero –hoy ya son 122 los países, incluyendo a Panamá, que han ratificado el Estatuto de Roma– y, por supuesto, persiguiendo a los criminales más importantes del planeta. Abrió 18 casos en ocho situaciones. Algunas le fueron referidas por los mismos países –Uganda, la República Democrática del Congo, la República Centroafricana y Malí–, otras por el Consejo de Seguridad de la ONU –Darfur (Sudán) y Libia– y otras, como las de Kenia y Côte d´Ivoire, comenzaron por iniciativa propia. Su gestión, por supuesto, no estuvo exenta de polémica: el fiscal argentino fue muy criticado por su manejo de los casos de Darfur y Kenia, entre otros.

Pero eso quedará para la historia, porque el 15 de junio de 2012 fue sucedido en el cargo por la jueza gambiana Fatou Bensouda. Los últimos 13 meses los ha dedicado, más que nada, a su familia, con la que pasa dos semanas al mes en Buenos Aires. Aparte de eso, trabaja una semana al mes en una firma de abogados en Nueva York y colabora con la Universidad de Nueva York (NYU) en un libro sobre el caso Gaddafi. En el tiempo restante se ocupa de diversos asuntos, desde consultorías hasta proyectos personales. Pero, sobre todo, dice sentirse “mucho más relajado”. “Estar en la Corte Penal Internacional es como manejar un avión caza durante un combate. Lo tirotean de todos lados, hay que estar muy atentos, es una especie de concentración permanente. Ahora la gran diferencia es que no tengo responsabilidades”.

>>Usted ha dicho que, al concluir el juicio de las juntas, pensaba que había hecho lo más importante de toda su carrera. Luego de pasar nueve años como el fiscal más importante del mundo, ¿qué piensa ahora?

Me parece que no hay ningún cargo más interesante que el que tuve [en la CPI]. Y eso es algo muy tranquilizador. La verdad que lo único que me gustaría hacer, aparte de mi vida privada, es desarrollar, a escala mundial, sistemas para educar a nuestros hijos a manejar la violencia. Para ello, estoy trabajando con un grupo en EU que se llama Facing History and Ourselves, con [la ONG] Invisible Children y con la gente de Qatar.

>>Su sucesora no es muy conocida en Latinoamérica. ¿Qué nos podría contar acerca de ella?

Fatou Bensouda tiene una larga trayectoria. Fue ministra de Justicia muy joven en Gambia. Después trabajó en el Tribunal [Penal Internacional] de Ruanda y fue durante ocho años la fiscal adjunta de la CPI. Tiene mucha experiencia.

Para la fiscalía es muy bueno, porque por un lado es un cambio, pero por otro le da continuidad.

>>¿Cree que la existencia de una CPI habría hecho alguna diferencia para crímenes como los de [el exdictador guatemalteco Efraín] Ríos Montt?

Yo creo que sí. La CPI tiene influencia, pero su impacto depende del esfuerzo que puedan hacer los actores políticos. Es complejo porque todavía hay muchas soluciones alternativas, [la CPI] no es el único patrón. Pero la tendencia es que si los líderes cometen crímenes, van a ser responsables.

>>¿Cómo es su participación en el tema de Colombia?

Voy para allá en septiembre, me han invitado a explicar bien los límites que la CPI puede establecer en ese caso. Y yo encantado: es admirable cómo manejaron el conflicto en estos 50 años.

>>¿Cuáles son esos límites, y cómo encajan en las actuales negociaciones entre el Gobierno y las FARC?

El Gobierno tiene amplia libertad para discutir la solución a todos los reclamos sociales, así que por esa parte es fácil. El único límite legal que tiene el Gobierno colombiano es que firmó, como toda Suramérica y gran parte de Centroamérica [menos Nicaragua y El Salvador], el Estatuto de Roma, por el que se compromete a que, como mínimo, no haya impunidad para los líderes de los crímenes bajo jurisdicción de la CPI. Dentro de ese marco deben encontrar las opciones posibles.

>>Hace poco se reveló la colaboración de hasta 54 países en una red de entregas extraordinarias, detenciones secretas y torturas con EU. ¿No son también crímenes contra la humanidad?

Si un país ayuda a cometer un crimen de lesa humanidad, podría ser responsable. Hay que ver los hechos, pero sí: hay un delito que es ayudar a cometer un crimen de lesa humanidad. Eso sí, para que sea un delito hay que probar que los que colaboraban conocían las torturas.

>>El presidente de Kenia, Uhuru Kenyatta, y su vicepresidente, William Ruto, están involucrados en un caso en la CPI. ¿Cómo es eso?

Kenia es un caso fascinante. A finales de 2007 hay una violencia [poselectoral] masiva en el país. La evidencia dice que el señor William Ruto lidera un grupo de gente para atacar a simpatizantes del gobierno. Por otro lado, Uhuru Kenyatta es el que maneja el primer ataque a miembros de la oposición. Y ellos dos, y otras personas, quedaron procesados.

Ahora, lo interesante es que esas dos personas, en parte por estar procesadas, en lugar de seguir peleándose hacen un acuerdo entre ellos, lo presentan como un proceso de pacificación nacional, ¡y ganan las elecciones! Y ahora son Vicepresidente y Presidente, y están procesados por la CPI. En cierto sentido es un éxito, porque las últimas elecciones [en marzo] fueron tranquilas, en parte por la CPI. Pero en otro sentido es un dilema: ¿qué hacemos con un juicio al nuevo Presidente? Bueno, se verá.

Llama la atención que hayan decidido colaborar con el proceso. Incluso se llegó a plantear la posibilidad de que Kenia abandonara la CPI...

Kenia cumple. Yo sometí a interrogatorio en la Corte al actual Presidente de Kenia. Ellos se sometieron a todo y siguen haciéndolo. Por eso hay un proceso muy interesante y complejo que muestra que la CPI tiene un rol que va más lejos que el juicio mismo, un rol de que todos tienen que jugar de acuerdo con las reglas.

>>Cuénteme sobre el libro que escribe sobre Muammar el-Gaddafi...

El caso de Gaddafi fue para la CPI el caso del personaje más conocido del mundo. Me pareció interesante entender cómo fue que con Gaddafi –que era presidente de la Asamblea General de la ONU y de la Unión Africana– de pronto el Consejo de Seguridad decide, inclusive con el apoyo de Libia, que su caso lo investigue la CPI. Me parece fascinante entender cómo se armó esa dinámica, cómo se juntaron los planetas para esa solución.

>>¿Cómo puede ser la CPI más atractiva para las potencias del mundo?

Yo creo que la Corte está perfecta. Costa de Marfil [Côte d´Ivoire] se acaba de incorporar [en febrero] y justamente que esos países grandes, que tienen ejércitos poderosos, no estén dentro muestra que la Corte funciona bien. La Corte es para garantizar la protección de los más débiles.

El caso de Libia muestra la evolución de la CPI. En 2002, el Consejo de Seguridad sacó resoluciones suspendiendo actividades de la Corte que no tocaban a ninguno de los países que no eran ratificantes del Estatuto [de Roma]. En 2011, todos los países, incluyendo a India, China, Rusia y EU, apoyaron que se refiriera el caso de Libia a la Corte.

La Corte está evolucionando muy bien. El desafío en 1998 fue firmar el Estatuto [de Roma] y luego ratificarlo. El desafío en 2003, cuando empecé como fiscal, era que la Corte fuera viable, que consiguiera operaciones. Ya está eso. Ahora el desafío es que todo el mundo se integre y apoye, sobre todo en los casos específicos: que haya consenso de que no puede haber matanzas masivas y que debe haber justicia. Que sean miembros o no, aún no hace falta.

>>¿Cree que son comparables instituciones como la CPI con otras como el Fondo Monetario Internacional (FMI), que representan visiones específicas que no necesariamente son consensuales?

No, son dos conceptos distintos. Yo veo mucho más consenso para la CPI. Ningún país del mundo acepta que los gobernantes puedan masacrar a su gente. Con el FMI hay menos consenso, me parece.

>>En ese sentido, ¿cree que el ascenso de China y otras potencias pueda ir modificando las instituciones internacionales?

Sí. China, por ejemplo, no cree en la justicia internacional. China normalmente apoya la estabilidad. Tiene una tradición de apoyar la estabilidad sobre reclamos de justicia. Rusia sí, Rusia fue uno de los países que armó [los juicios de] Nuremberg, así que para Rusia la justicia es parte de su historia. Para China no. Entonces sí, la influencia mayor de China va a ser importante en cómo se ajusta China a la nueva idea de justicia global.

>>¿Puede vislumbrar el momento cuando crímenes como corrupción o destrucción ambiental puedan ser juzgados a nivel internacional?

Va a depender de los gobiernos. Me parece que también podemos pensar en algo para ciertos problemas como el narcotráfico en Centroamérica. Ahí necesitamos una organización regional que investigue a fondo y que pueda pactar casos en los países individuales, que siga todo el caso alrededor de distintos países. Necesitamos seguir pensando nuevas estrategias globales.

>>Si pudiera pedir un deseo para la justicia internacional, ¿cual sería?

Agarrar a todos los fugitivos, detener el genocidio en Darfur y que todo el mundo tuviera claro que estos crímenes pueden ocurrir.

>>La Unión Europea (UE) vive una crisis muy relacionada con el resurgimiento de la soberanía nacional, ¿cree que es negativo para instituciones como la CPI?

Vivimos en una época en la que estamos globalmente comunicados, pero institucionalmente divididos. Y esa es la tensión: cómo una economía global, con gente comunicada globalmente, opera en sus Estados nacionales. Lo que está ocurriendo es una especie de búsqueda, por acierto y error, de cómo funcionar. En ese sentido la UE fue muy lejos y ahora está buscando cuál es el límite al que tiene que llegar o no.

La CPI es un cuadro distinto, me parece que en términos generales no tiene un problema, porque todo el mundo se da cuenta de que es importante y necesario. El problema son los casos específicos: estamos de acuerdo en que no haya genocidio, pero no me obligues a intervenir para detener el genocidio en Darfur. En ese sentido hay una tensión: hay una demanda de soluciones globales, pero la oferta sigue siendo a nivel de gobiernos nacionales.

>>¿Cómo ve las próximas décadas? ¿Habrá más convulsiones por esta tensión entre lo global y lo nacional?

Que no te quepa duda. Internet está cambiando el mundo como la imprenta lo cambió. Lo que pasa es que la imprenta tardó en siglos y la internet lo hará en pocos años. Es una época fascinante de cambios. Y creo que el aprovechamiento de internet va a ser distinto: Facebook es solo una aplicación. Habrá muchas mejores. Estamos en un mundo nuevo, y tenemos que ajustarnos.

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