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20 años del genocidio de ruanda, primera parte

El fracaso que desnudó al mundo

El racismo con el que tratamos los asuntos africanos ha traído una falta de comprensión e interés en las causas, consecuencias y lecciones del genocidio.

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En Ruanda prácticamente no hay perros. Hace 20 años hubo que matarlos a todos. Abandonados por sus dueños –que habían huido, muerto o ambas cosas–, los canes se comían los cadáveres que se amontonaban por todas las calles, todos los barrios, todas las ciudades, todo el país. Había tantos cuerpos que era imposible impedirlo. Los animales terminaron adquiriendo un gusto por la carne humana. Y hubo que matarlos a todos.

La ausencia de ladridos en la pequeña nación centroafricana (tres veces más pequeña que Panamá) es uno de los recordatorios más potentes de lo ocurrido allí a partir del 6 de abril de 1994. Esa noche, el avión en el que viajaba el presidente Juvénal Habyarimana fue derribado sobre el cielo de Kigali, la capital del país.

El asesinato presidencial desató una campaña premeditada y sistemática de matanzas, ejecutada por el decapitado gobierno, el ejército, la policía, grupos paramilitares y ciudadanos de a pie –agrupados bajo el paraguas del “poder Hutu”, la ideología estatal que defendía la supremacía de este grupo humano al que pertenecía el 90% del país– contra la minoría Tutsi, apenas el 9% de los ruandeses. El proyecto de exterminio era fundamentalmente anti-Tutsi, pero incluía como objetivo legítimo a cualquier hutu que se opusiese a los esfuerzos genocidas o simplemente no colaborase con ellos.

Suicidio en vivo

Las primeras matanzas fueron llevadas a cabo por milicias cuyos nombres –Impuzamugambi (“los que tienen el mismo objetivo”), Interahamwe (“los que atacan/trabajan juntos”)– aún causan escalofríos en Ruanda y el mundo. Hartos de cerveza de banana y otras drogas, sus miembros eran transportados de masacre en masacre, acabando con decenas, cientos, miles de sus compatriotas –a los que se referían como inyenzi (cucarachas)– a machetazo limpio.

Por la radio, los locutores aconsejaban destripar a las víctimas embarazadas. La ciudadanía entendió el mensaje muy poco después, y comenzó la carnicería entre vecinos y colegas. Los maestros mataron a sus estudiantes y los sacerdotes a sus fieles. Miles de ruandeses fueron asesinados en masa tras buscar refugio en estadios e iglesias.

Para estas fechas, la gente apilaba cadáveres como muestras de lealtad frente a las casas de los líderes hutu. Pero faltarían aún dos meses más, hasta mediados de julio, para que el Frente Patriótico Ruandés (RPF) –un ejército rebelde formado por tutsis en el exilio– lograra tomar el control total del país tras invadir desde Uganda. Para entonces, más del 40% de la población estaba muerta o desplazada.

El genocidio duró 100 días. A su conclusión, el 75% de los 700 mil tutsis del país ya no existía. Para julio de 1994 era más fácil encontrar tutsis muertos que tutsis vivos en Ruanda. La cifra total de muertes oscila entre 800 mil y un millón de seres humanos, asesinados en un genocidio sin precedentes tanto en eficiencia –al menos 8 mil muertos diarios, un ritmo casi tres veces superior al del holocausto– como en autoría intelectual. Ruanda no tiene un Hitler, un Stalin, un Pol Pot; alguien en quien –justa o injustamente– anclar la búsqueda de sentido, de respuestas que ayude a paliar la infinita sensación de absurdo que produce un acto “cuyo horror, cuya idiotez, cuyo desperdicio, cuya pura maldad –como escribió el periodista Philip Gourevitch– son imposibles de circunscribir”.

El mundo al desnudo

Durante 100 días en 1994, Ruanda se convirtió en lo más parecido al infierno que este mundo ha visto desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Pero pensar que los demonios danzaron exclusivamente dentro de sus fronteras sería insultar la memoria de los fallecidos y la dignidad –y la inteligencia– de aquellos, ruandeses o no, que tienen algún interés en lo sucedido.

Mientras Ruanda se suicidaba a machetazos, las capitales más poderosas del planeta cometieron actos de desprecio hacia la vida humana que retumbarán para siempre en la conciencia global. Las naciones occidentales enviaron soldados a evacuar a sus ciudadanos en aviones que aterrizaban y volvían a despegar en medio de los cadáveres.

Estados Unidos, dueño del mundo desde la caída del Muro de Berlín pero –madre de las ironías– aterrorizado por imágenes de sus soldados arrastrados por las calles de Mogadiscio, no quiso liderar a un mundo que, con vergonzosa complicidad, le siguió la corriente en interminables debates sobre terminología y otras nimiedades. Mientras, la prensa internacional y la pequeña misión de la ONU en Ruanda –liderada por el general canadiense Roméo Dallaire– pedían ayuda desesperadamente, arriesgando su salud física y mental para dar a conocer lo que sucedía en el país.

Pero no funcionó. El 21 de abril, cuando Dallaire anunció que podía detener el genocidio con una fuerza de 5 mil a 8 mil cascos azules, el Consejo de Seguridad redujo drásticamente sus efectivos, de 2 mil 500 a 270.

Ruanda fue oficialmente abandonada, y aunque luego el entonces secretario general de la ONU Boutros Boutros-Ghali hablara de “100% responsabilidad estadounidense” y Bill Clinton reconociese el genocidio como “el mayor arrepentimiento” de su presidencia, los motivos –el motivo– de ese abandono no debe (n) olvidarse: el genocidio de Ruanda fue, para la mayor parte del planeta, una historia más de salvajismo en África, de negros matándose entre sí por motivos tribales, inescrutables para el mundo civilizado. Y eso a nadie le importaba.

Y a nadie le importa. La comparación con la reacción internacional a las guerras yugoslavas –donde las víctimas tenían la piel blanca– es tan profundamente reveladora que hemos preferido ignorarla para no lidiar con su significado. Y así, los demonios han seguido bailando.

Las raíces del genocidio

El racismo inherente al tratamiento mediático del genocidio de Ruanda se traduce, principalmente, en una falta de entendimiento de –y de interés en– las causas y consecuencias del mismo. Comenzando por las primeras, el genocidio es resultado directo de la llamada Guerra Civil Ruandesa, iniciada en 1990 cuando el RPF invadió el país exigiendo el fin del “poder Hutu”.

Tras tres años de conflicto –en los que los rebeldes, liderados por un joven y brillante estratega llamado Paul Kagame, habían logrado controlar un pedazo importante del norte ruandés–, el gobierno de Habyarimana se vio forzado a negociar, llegando a un alto el fuego y un acuerdo de paz en Arusha, Tanzania, en agosto de 1993. Los acuerdos de Arusha estipulaban la gradual formación de un gobierno inclusivo. Para su implementación se acordó la presencia de unos 600 soldados del RPF en Kigali –instalados en la sede del Parlamento– y la mencionada misión de paz de la ONU, llamada UNAMIR.

Pero el veneno del “poder Hutu” era mucho más poderoso que cualquier acuerdo de paz. Tan pronto firmó en Arusha, los sectores más extremistas del establishment ruandés comenzaron a preguntarse –abiertamente– si Habyarimana no se habría convertido en un ibyitso (cómplice).

Para enero de 1994, la tensión cortaba el aire. “Dejemos que erupte lo que se está cocinando”, publicó el periódico extremista Kangura ese mes. “Cuando eso suceda, se derramará mucha sangre”.

Poco después, Dallaire reportaba al Departamento de Estado estadounidense sus sospechas de genocidio luego de que un avión francés –con pilotos belgas– aterrizara en Kigali con un cargamento de municiones para el ejército de Habyarimana. Sus reportes fueron ignorados. Los planes genocidas continuaron, echando a andar tan pronto el avión de Habyarimana –en el que también viajaba el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira– se estrelló cerca del palacio presidencial en Kigali. Ambos mandatarios venían de negociaciones con el RPF en Dar es Salaam (Tanzania). Al día de hoy, no se sabe a ciencia cierta quién lanzó el misil que derribó la aeronave.

La guerra civil es a su vez producto de otro evento crucial: la llamada revolución ruandesa (1959-1961), que precedió a la independencia de Bélgica en 1962. La “revolución”, en realidad, no es más que un período de intensa violencia intercomunal –liderada por Grégoire Kayibanda, antecesor de Habyarimana– que representó la culminación de décadas de tensiones entre hutus y tutsis. Se estima que entre 20 mil y 100 mil tutsis fueron asesinados –un minigenocidio–, y muchos más se vieron forzados a huir del país. Para 1965, había 130 mil refugiados –un tercio de todos los tutsis– en Zaire, Uganda, Tanzania y Burundi.

La violencia anti-Tutsi continuó, aunque su ritmo disminuyó tras el ascenso de Habyarimana mediante un golpe de Estado en 1973. Pero la cuestión de los refugiados seguía presente. En 1986, el Presidente declaró que en Ruanda no cabía un alma más: el 95% de la tierra estaba siendo cultivada por familias que promediaban ocho miembros y poseían 0.2 hectáreas de terreno cada una. Al año siguiente nació el RPF. Y en octubre de 1990, cuando la diáspora Tutsi –unas 200 mil almas– ya representaba el mayor y más longevo problema de refugiados en África, el ejército rebelde invadió el país.

El rol europeo

La revolución ruandesa es un buen punto para comenzar a comprender los motivos del genocidio, pero deja sin respuesta las preguntas más importantes, concretamente la naturaleza de los términos “Hutu” y “Tutsi” y, sobre todo, los motivos del antagonismo entre ambos grupos. Para entender esto es importante comprender que la “revolución” derrocó a la monarquía que existía en el país desde mediados del siglo XVIII, mucho antes de que los primeros exploradores europeos llegaran a la zona 150 años después.

La historia de la colonización europea de Ruanda es, en muchísimas maneras, la historia de cómo sus habitantes terminaron odiándose entre sí. Cuando los alemanes llegaron –tras haber “recibido” el territorio en la Conferencia de Berlín (1884)–, se encontraron con un arreglo social en el que una clase ganadera constituía una élite política y económica que gobernaba sobre una clase agricultora.

A pesar de esta división, ambas clases se mezclaban libremente. Existe un consenso entre historiadores y etnógrafos de que “hutus” y “tutsis” no pueden ser considerados –ni entonces ni ahora– como grupos étnicos distintos.

Pero eso no encajaba bien con la cosmovisión imperialista. En aquellos momentos, las mentes más brillantes de Europa –en su búsqueda incesante de evidencia que justificara la superioridad del hombre blanco y su civilización- andaban entusiasmadas con el llamado “racismo científico”. Particularmente importantes en el contexto africano eran las ideas de John Hanning Speke, que aseguraban que la –poca– cultura y civilización de esas tierras provenía de un grupo étnico “caucasoide” de origen etíope.

Los miembros de esa etnia eran, por supuesto, más altos, esbeltos y poseían una piel más clara. Naturalmente, eran superiores a los “negroides” nativos.

Para principios del siglo XX, el hambre se había juntado con las ganas de comer. La necesidad de gobernar el territorio eficientemente –divide y vencerás– se mezcló con el orden “natural y científico” de la sociedad.

Así, la élite política –supuestamente más alta, esbelta y todo lo demás– se fue consolidando como “Tutsi”. El resto, la mayoría del país, se convirtió en “Hutu”. Los alemanes, por supuesto, se aliaron con los primeros y gobernaron a través de ellos.

La mesa del genocidio había sido puesta y adornada por los germanos. Pero el trabajo fue completado por los belgas, que tras la Primera Guerra Mundial –y la pérdida alemana de todas sus colonias– se hizo con el control de Ruanda. A los belgas les encantó el orden impuesto por sus vecinos, tanto que para 1935 habían llevado a cabo un censo que puso la palabra “Hutu” (85% de la población), “Tutsi” (14%) o “Twa” (1%) en la cédula de todos y cada uno de los habitantes del país.

Es imposible sobrestimar cuánto contribuyeron esas cédulas en la asombrosa eficiencia del genocidio seis décadas después. Pero los belgas no se dieron por aludidos. Cuando, el 14 de abril de 1994, Bruselas tomó la decisión de retirar las tropas con las que había contribuido a UNAMIR –tras el asesinato de 10 de sus soldados en Kigali una semana antes–, la antigua potencia colonial cerró un círculo que ejemplifica a la perfección el significado y las consecuencias de la colonización europea de África (y del mundo). Como tal, sus actos jamás deben ser olvidados.

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