500 años de ´el príncipe´ (I)

El maestro florentino

Pocas obras han inspirado tantas interpretaciones, causado tantos debates y gozado de un impacto tan duradero como el pequeño manual para estadistas escrito por Nicolás Maquiavelo.

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Según el Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), el adjetivo “maquiavélico” se utiliza para referirse a aquel “que actúa con astucia y doblez”. El término es de uso muy común en Panamá, especialmente entre la clase política: hace un par de años, por ejemplo, el exministro de la Presidencia Jimmy Papadimitriu dijo en este diario que sus colegas del Gabinete lo llamaban “el griego maquiavélico”. Y apenas el pasado domingo, la excandidata presidencial Balbina Herrera describió a Ricardo Martinelli como un “presidente maquiavélico”.

El DRAE, además, define el término como “perteneciente o relativo a la doctrina política de Maquiavelo, escritor italiano del siglo XVI”. A esto, más que a lo anterior, pareció referirse el diputado Miguel Micky Alemán cuando a finales de junio afirmó –también en este diario– que El Príncipe, la obra más conocida de dicho escritor, “se le quedó corto” al Presidente de la República. Lastimosamente, nadie le pidió a Alemán especificar si con su comparación intentaba descalificar o elogiar al mandatario. Porque el DRAE, en aras de la claridad, agrega que la doctrina de Maquiavelo está “fundada en la preeminencia de la razón de Estado sobre cualquier otra de carácter moral”, algo no necesariamente reprobable.

El que Maquiavelo tenga su propia palabra en el diccionario de la RAE –honor reservado para los titanes de la historia– demuestra la estatura de sus ideas en el subconsciente colectivo. Y el que las palabras de Papadimitriu, Herrera o Alemán no hayan levantado la más mínima controversia demuestra inequívocamente la naturaleza de esa estatura. En la sabiduría popular, Nicolás Maquiavelo es un hombre inspirado por el diablo, un maestro del mal que ríe sarcásticamente cada vez que las nociones comunes de moralidad son sacrificadas en el altar del poder. Esta idea está, a su vez, basada en El Príncipe, que este año celebra su quinto centenario de existencia.

mucha controversia, pocas palabras

Visto en retrospectiva, El Príncipe estaba destinado a entrar en el olimpo del pensamiento humano. Sus inicios, sin embargo, fueron modestos: a pesar de que ciertas copias escritas a mano circularon durante la vida de Maquiavelo, no fue hasta 1532 –cinco años después de su muerte– que fue impreso por primera vez. A partir de ahí el impacto fue tremendo, y en cuestión de una generación ya figuraba en la lista de libros prohibidos por la Iglesia católica, su autor considerado “un cómplice criminal del demonio” y “un enemigo de la raza humana”.

Para finales del siglo XVI, ser llamado “Maquiavelo” era ser comparado con el mismísimo Satanás. La comparación se ha solidificado con el paso de los siglos gracias a la legión de autores que se han despachado a gusto con el italiano y su obra –Bertrand Russell, por ejemplo, describió El Príncipe como “un manual para gánsteres”– e incluso han producido una serie de “antimaquiavelos”, de Federico el Grande de Prusia –ayudado por Voltaire– a Jacques Maritain y Leo Strauss.

Pero esa visión, si bien solidificada en el imaginario popular, no es ni mucho menos consensual. Para algunos intelectuales, El Príncipe es una sátira. Para otros, como Spinoza o Rousseau, es una advertencia de lo que los tiranos pueden ser y hacer. Hay quien ve en El Príncipe una obra típica de su tiempo y quien la ve como un ataque a la Iglesia y todos sus valores, una defensa del modo de vida pagano que, sin embargo, no impidió que un autor anónimo extrajera una serie de máximas religiosas de sus páginas. Según a quién se lea, Maquiavelo es un profundo cristiano, un humanista angustiado o un patriota apasionado.

Luego están los que, con mayor o menor timidez, se atreven a admirarlo. Para Fichte, Maquiavelo posee un hondo entendimiento de las fuerzas históricas o suprahistóricas que moldean al hombre y transforman su moralidad. Engels lo describe como “uno de los gigantes de la Ilustración” y Gramsci intenta actualizar sus ideas con su “príncipe moderno”. H.G. Wells, padre de la ciencia ficción, escribió El nuevo Maquiavelo, y la escritora feminista Harriet Rubin publicó La Princesa. Sus ideas fueron ensalzadas por líderes de toda índole, de Benito Mussolini –que llamó a El Príncipe “un vademécum para estadistas”– a Thomas Jefferson.

Existe algo fascinante acerca de tan vehemente disparidad de juicios. “¿Qué otro pensador –se preguntó Isaiah Berlin– ha presentado a sus estudiantes facetas tan distintas de sus ideas? ¿Qué otro escritor (...) ha hecho a sus lectores discrepar sobre sus propósitos tan profunda y ampliamente?”.

El mundo lleva 500 años intentando responder. Para Vincent Barnett, por ejemplo, el italiano “hizo explícito, e incluso celebró, algo que aún hoy solo reconocemos en el fondo de nuestro subconsciente: que las declaraciones de integridad y virtud son muchas veces máscaras de engaño”. Gopal Balakrishnan, por su parte, cree que Maquiavelo “abrió la puerta a una exploración desinhibida de los problemas de la modernidad: el futuro del cristianismo, la posibilidad del gobierno republicano, los límites de la ilustración popular, la decadencia y renovación de las civilizaciones, y el estatus problemático de los límites morales y legales del poder político”.

El asunto se agrava aún más si se considera la cortísima extensión de la obra y su clarísima prosa, típica de la época. Ningún escritor, antes ni después, causó tanta controversia con tan pocas palabras. El Príncipe resultó ser, en palabras de Albert Russell Ascoli, “un escándalo que el pensamiento político occidental lleva observando con horror y fascinación desde su publicación”.

Maquiavelo y Florencia

Para entender el significado de El Príncipe, sin embargo, es necesario comenzar por el contexto de obra y autor. Para empezar, El Príncipe se pierde entre el volumen de la producción literaria de Maquiavelo, que incluye los también famosos Discursos sobre la primera década de Tito Livio, los menos reconocidos Del arte de la guerra e Historia de Florencia, e incluso obras de teatro y poesías.

Además, las ideas expuestas en El Príncipe están íntimamente ligadas a la época en la que vivió su autor y a las condiciones específicas de su vida. Nicolás Maquiavelo nació en la Florencia de los Médici en 1469. En aquel entonces, lo que hoy se conoce como Italia era una colección de ciudades-Estado controladas por poderosas familias que se valían de ejércitos mercenarios para hacerse la guerra. Esos entes políticos estaban, a su vez, amenazados por potencias europeas más grandes y consolidadas –España, Francia o el Sacro Imperio Romano Germánico–, cuyos ejércitos nunca estaban demasiado lejos.

Por otro lado, Maquiavelo hizo del deseo de ocupar cargos políticos su razón de vivir. En 1494, Florencia se libró de los Médici y se convirtió en una república democrática. Cuatro años después, a los 29 años, Maquiavelo comenzó una exitosa carrera como diplomático. Por los próximos 14 años, viajó por toda Europa, conociendo personajes como Luis XII, el emperador Maximiliano I o Césare Borgia –hijo del papa Alejandro VI–, personaje que, según la leyenda, fue la fuente de inspiración de El Príncipe.

Los Médici retornarían al poder en 1512, destruyendo la república y, con ella, la carrera diplomática de Maquiavelo. Tras un período de encarcelación e incluso tortura, fue perdonado en 1513 y se retiró a su pequeña propiedad a las afueras de Florencia. Allí pasaba los días en una vida rural, alejado del glamour, la fastuosidad y las intrigas de la corte que por tantos años visitó.

Maquiavelo, sin embargo, nunca perdió la esperanza de volver a servir a su país, independientemente de quién estuviera en el poder. Para congraciarse con los Médici, comenzó a escribir. “Al caer la noche –contó en una carta a Francesco Vettori– vuelvo a casa y entro en mi estudio, en cuyo umbral me despojo del traje de la jornada, lleno de lodo y sudor, para vestirme con ropas de corte y palacio. Así ataviado, entro en las venerables cortes de los hombres de la antigüedad, y ellos me dan la bienvenida. (...) En esta compañía, no me avergüenzo de hablar con ellos, interrogándolos sobre los motivos de sus acciones; y ellos, con toda bondad, me responden”. Livio, Cicerón, Virgilio, Tácito... a todos los interrogó en su mente, y las respuestas que recibió fueron complementadas por sus experiencias e intercambios con los hombres más poderosos de Europa.

Hacia final del año completó un pequeño libro que, esperaba, demostraría su valía a los Médici porque lidiaba “con los hombres y sus acciones como son en verdad, y no como nos las imaginamos”. Ese libro, por supuesto, se llamaba El Príncipe. “Nunca antes y nunca después –escribió Claudia Roth Pierpoint– un escritor demostró tan claramente que la verdad es una cosa tan peligrosa”.

Los Médici no prestaron atención al libro-regalo de Maquiavelo, y terminaron cayendo nuevamente en 1527. Para entonces, el hombre tenía ya 58 años, había escrito varios libros más y carecía de los recursos para relanzar su carrera pública. Además, era visto con sospecha por los republicanos por sus infructuosos intentos de servir bajo los Médici. Desarrolló misteriosos dolores estomacales y murió rodeado de algunos familiares y amigos. Fue enterrado en la Basílica de la Santa Cruz, donde un monumento en su honor aún reza tanto nomini nullum par elogium: ningún elogio es suficiente para tanta fama.

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