ELECCIONES EN CHILE

La catarsis predecible

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Las elecciones de este domingo en Chile se comprenden a través de dos conceptos aparentemente contradictorios: la predictibilidad y la catarsis. De ellos, a su vez, se derivan las dos grandes preguntas que enmarcan el futuro del país a partir de hoy. La primera, inmediata y más superficial, es si Michelle Bachelet se impondrá en primera vuelta –o sea, hoy– a los ocho enanos políticos que intentan competir con ella. La segunda, más profunda y analítica, fue expresada –muy característicamente– por el periódico británico The Economist: cuán a la izquierda llevará al país en su retorno a La Moneda.

La predictibilidad del triunfo de Bachelet le quita cierta emoción al resultado de los comicios, pero abre una serie de interrogantes de igual o mayor importancia. El principal es, por supuesto, si se convertirá en Presidenta electa hoy mismo o si tendrá que esperar al balotaje programado para el 15 de diciembre.

El huracán Bachelet

La respuesta parece ser la primera. Tras tres años alejada del universo político chileno –dirigiendo ONU Mujeres en Nueva York–, su retorno fue comparable al paso de Atila por las planicies europeas, consiguiendo el 73.11% de los votos en las primarias de la centroizquierda en junio. Casi medio año después, la cosa sigue igual: según la última encuesta del Centro de Estudios Públicos (CEP), “la Michelle” tiene un 47% de apoyo, y el 78% cree que será la próxima presidenta. De ser así, por cierto, sería la segunda presidenta en la historia del país –tras ella misma, de 2006 a 2010–, la primera en más de 80 años en obtener un segundo término y la primera en más de 20 en ganar en primera vuelta.

Es difícil resistirse al huracán Michelle, la doctora y experta en defensa de 63 años, atea, separada y madre de tres, que cerró su campaña bailando cumbia el viernes en Santiago, sabedora de su triunfo y abanderada de una amplia coalición política que, por incluir, incluye hasta al Partido Comunista, que lleva 40 años alejado del poder.

Sus ocho víctimas hacen lo que pueden, y persiguen objetivos distintos: Evelyn Matthei, la representante del oficialismo y la derecha, espera que la debacle de su facción no sea tan severa como se prevé y que el manejo de una candidatura que le cayó de carambola no perjudique su carrera de cara al futuro. Las señales no son buenas: con 14% de apoyo y lejos de competir con “la Michelle”, su lucha es ahora por el segundo lugar con el ingeniero comercial Franco Parisi –que comanda un 10%– y con el izquierdista Marco Enríquez-Ominami, que si bien anda por el 7%, fue capaz de conseguir el 20% en 2009. Los cinco enanos restantes –Marcel Claude, Roxana Miranda, Alfredo Sfeir, Ricardo Israel y Tomás Jocelyn-Holt– tendrán un papel ceremonial, y salvo Claude (3%) competirán entre ellos para evitar quedar en última posición: ninguno supera el 1% y algunos a veces ni figuran en las encuestas.

Pero esto no se acaba hasta que se acaba. Los que se pelean el segundo lugar –Matthei, Parisi y Enríquez-Ominami– podrían incluso tener un as bajo la manga llamado abstención. Las elecciones de hoy serán las primeras presidenciales en las que el sufragio no será obligatorio, y el Servicio Electoral espera que de los 13.57 millones de personas habilitados para votar, unos 9 millones acudan a las urnas. La abstención agrega un elemento de aleatoriedad al torneo que podría beneficiar a cualquiera. Algunos analistas creen que reforzaría el triunfo de Bachelet, mientras que otros sugieren lo contrario. La esperanza, por supuesto, es lo último que se pierde: un reciente sondeo de la encuestadora privada IPSOS dijo que Bachelet lograría un 32% y tendría que enfrentar a Matthei, segunda con un 20%, en segunda vuelta.

refundación

Las elecciones van más allá de Bachelet. Hoy, los chilenos elegirán también senadores, diputados y consejeros regionales. Esas “otras elecciones” serán importantísimas, pues la nueva composición de las cámaras legislativas será determinante para el mandato 2.0 de “la Michelle”.

Eso nos lleva a la segunda pregunta, la verdaderamente importante: qué hará Bachelet en su segundo turno al bate. La bisagra entre una y otra será el apoyo legislativo del que gocen las profundas reformas que ha propuesto para el país. “La Michelle”, en pocas palabras, busca una especie de refundación de Chile, la apertura, en sus palabras, “de un nuevo ciclo histórico”.

Su programa se apoya en tres ejes: una nueva Constitución, reforma tributaria y reforma educacional. Todas las reformas, a su vez, están fundamentadas en una nueva relación entre el Estado y el pueblo. La Constitución con la que sueña Michelle romperá el sistema binomial –diseñado por Pinochet antes de abandonar el poder– que tienda a la estabilidad pero dificulta las reformas y, dicen sus detractores, no representa fielmente las decisiones de los electores. El nuevo sistema tributario acabará con lo peor del modelo neoliberal que ha imperado en el país en las últimas décadas, forzando a los ricos a pagar más y acabando con las concesiones y vacíos legales para que las empresas evitaran o postergaran sus compromisos fiscales. Del éxito de la reforma tributaria –espera recaudar unos 8 mil 200 millones de dólares más– saldrá el dinero que financiará la reforma educativa –cuyo costo ronda el 2% del PIB–, la joya de la corona, que garantizará educación gratuita para todos los chilenos.

La segunda Presidencia de Bachelet promete ser mucho, mucho más agresiva que la primera. La combinación de sus propuestas y el contundente apoyo popular, que puede verse confirmado hoy, habla de una realidad ineludible: no es que Michelle se ha radicalizado. Es el pueblo chileno, que la pondrá en La Moneda hoy o dentro de un mes, el que ha cambiado.

El porqué de esa evolución encierra la fascinante complejidad del Chile moderno. Tras 17 años de dictadura militar –quizá la más contradictoria del mundo en términos de avances socioeconómicos frente a represión–, el país vivió más de dos décadas en una especie de estatus quo democrático: el país era gobernado por la centroizquierda pero en el marco de la Constitución de los militares, que, como se mencionó, tendía al empate y al compromiso político. Durante ese período, Chile se convirtió en el poster child latinoamericano del establishment mundial, y su combinación de economía abierta y gobiernos “progresistas” le trajo el honor de ser el país más próspero y estable entre el Río Grande y el Cabo de Hornos. Chile ingresó en la OCDE –el club de los ricos en términos internacionales– y, para todos los efectos, era un país de primer mundo en un continente rebosante de inmadurez y corrupción a ambos lados del espectro político.

El sueño escandinavo

Esa es la parte bonita de la historia. Chile, es verdad, se dedicó a crear riqueza por más de 20 años. Sin embargo, seguía (y sigue) siendo uno de los países más desiguales del mundo. Su drama no es único ni exclusivo –el Panamá de hoy está probablemente peor–, pero su sociedad había ido evolucionando lo suficiente como para hacer algo al respecto. Las primeras señales se dieron con el triunfo de Piñera. El pueblo chileno rompió la monotonía de la concertación más como un rechazo al establishment que como un abrazo a los valores neoliberales.

Las pruebas no pueden ser más contundentes. Desde muchos puntos de vista, la gestión de Sebastián Piñera ha sido exitosa. La economía sigue creciendo, el desempleo es bajísimo y, en general, le entregará a ´la Michelle´ la casa en orden. Sin embargo, su gobierno goza de una popularidad bajísima, ha tenido que enfrentar más protestas y descontento social que nadie y su candidata ha llegado a temer por el segundo puesto en los comicios. ¿Por qué? La respuesta es sencilla: las medidas del éxito de Piñera ya no son suficientes. Según esas medidas, Chile es la última Coca-Cola del desierto latinoamericano. Pero no se siente así. El chileno quiere otras medidas. Ya no quiere que su país sea simplemente primermundista. Ahora quiere ser escandinavo (o suizo).

Lo de Chile se perfila como uno de los ejemplos más fascinantes de maduración social en los últimos años, más aún en nuestra Latinoamérica de los Maduro, Uribe y Martinelli. La campaña electoral chilena, con todo y el aburrimiento del triunfo seguro de Bachelet, ha sido la más polarizada ideológicamente de la historia moderna del país. Por primera vez desde 1973, todo estaba sobre la mesa, todo era cuestionable y cuestionado, incluso la narrativa y las heridas –aún sin sanar– de aquel 11 de septiembre que cambió el país, más que para bien o para mal, para siempre.

Demografía, geopolítica y futuro

El cambio, por supuesto, no es casualidad. Al indiscutible –y envidiable– buen hacer económico se suma el factor demográfico. El pequeño boom que vivió el país tras el fin de la dictadura se traduce hoy en toda una generación de votantes sin ataduras, traumas o miedos históricos y, consecuentemente, representantes de una –inédita– cultura de protesta que ha sacudido al país y que sueña con un Chile radicalmente distinto.

Michelle Bachelet se ha convertido en la figura que intentará convertir ese Chile en realidad. La realidad, sin embargo, no entiende de sueños ni buenas intenciones. La futura presidenta asumirá el poder en tiempos de alta volatilidad económica a nivel global. La economía china ha entrado en un proceso de ralentización, lo que afectará su demanda de cobre y, por ende, los ingresos chilenos. La industria insignia del país, además, deberá resolver sus graves problemas energéticos si quiere mantenerse como su motor económico. Dependiendo de la composición de las cámaras legislativas, Michelle deberá hacer contorsiones políticas para sacar adelante sus proyectos. Cuando, con toda seguridad, deba incumplir promesas y tomar decisiones impopulares, deberá cuidarse de no incurrir en la furia de los que hoy la adoran. Los desafíos son grandísimos, y ella misma ha empezado a bajar las expectativas desde ya.

Pero no nos apresuremos. El huracán Michelle ha tocado tierra por segunda vez, y a priori hay pocos motivos para pensar que va a fracasar. La evolución de la sociedad chilena es la mejor garantía de éxito y, para los que miramos desde fuera, la mejor prueba de que no debemos conformarnos con los aprendices de políticos que (des) gobiernan nuestra América Latina. Quizá algún día lleguemos a gozar de esa catarsis predecible.

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