latinoamérica, fuera de la agenda de estados unidos

El futuro del patio trasero

La paradoja de las relaciones entre EU y Latinoamérica –sobre todo la cuenca del Caribe– es evidente: viendo su dominio fuera de peligro, Washington se dedica a luchar contra molinos de viento al otro lado del mundo, descuidando a sus vecinos.
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El presidente de Estados Unidos (EU), Barack Obama, concluyó ayer una visita de apenas tres días a México y Costa Rica. Mientras que los detalles de sus actividades han sido reportados, analizados y contra analizados, el contexto general de las relaciones entre el país más importante del mundo y todo lo que hay más allá de su frontera sur –en otras palabras, entre el Río Grande y el Cabo de Hornos– es raramente discutido.

A pesar de que la primera cumbre de cualquier presidente estadounidense suele ser con el presidente mexicano, lo cierto es que, al día de hoy, Latinoamérica figura poco o nada en las preocupaciones globales de Washington. En la última campaña presidencial, por ejemplo, la situación en México no pudo abrirse paso en ninguno de los debates entre Mitt Romney y Barack Obama.

Incluyendo la recién concluida gira, Obama ha visitado a su vecino del sur apenas en cuatro ocasiones, y al resto de Latinoamérica en seis, desde que asumió el poder en enero de 2009.

“Para cuando un presidente estadounidense termina de lidiar con el Medio Oriente, Asia y Europa, es hora de empezar a trabajar en la reelección o de retirarse. Y Latinoamérica, una vez más, ha quedado relegada”, escribió el periodista y escritor Robert D. Kaplan en un reciente ensayo.

La geopolítica latinoamericana

La relativa falta de atención estadounidense no ha significado, ni mucho menos, que los relojes se hayan parado al sur del Río Grande. La Latinoamérica de hoy es radicalmente distinta a la de hace 20 años, un complicado mosaico en el que algunas de las economías y sociedades más dinámicas del planeta conviven con niveles estratosféricos de corrupción, violencia y crimen organizado.

Un (sub) continente que, además, exhibe los debates sociales, políticos y económicos más amplios y fascinantes del mundo. Pero una región en donde –oficialmente y salvo en Cuba– prevalece la democracia y, sobre todo, la paz.

La situación latinoamericana podrá parecerle poca cosa a algunas personas. Una mirada al mundo, sin embargo, deja claro por qué la Latinoamérica actual no figura en las preocupaciones estadounidenses: porque, en términos globales, es uno de los rincones más estables del planeta.

Pero esa es solo una parte de la respuesta. De hecho, es la parte más sencilla. La otra parte está en las realidades geopolíticas de eso que los hispanohablantes llamamos América y los anglosajones “las Américas”.

Desde el punto de vista geográfico, “las Américas” es un término mucho más exacto para referirse a la masa de tierra que va desde Alaska hasta la Tierra del Fuego. Lo que se c+++onoce como Latinoamérica, que incluye partes de Norteamérica (México) y la casi totalidad de Centro y Suramérica, está definida por tres grandes barreras geográficas: el mar Caribe, la cordillera de los Andes y la selva amazónica.

Consecuentemente, gran parte de su población habita una serie de “islas” separadas por estas barreras: entre el Caribe y el Amazonas está la región que va de México a Venezuela.

Entre la selva amazónica y los Andes, hacia el oeste, están las naciones andinas de Bolivia, Ecuador y Perú; hacia el suroeste está Chile, cuyo carácter nacional e historia reflejan su aislamiento; y hacia el sur, los núcleos densamente poblados de Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina.

La región al sur del Amazonas presenta una condición interesante desde el punto de vista estadounidense. Si bien la región al este de los Andes alberga condiciones para la formación de una potencia geopolítica, la división del sistema del Río de la Plata entre varias naciones, y los problemas internos de las dos potencias regionales –Brasil y Argentina– hacen que lo que suceda en esos países tenga para Washington una importancia mínima.

Este efecto se ve amplificado para la región andina, aislada tanto de la zona Caribe como de los centros económicos de la costa atlántica –especialmente el Río de la Plata– de Suramérica. Estados Unidos, entonces, ignora a Latinoamérica no solo porque no sucede “nada”, sino porque gran parte de la región está, geopolíticamente hablando, en otro planeta.

Pero, ¿qué hay al norte de la selva amazónica? Aquí, la primera parte de la explicación se mantiene –no pasa nada digno de atención– pero la segunda se invierte completamente.

La región que va de México a Venezuela –la llamada cuenca del Caribe– no solo es importante para Washington. Es la base sobre la que descansa su poder global.

La centralidad de la cuenca del Caribe

Al igual que el Imperio Británico, que nació de los saqueos piratas a barcos españoles, el ídem estadounidense también nació en el Caribe. En 1942, Nicholas Spykman, uno de los padres de la geopolítica estadounidense, explicó que el hemisferio occidental no estaba dividido entre América del Norte y América del Sur, sino entre lo que estaba al norte y al sur de la selva amazónica.

Para entonces, hacía ya algunas décadas que Estados Unidos había completado un proceso de expansión que lo llevó no solo a controlar la mayor parte de Norteamérica, sino, sobre todo, a asegurar su dominio sobre ciertos territorios estratégicos (Alaska, por ejemplo).

De todos ellos, los más importantes fueron los de la cuenca del Caribe: Louisiana, Florida, Cuba o Puerto Rico, más los territorios arrebatados en la guerra contra México. El proceso de convertir el Caribe en un mar estadounidense culminó con la inauguración del Canal de Panamá en 1914.

Una vez completado el proceso, EU se convirtió en la potencia hegemónica del hemisferio occidental. Después de todo, solo el Ártico canadiense y el Cono Sur de América –ambos inofensivos– quedaban fuera de su esfera de control.

Y una vez aseguró el continente americano, la joven nación estadounidense sentó las bases de lo que –luego del cuasisuicidio del Viejo Mundo en dos guerras mundiales– terminaría por ser la mayor potencia que jamás ha existido. Hoy por hoy, Washington es el único poder global, garante de un sistema internacional diseñado para beneficio propio y de sus aliados, con intereses en todos los países del mundo y con la capacidad –gracias a su Armada– de intervenir militarmente en cualquier rincón del planeta en cuestión de horas.

La importancia de la cuenca del Caribe para EU es tal, que algunos de los episodios más notorios de la Guerra Fría ocurrieron allí. La crisis de los misiles fue el episodio por excelencia, pero las guerras centroamericanas –en las que Washington sacrificó todos sus valores por su pánico a la influencia soviética en la región–, e incluso la invasión a Panamá, son también un recordatorio de lo que significa vivir en el patio trasero de una gran potencia. Países como Ucrania o Polonia entienden esta realidad a la perfección.

En la actualidad, la cuenca del Caribe sigue firme en manos de Washington. Eso, sin embargo, no quiere decir que no hayan problemas para EU en la región. El dominio estadounidense no significa, de ninguna manera, la capacidad de garantizar la estabilidad regional.

Los desafíos caribeños

Más allá del caso cubano –que ya no representa ningún tipo de amenaza–, Washington da mucha importancia al masivo tráfico de drogas –y, en menor medida, a la violencia y sufrimiento que genera– y a la cada vez más fuerte presencia comercial china en ciertos países.

En la base sur de la cuenca, Colombia y Venezuela presentan serios desafíos. En el caso venezolano, la muerte del presidente Hugo Chávez ha dejado al país en un estado de aparente caos político. A todas luces, la dirección estratégica venezolana es insostenible y su futuro –a corto plazo– luce peligroso.

Los desafíos colombianos van por el lado de las drogas. Aunque desde Washington se vende a Colombia como una historia de éxito, lo cierto es que la cocaína colombiana sigue llegando a las narices estadounidenses con la misma facilidad de siempre.

La diferencia es solo geográfica. La problemática del narcotráfico se extiende desde la selvas de Colombia hasta el norte de México, que es el epicentro actual de la violencia (50 mil muertos desde 2006).

Los niveles de violencia antes vistos en Colombia se han trasladado al resto de la región –con las relativas excepciones de Panamá y Costa Rica– y, al día de hoy, El Salvador y Honduras tienen las más altas tasas de asesinatos del mundo.

La oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) lo tiene claro: “el narcotráfico es la causa principal del aumento en los homicidios”. Varios presidentes de la región –entre ellos los de Colombia y México– han lanzado iniciativas diplomáticas para al menos poner sobre la mesa un cambio en el paradigma de la guerra contra las drogas.

Hasta ahora no han tenido éxito, pero el tema resurge cada vez que un presidente estadounidense asoma la cabeza aquí. Por el momento, es difícil vislumbrar cambios importantes en el tema de las drogas.

Es por eso, en parte, que en su reciente encuentro en México, los presidentes Obama y Peña Nieto intentaron alejar las discusiones de ese asunto. Donde sí se esperan avances inminentes es en la reforma migratoria estadounidense, un movimiento que podría afectar a unos 11 millones de inmigrantes ilegales, más del 60% de los cuales son mexicanos.

La reforma migratoria –unida a un mayor control fronterizo– es uno de esos raros asuntos en los que todos pueden salir ganando. En Estados Unidos, los demócratas la necesitan para honrar la confianza del electorado latino, que votó abrumadoramente a su favor.

Los republicanos, más allá de lo que opinen, no pueden darse el lujo de frustrar aún más a ese mismo electorado. Como país, Estados Unidos se verá beneficiado por el aumento de la fuerza laboral (y la base fiscal) y la atracción de talento.

En México y Centroamérica, la regularización de sus ciudadanos en Estados Unidos tendrá un impacto directo en el área de las remesas, que ya constituyen un porcentaje significativo de las economías de esos países.

La realidad demográfica

La reforma migratoria, sin embargo, es solo una pequeña parte de una relación que definirá el destino de EU y, quizá, marcará el futuro del planeta. Ya en 1946, el historiador Arnold Toynbee apuntaba que cuando dos sociedades con distintos niveles de desarrollo comparten una frontera esta tiende a moverse en dirección favorable a la menos desarrollada.

Y en 2004, Samuel Huntington recogía estas inquietudes en su libro ¿Quiénes somos?, en el que señalaba la inmigración “hispánica” como la mayor amenaza al carácter nacional estadounidense. George Friedman, fundador de la agencia de inteligencia STRATFOR, coincidió, aunque lo planteó de manera distinta, en su libro Los Próximos 100 años. Para Friedman, un movimiento de la frontera entre EU y México podía alterar el balance de poder en Norteamérica, que a su vez es el eje geopolítico del planeta.

Las preocupaciones de estos intelectuales no son infundadas. La población combinada de México y Centroamérica equivale a la mitad de la población estadounidense. A la vez, la edad promedio al sur del Río Grande es significativamente menor (25 años en México, 20 en Honduras o Guatemala) que en EU (37 años).

El flujo masivo de trabajadores en dirección norte podría tener consecuencias fundamentales. Para 2050 se espera que hasta un tercio de la población estadounidense sea de origen “hispánico”.

En su libro Tree of Hate, el académico Philip Wayne Powell da uno de los más completos análisis de las relaciones entre la América hispana y la anglosajona. Para Powell, el antagonismo va mucho más allá de las realidades geopolíticas del continente americano, y estaría enraizado en viejas rivalidades entre imperios europeos. Sea o no el caso, la paradoja de las relaciones entre EU y Latinoamérica –sobre todo la cuenca del Caribe– es evidente: viendo su dominio fuera de peligro, Washington se dedica a luchar contra molinos de viento al otro lado del mundo, descuidando a sus vecinos.

A medida que Washington reduzca su dependencia del petróleo medio oriental, el “milagro” chino empiece a bajar el ritmo, y el “antiyanquismo” latinoamericano aminore su ferocidad, es posible que los estadounidenses redescubran su propio hemisferio. Porque mientras caza terroristas y destruye países musulmanes, muy silenciosamente, los mismos vecinos se le están metiendo en la casa.

Harían bien en Washington en recordar la historia de Aníbal, el genial general cartaginés que atravesó los Alpes con elefantes, y mientras sitiaba Roma, tuvo que regresar a defender su propio país.

Lástima que ya era demasiado tarde. Aníbal solo perdió esa batalla, pero su derrota fue el principio del fin de un imperio y eventualmente de toda una civilización.

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