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RUSIA, ESTADOS UNIDOS Y EL MUNDO, SEGUNDA PARTE

¿Tu crisis o la mía?

Los rusos se sienten amenazados, y ven la situación actual como una lucha existencial, no menos desagradable y difícil que la invasión de Hitler.
¿Tu crisis o la mía? ¿Tu crisis o la mía?
¿Tu crisis o la mía?

A veces, la realidad es más extraña que la ficción. Si a muchos les costó creer lo que veían en sus pantallas a mitad de semana, cuando el presidente de Estados Unidos (EU) anunció el cambio más radical en la actitud de su país hacia Cuba desde 1961, resulta aún más difícil asimilar las decisiones que ese mismo mandatario viene tomando con respecto a otro asunto de mucha mayor importancia. Mientras Barack Obama le decía al mundo que “tratar de empujar a Cuba al colapso” no había servido a los intereses estadounidenses o cubanos, una nueva legislación antirrusa –la segunda en una semana— esperaba en su escritorio para ser firmada.

La “Ley de Apoyo a la Libertad de Ucrania”, aprobada –sin debate— por ambas cámaras del Congreso y ratificada por Obama el pasado jueves, promulga nuevas sanciones a la economía rusa y separa $350 millones para asistencia militar a los ucranianos. Unida al plan de seguridad aprobado simultáneamente en Kiev –que declara al país un “Estado militar”, pone a todas sus fuerzas en alerta, aumenta su gasto militar del 1 al 5% del PIB y reitera su intención de entrar a la OTAN—, no solo polariza (aún más) las relaciones entre ambas potencias, sino que deja claro que la lógica que llevó a Washington a hacer las paces con La Habana no aplica en el caso de Moscú. Para el establishment estadounidense, “empujar a Rusia al colapso” parece ser la manera más adecuada de tratar sus diferencias con el Kremlin.

Más allá de su grado de veracidad, la frase anterior refleja la percepción rusa del panorama actual. Esta percepción, a su vez, define la actitud de Moscú hacia el mundo y la estrategia que de ella se deriva. Para comenzar a explorar esto, sin embargo, es necesario considerar el statu quo en el gigante euroasiático.

La situación

Los últimos días han estado repletos de noticias y análisis sobre el momento que atraviesa la economía rusa, uno de los peores en los últimos años. Al día de hoy, la realidad económica del país está marcada por tres factores: una desaceleración cíclica producto de sus enormes ineficiencias, las sanciones occidentales y el desplome en los precios del petróleo.

En el contexto geopolítico actual, muchos medios han intentando resaltar el peso de las sanciones en el actual malestar económico ruso. La clave, sin embargo, está en el oro negro, que junto al gas natural representa hasta el 66% de las exportaciones del país. En todo caso, la situación luce terrorífica. El Kremlin estima pérdidas de $130 mil millones anuales y el Banco Central (BCR) espera una contracción económica de hasta el 5% para el próximo año.

Dentro del drama económico, uno de los más recientes protagonistas ha sido el rublo, que hace unos días experimentó su mayor desplome en los últimos 16 años. El martes, el BCR aumentó drásticamente los tipos de interés –del 10.5% al 17%—, lo que provocó una caída del 20% en su valor. Con el rublo por encima de los 80 por dólar, el Gobierno se vio obligado a intervenir. Al momento de escribir estas líneas, la moneda rusa se ha recuperado a unos 59 por dólar, pero aún sigue lejos de los 49 esperados por el Gobierno para 2015.

Por ahora, sin embargo, Moscú sigue mostrando un frente unido. Por el lado puramente económico, el Banco Central ha dicho que hará todo lo necesario para estabilizar la situación y, en su masiva conferencia de prensa del jueves, Putin dijo que los problemas durarían un máximo de dos años. Por el lado social la cosa se mantiene estable, aunque podría explotar en cualquier momento. Se espera un aumento del 15% en los precios de la comida, que se sumaría al 20% de los últimos cuatro meses.

Finalmente está el lado diplomático, quizá el más importante para la crisis rusa. Aquí es necesario mirar a la península arábiga. En las últimas semanas, la teoría de que Arabia Saudita y otros países del golfo están permitiendo adrede el desplome del precio petrolero se ha vuelto sabiduría popular. El principal objetivo, por supuesto, es forzar a Irán a firmar un acuerdo nuclear desventajoso y reducir su capacidad de apoyo a Hezbollah en Líbano, los rebeldes Houthi en Yemen y, sobre todo, al presidente Bashar al Assad en Siria.

De rebote, las tácticas árabes están afectando a Rusia, que es el otro gran apoyo de Assad. En este contexto, entonces, no es difícil comprender el énfasis ruso en la región. Tras el frenético mes de su enviado especial Mikhail Bogdanov, Moscú aspira a romper la parálisis en el Gobierno libanés y, por encima de todo, organizar una conferencia en enero para lograr un acuerdo que termine con la guerra siria.

Para el Kremlin, terminar con el conflicto sirio no solo tiene que ver con los precios del petróleo. Rusia podría ser uno de los países más afectados por el retorno de yihadistas, algo que podría reavivar la inestabilidad en el Cáucaso Norte –especialmente en Chechenia, donde ya están habiendo incidentes— y echar por tierra las esperanzas de recuperación.

Todo lo anterior, a su vez, debe ser comprendido en un contexto más amplio. Por el lado demográfico, Rusia enfrenta una situación gravísima. Según algunos estudios, la tasa de fertilidad rusa está 20% por debajo del nivel de reemplazo, que es de aproximadamente 2.1 hijos por mujer. En la década siguiente al colapso soviético el país perdió unos 6 millones y medio de habitantes, algo que solo ha mejorado (relativamente) gracias a las altas tasas de natalidad en las regiones musulmanas. Estas estadísticas van de la mano de los terribles índices de mortalidad y expectativa de vida. Según la OMS, la expectativa de vida de un quinceañero ruso es tres años menor que la de un ídem haitiano. La de una quinceañera rusa es de apenas 61 años, 3 años menos que en Camboya.

La actitud

Sabiendo esto, es mucho más fácil comprender la manera como Rusia se ve a sí misma y a su lugar en el orbe. En este sentido, quizá la mayor expresión de su cosmovisión sea el discurso que el presidente pronuncia frente a la Asamblea Federal cada año.

El de 2014 ocurrió el 4 de diciembre. En él, Vladimir Putin aseguró que “Rusia ha enfrentado pruebas que solo una nación madura, unida y realmente soberana puede superar”. Entre los puntos más importantes de su discurso estuvieron la afirmación de que Crimea es y será siempre sagrada para los rusos; que Rusia jamás se convertirá en una colonia de nadie; que la hostilidad de “occidente” viene de mucho antes de la crisis ucraniana; y que “nadie nunca obtendrá superioridad militar sobre Rusia”.

El contenido del discurso de Putin refleja los dos principales descontentos de Rusia con respecto al mundo actual. El primero es la (real o percibida) obsesión de EU y aliados de “contener” a Rusia. Para Moscú, occidente lleva siglos implementando una estrategia de contención que se activa cada vez que Rusia luce demasiado fuerte o independiente. Aunque no hubiera sucedido lo de Ucrania, dijo Putin, Washington y compañía habrían encontrado alguna otra excusa para limitar las capacidades rusas.

En segundo lugar, Rusia no está satisfecha con el sistema internacional actual. Para los rusos, nos encontramos en un proceso de transición en el que las reglas del juego benefician a un número cada vez menor de países, ante la ausencia de un nuevo conjunto de reglas que reflejen la situación presente. Este asunto lleva ya tiempo en la mente rusa: en 2007, por ejemplo, Putin dijo en un discurso que la reafirmación de la ley internacional debía ir de la mano de la reducción del unilateralismo estadounidense. “Si la ley internacional es percibida como una herramienta para establecer el dominio de un grupo particular de naciones, comenzará a perder autoridad”, afirmó.

Para Moscú, eso es exactamente lo que está sucediendo. Ante eso, han decidido pasar a la ofensiva. Y para muchos, el discurso del día 4 marcó un antes y un después. Por varios motivos, escribió un analista ruso, “Putin y el canciller Lavrov evitaban decir cosas así en el pasado, pero (…) está claro que los rusos están hartos de razonar con occidente. Los estadounidenses son demasiado arrogantes y los europeos demasiado débiles”. Lo que emergió del Kremlin tras las palabras de Putin, escribió MK Badhrakumar, “es un rechazo total de la narrativa estadounidense sobre Ucrania”. Para el exdiplomático indio, Rusia está“preparada para un largo período de enfriamiento en sus relaciones con EU”, pues ve la situación actual “como una lucha existencial, no menos desagradable y difícil que la invasión de Hitler”.

En el ya famoso discurso, Putin advirtió que la contención actual estaba condenada a sufrir el mismo destino que la invasión nazi. Esto podría sonar a bravuconada, pero la historia admite pocas dudas. En un artículo reciente, el presidente de la agencia Stratfor, George Friedman, contó cómo en sus conversaciones durante un reciente viaje a Moscú, interlocutores de toda clase le explicaban cómo el desorden económico era la regla en Rusia. Aún así, le dijeron, el país había ganado las guerras que debía ganar y sus pobladores habían vivido vidas dignas. “El punto de la conversación eran las sanciones, y la idea era mostrar que las mismas no harían a Rusia cambiar su posición”.

Para Friedman, el viaje a Moscú dejó dos conclusiones. La primera es que las sanciones “reflejaban los umbrales de dolor occidentales” y que, aplicadas a otros pueblos, sus efectos eran inciertos. Los rusos, le dijeron, tienden a apoyar al Gobierno cuando se sienten amenazados. Así, no es de extrañar que Vladimir Putin mantenga índices de aprobación del 80%, y que el presidente haya sido nombrado hombre del año en Rusia por decimoquinta vez consecutiva.

Pero su conclusión más importante, crucial para nuestro análisis, tiene que ver con el espíritu del pueblo ruso, el que detuvo a Napoleón y derrotó a Hitler. “Su fortaleza es que pueden aguantar cosas que quebrarían a otras naciones”, escribió Friedman.

La estrategia y el futuro

Rusia se siente amenazada. Y de ahí nace su estrategia, que consta de varios elementos. En primer lugar está la promoción del derecho internacional y la Carta de la ONU como base de un orden global multipolar. Además, Rusia no permitirá que se le aísle como en la Guerra Fría. Moscú todavía suspira por Europa –su vecindario natural—, pero el alineamiento europeo con EU hace necesario su pivoteo hacia el resto del planeta, especialmente hacia Asia. Así se entiende la cancelación del South Stream, el creciente alineamiento estratégico con China y la alta actividad diplomática en Oriente Medio, Asia central o el subcontinente indio. En tercer lugar, el Kremlin parece plenamente consciente de que la crisis actual tiene que servir para un profundo reajuste económico. Además de la necesidad de reducir su dependencia en la inversión extranjera, el comercio y las finanzas, los rusos están convencidos de que las sanciones –en palabras del viceprimer ministro Igor Shuvalov— le darán al país “un ímpetu para la modernización”.

Por último está el aspecto militar, donde los rusos se mantienen en la élite global. De hecho, y a pesar de tener un presupuesto de defensa 10 veces menor que el de EU, este mismo año diversos informes hallaron que Moscú está a la par de Washington en cuanto a armas nucleares estratégicas. Aún así, la OTAN continúa con sus planes de instalar escudos de misiles balísticos en Rumania (2015) y Polonia (2018).

Moscú ha asegurado repetidamente que se conformaría con un acuerdo de autonomía para el este ucraniano, y que no tiene intenciones de llevar la crisis a las repúblicas bálticas, a Moldavia o al Cáucaso. Sea esto cierto o falso, Ucrania no va a dejar de importarle enormemente a Rusia. La historia rusa es una de colchones territoriales, que la protegen de los invasores occidentales. Y eso no va a cambiar.

Porque en el fondo de todo esto yace una dinámica tan simple como poderosa: EU lleva un siglo interviniendo en Eurasia para prevenir la formación de una potencia que le dispute el dominio global, lo que choca inevitablemente con la necesidad rusa de proteger su periferia. Así, Rusia ha sido –y es— el principal obstáculo hacia la hegemonía global estadounidense. Es la única potencia, escribió Pepe Escobar, “capaz de negociar un balance estratégico y ponerle límites a Washington”.

Lastimosamente, esta realidad se ha reflejado en un “ellos contra nosotros” que definió la Guerra Fría y que se resiste a morir. Solo así es posible entender la actitud estadounidense hacia Rusia. Por un lado, parece obvio que Washington no ha podido sacarse de encima la mentalidad de la Guerra Fría.

Por otro, la nación estadounidense se encuentra en pleno proceso de adaptación al fin del “momento unipolar”, algo que para ellos también representa una crisis existencial. La pregunta, por supuesto, es si buscar una confrontación con otra potencia nuclear es la mejor manera de solucionarla.

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