la reelección de juan Manuel santos

Entre la estrategia y el carácter

A pesar de contar con una aprobación del 21%, el presidente tiene varios asuntos pendientes que podrían cambiar su suerte.

En noviembre, Juan Manuel Santos anunciará oficialmente si se presenta o no a la reelección en los comicios del 25 de mayo de 2014. En los medios colombianos, sin embargo, su candidatura se da por sentado. “En el santismo no hay plan B”, aseguró el diario El Tiempo, mientras que para la revista Semana “el presidente nunca ha contemplado la posibilidad de no reelegirse”. Al día de hoy, el verdadero debate gira en torno a si reeditará o no su mandato. Si podrá, en otras palabras, encontrar la “potente combinación de carácter y estrategia” que, según el general estadounidense Norman Schwarzkopf, constituye el liderazgo.

¿Podrá? La pregunta parece más compleja y fascinante a medida que pasan los días. En su análisis, Semana resume la situación como una lucha entre dos principios de la política colombiana, actualmente enfrentados. El primero es que “el poder del presidente es tan grande que es imposible que pierda una reelección”. Por otro lado, “nadie que tenga la imagen desfavorable por encima de la favorable puede ser elegido”. Santos ostenta hoy un 21% de aprobación –la más baja de un mandatario en la historia reciente del país–, pero el semanario no vacila en sus dos conclusiones: primero, el presidente “va a buscar la reelección independientemente de encuestas y de cualquier otra consideración”. Una reelección que, además, califica de “probable”.

La paz, fundamental

Para entender cómo puede ser “probable” la reelección de un presidente desaprobado por la mayoría, hay que considerar los distintos elementos de la estrategia de Santos. El mandatario parece haber diseñado una gestión a 96 meses, definida por ambiciosos proyectos que, de terminar su gobierno el próximo año, se transformarían en una obra inconclusa e históricamente insignificante.

El rey de esos proyectos es, por supuesto, el proceso de paz con las FARC, iniciado en octubre pasado. Pero tras 14 rondas de negociaciones las partes tienen muy poco que ofrecer, con solo un acuerdo parcial –en el tema agrario– en una agenda que incluye, entre otros, el fin del conflicto y el narcotráfico.

En cierta manera, la lentitud con la que transcurren las negociaciones en La Habana es normal. Estamos hablando, después de todo, de un conflicto de más de 50 años de antigüedad y que se ha cobrado cerca de un cuarto de millón de vidas (y contando, pues la violencia sigue). Los temas de la agenda de paz, en consecuencia, son complejos y espinosos.

Para empezar, está el equilibrio entre paz y justicia, un tema que no solo representa un dilema intracolombiano sino que podría volver a poner al país en una posición incómoda frente a la justicia internacional (con la Corte Penal Internacional, de la que forma parte y que tiene jurisdicción sobre crímenes de guerra y de lesa humanidad). Luego está la participación política de unas FARC que temen ser perseguidas (al estilo de la Unión Patriótica en los años 80) una vez dejen las armas. Esa transición, por fuerza, dejará guerrilleros descontentos con su nueva situación –política y económica– que podrían rechazar la desmovilización y seguir con el lucrativo negocio del narcotráfico o el tráfico de personas en la estructura de las bandas criminales (o bacrim).

La idea clave

Naturalmente, el proceso ha recibido críticas. Muchos argumentan que no debería estar ocurriendo. “¿Por qué negociar cuando el Estado estaba por primera vez, en muchos años, acorralando a los jefes y cabecillas de las FARC?”, dijo el precandidato presidencial Francisco Santos –primo del presidente– en una entrevista reciente. Y, por otro lado, hay quien ve en Santos a un Chamberlain más que a un Churchill, dando demasiadas concesiones a los guerrilleros en su afán por pasar a la historia como el líder que logró la paz.

Confrontado, Santos responde con simpleza. El presidente cree que aunque “nadie le ha dado más duro a las FARC” que él, ahora es el momento de negociar. Porque la guerrilla, dijo hace poco, “no tiene otra alternativa”. Ahí, en la veracidad de esa simple frase, se basa su cálculo estratégico. Espera salir vencedor del concurso de malabarismo entre la guerrilla, la oposición y su gobierno. Las FARC deben retrasar las negociaciones para obtener más concesiones, pero sin echar al traste la que quizá sea su última oportunidad para negociar en una guerra que están perdiendo. Los opositores deben criticar el proceso sin parecer enemigos de la paz o del interés nacional. Y el gobierno debe ser duro sin provocar un colapso en el proceso que acabaría con su posibilidad de reelección.

Lo anterior solo tiene validez si, como cree Santos, las FARC no tienen alternativa. Y pareciera tener razón: tras años de duros golpes militares –reduciendo sus tropas de 17 mil a unos 8 mil entre 2001 y 2013–, los guerrilleros parecen más interesados que nunca en la negociación. Pero quienes conocen a las FARC, aseguran que su manera de entender el tiempo es distinta del resto de la humanidad: piensan en décadas, no en meses.

El campo olvidado

Pero el proceso de paz no es el único frente abierto del presidente. Además del conflicto marítimo con Nicaragua, el próximo proceso de paz con el Ejército de Liberación Nacional (ELN) o la creciente amenaza de las bacrim –evidenciada en el último reporte de Human Rights Watch de los que regresan a sus tierras tras ser desplazados–, la última gran crisis estuvo marcada por las intensas protestas de los sectores rurales y agrícolas del país. “En las últimas semanas –escribió Daniel Samper Pizano en El Tiempo– ocurrieron dos hallazgos históricos: el país descubrió que tenía campesinos y los campesinos descubrieron que tenían poder”.

Las palabras de Samper describen un problema profundo de la sociedad colombiana y un patrón que se repite en el mundo: un país con una economía sólida y pujante, con sectores excluidos de la bonanza, que tarde o temprano terminan explotando. Varios analistas han señalado las políticas de libre comercio seguidas por Bogotá en las últimas décadas –que incluyen TLC con Estados Unidos (EU), la Unión Europea y ahora Panamá (parte de nuestro camino hacia la Alianza del Pacífico)– como responsables del desplome agropecuario.

Pero de cara a la reelección, se espera que el tema no tenga tanta preponderancia: la situación económica del país (crecimiento del 4% este año) permitirá a Bogotá tomar medidas inmediatas –que involucran gasto público– para calmar los ánimos. El problema de fondo, no obstante, deberá esperar por mejores tiempos para ser resuelto.

Sin oponentes

Pase lo que pase en los distintos frentes abiertos, Santos no tiene un oponente de peso. Dejando de lado los rumores que ponen al exministro Germán Vargas Lleras como “plan B” e incluso como saboteador interno de su campaña, al día de hoy el panorama político se revela como una lucha entre el presidente y su antecesor, Álvaro Uribe, que hace unos días anunció su –inédita– decisión de liderar una lista de candidatos para el Senado (no puede correr para presidente aún).

Uribe, con una popularidad por encima del 60%, ha sido criticado por incluir en su lista a José Obdulio Gaviria –relacionado con el narcotráfico– y a Alfredo Ramos, hijo de un exgobernador detenido por parapolítica. Tampoco se descarta que la reciente declaración de culpabilidad de Dolly Cifuentes Villa, alias La Meno –madre de dos sobrinas del expresidente– a cargos de narcotráfico en EU pueda terminar salpicándole. Aún así, se espera que él y unos 20 de los nombres de su lista logren escaños.

Panamá deberá estar pendiente del destino electoral del expresidente. En la actualidad, y a pesar de la firma del TLC, ambos países mantienen diferencias a causa de un arancel extra que Bogotá impone sobre ciertas reexportaciones de la Zona Libre de Colón, un tema que podría enquistarse con una fuerte presencia uribista –léase proteccionista– en el Senado.

Por el lado presidencial, la cosa luce aún mejor para Santos. Los precandidatos del partido uribista Centro Democrático –Francisco Santos (favorito para la consulta interna de marzo), Óscar Iván Zuluaga y Carlos Holmes Trujillo– son víctimas de lo que un diario llamó “el desgano que produce el uribismo sin Uribe” y se espera que no sobrevivan la primera ronda. Los oponentes más serios de Santos podrían ser Clara López –candidata del Polo Democrático– y el ganador de otra consulta interna entre el ex-M19 Antonio Navarro Wolff y el exalcalde de Bogotá Enrique Peñalosa.

Las circunstancias particulares de Santos hacen que se considere su reelección a pesar de sus paupérrimos niveles de aprobación, principalmente por la aparente solidez de sus estrategias. Con las FARC, supone que el desbalance militar existente las obligará a ceder. Con el tema socioeconómico, confía en que los campesinos regresen pronto a la invisibilidad, al menos lo suficiente para que él pueda ocuparse de las cosas que realmente le importan. Y cuando mira al tablero de ajedrez político, no ve ninguna ficha capaz de hacerle un jaque mate.

Pero en su genial frase, el general Schwarzkopf también habló de carácter. De ese carácter dependerá que los guerrilleros no decidan, al estilo talibán, volver a la selva por otros 50 años. O que el resto de los colombianos recupere la confianza en un hombre que durante la crisis de los campesinos quedó expuesto como un patricio criollo que ni entiende ni quiere entender al colombiano común. Ahí, donde la estrategia no llega, podría estar la cruz del presidente. Porque al final, dijo el fallecido general, si tienes que deshacerte de una de las dos, deshazte de la estrategia.

Twitter: nuevo tinglado

El expresidente colombiano Álvaro Uribe pidió ayer, miércoles, por Twitter a un polémico exasesor suyo y candidato al Senado que se disculpe por el vocabulario ofensivo que utiliza en esa red social para responder a las críticas de sus opositores.

Uribe dio el tirón de orejas a José Obdulio Gaviria, quien fue asesor de su gobierno (2002-2010) y en los últimos días se ha enfrascado en una guerra verbal con políticos y periodistas que han criticado su candidatura al Senado por el movimiento Centro Democrático, encabezado por el exmandatario. Las críticas se deben a que el exasesor es primo del fallecido capo del cartel de las drogas de Medellín, Pablo Escobar Gaviria. “José Obdulio debe ofrecer disculpas a la ciudadanía por el vocabulario utilizado. La ofensa empaña la defensa”, escribió el expresidente en el Twitter. En días pasados, Gaviria llamó “grandísimos bellacos” al expresidente Andrés Pastrana (1998-2002) y al hermano de este, Juan Carlos Pastrana, quienes le acusaron de haber recibido dinero de Pablo Escobar Gaviria para campañas políticas. En otro mensaje por Twitter, Gaviria llamó “homúnculo intelectual” al expresidente Pastrana y posteriormente insinuó que el hermano del exmandatario es “un truhán que cuando joven, violó una niña”.

Juan Carlos Pastrana respondió a esa acusación con otro mensaje: “¿Quién me ataca? ¿El comunista? ¿El mafioso? ¿El liberal? ¿El paramilitar? ¿El uribista?, ¿El aspirante a congresista?”. Ante el acalorado debate en las redes sociales, Uribe intervino ayer para calmar a su exasesor, quien de inmediato pidió perdón y justificó sus palabras. Con las disculpas de su exasesor, Uribe dio por zanjada la discusión: “José Obdulio me expresa que ofrece excusas y lo agobia el dolor porque lo tratan de criminal”, escribió el expresidente.

EFE

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