ambiciones globales

El mundo de Modi y Xi

India necesitará un billón de dólares de inversión en infraestructura en los próximos 10 años y su mercado laboral aumentará en 6.5 millones de almas cada año hasta 2030.

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Para cuando Narendra Modi llegue mañana a Washington, aún le quedarán por delante más de 24 horas de frenética actividad en suelo estadounidense. En la capital, el primer ministro de la India cenará con el presidente Obama y se reunirá con el vicepresidente Biden y otros altos oficiales del Gobierno estadounidense.

Cuando parta rumbo a Nueva Delhi el martes por la tarde, sin embargo, es muy probable que sus pensamientos no giren en torno a sus encuentros políticos en Washington, sino a lo logrado en Nueva York donde se ha reunido con un gran número de líderes empresariales durante todo el fin de semana.

Modi llegó el viernes a la Gran Manzana con una agenda repleta: discurso ante la Asamblea General de la ONU, participación en el Global Citizen Festival y hasta un megaencuentro –hoy mismo– con unos 20 mil miembros de la comunidad india en Estados Unidos (EU). Pero lo que realmente marcará el éxito o fracaso de su visita será su capacidad de convencer a algunos de los CEO más importantes de Wall Street de que invertir en India es una buena idea.

La estrategia india

Las prioridades de Modi no deberían sorprendernos. Por un lado, para nadie es un secreto que su relación con Washington es, como mínimo, incómoda. Su rol en las matanzas intercomunales de 2002 en Gujarat –donde fue ministro jefe entre 2001 y 2014– le valió una prohibición de entrada a EU –ya eliminada– y suficientes enemistades como para descartar la idea de permitirle dirigirse al Congreso.

Pero más allá de consideraciones personales, la centralidad del sector privado estadounidense para Modi se debe a la urgente situación económica de su país. El gigante asiático necesita recuperar el crecimiento económico, y él es consciente de que su abrumador triunfo electoral se debió a ello. Por eso, como explica Alyssa Ayres en Mint, el flamante premier “ha centrado su diplomacia internacional en la búsqueda de grandes acuerdos económicos”.

En este sentido, los números son demoledores: se estima que India necesitará un billón de dólares –sí, un millón de millones– de inversión en infraestructura en los próximos 10 años, y su mercado laboral aumentará en 6 millones y medio de almas cada año hasta 2030. Ante esto, Modi se ha puesto manos a la obra, diseñando una estrategia –tanto económica como geopolítica– que lo ha llevado a reunirse, en apenas un mes, con tres de los hombres más poderosos del mundo: el primer ministro japonés, Shinzo Abe; el presidente chino, Xi Jinping, y el ídem estadounidense Barack Obama.

La odisea arrancó en Japón, donde a comienzos de mes Modi logró un compromiso de inversión de 35 mil millones de dólares hasta 2019. Para ponerlo en perspectiva, Tokyo invertirá más en India en los próximos 24 meses que en los 14 años anteriores.

Pero eso era apenas el comienzo: mientras el primer ministro indio estrechaba manos japonesas, la ministra de comercio Nirmala Sitharaman se encontraba en Beijing ultimando los detalles de la visita del presidente chino, Xi Jinping, a la India, que tuvo lugar entre el 17 y el 19 de septiembre.

En muchas maneras, China es el verdadero plato fuerte de la estrategia india. Pero para comprender por qué, es necesario tener claro cómo el ascenso geopolítico chino, el resurgimiento ruso y el “pivoteo” estadounidense hacia Asia han convertido a India –la mayor democracia del mundo y una economía con un potencial casi infinito– en una especie de premio mayor. Así, Nueva Delhi se encuentra ante una situación fascinante en la que sus necesidades económicas se ven balanceadas por su atractivo geopolítico. Los indios saben que son la niña más linda del baile y, como demuestra el septiembre de Modi, están dispuestos a sacarle todo el provecho posible.

Quizás el elemento más sobresaliente de la estrategia india es su enfoque eminentemente asiático. Por una mezcla de motivos estructurales –el desencanto con las instituciones occidentales tras la crisis de 2008–, políticos –la identificación del (ahora opositor) Partido del Congreso con dichas instituciones–, ideológicos –un fuerte nacionalismo hindú– y personales –el trato recibido tras las matanzas de 2002–, Narendra Modi parece mucho más inclinado a mirar hacia el este que ningún líder indio anterior. “Si el siglo XXI es el siglo asiático, entonces la dirección que tome Asia determinará el destino del mundo”, dijo durante su visita a Tokyo.

El dragón y el elefante

Aquí, naturalmente, es donde entra el dragón. Por mucha cordialidad que haya entre Delhi y Tokyo, Modi y compañía saben que ningún país en Asia –ni en el mundo, de hecho– puede igualar lo que China puede ofrecerles.

Las grandes ganancias, por supuesto, solo se obtienen tomando grandes riesgos. Y como no podía ser de otra forma entre dos países que juntos poseen el 40% de la población mundial, la relación entre indios y chinos es una de las más complicadas del mundo, mezcla de sueños atrevidos –por el incomparable potencial– y amargas decepciones. De hecho, es apenas la tercera vez que un Presidente chino cruza los Himalayas para visitar al más poblado de sus vecinos.

El desalentador pasado, sin embargo, no ha logrado ocultar una relación comercial que ya asciende a 70 mil millones anuales ni, sobre todo, el optimismo que generan los encuentros entre los actuales líderes de uno y otro país. La elección de Modi, con su perfil de líder carismático, orientado al desarrollo económico y alérgico a la burocracia –que, además, visitó China cinco veces como ministro jefe de Gujarat–, fue celebrada en China como algo histórico, al punto de llamarlo “el Nixon indio”. La visita de Xi, además, coincidió con el cumpleaños de Modi, que recibió públicamente al Presidente chino y a su esposa –algo que no sucedía desde 1962– en Ahmedabad, la ciudad más importante de Gujarat.

Además de la considerable química entre ambos, Xi y Modi comparten la visión del multilateralismo y la necesidad de reducir el monopolio occidental –léase estadounidense– sobre la arquitectura internacional. Así, ambos son grandes valedores del grupo de potencias emergentes Brics –Brasil, Rusia, India, China y Suráfrica– y, entre otras cosas, durante la visita de Xi a India se anunció el comienzo del proceso de membresía india en la Organización de Cooperación de Shangai.

Frente a estas señales positivas, Modi y Xi tendrán que trabajar mucho para hacer frente a los dos grandes obstáculos que los han separado por más de 50 años. El primero es un creciente desbalance comercial a favor de China, que ha pasado de mil millones en 2001-02 a casi 35 mil millones de dólares en 2013-14.

La resolución de este problema luce sencilla en comparación con la verdadera disputa, que es fronteriza. Básicamente, desde que en 1959 Nueva Delhi decidiera acoger al dalái-lama junto a cientos de miles de refugiados tibetanos, la frontera entre chinos e indios ha sido un territorio tenso. Ambos fueron a la guerra en 1962 –ganada por China–, y desde entonces no han podido avanzar.

Ambos reclaman territorio controlado por el otro –el estado indio de Arunachal Pradesh y la región china de Aksai Chin– y, aunque en el último medio siglo se han hecho importantes intentos de resolución, el tema se ha convertido en una cuestión de orgullo nacional. Increíblemente, llegó a haber incluso un incidente durante la visita de Xi, lo que provocó la movilización de tropas de ambos lados y ensombreció las horas finales del Presidente chino en India.

Con esto de fondo, para muchos la visita china fue una ocasión perdida más. Los 12 acuerdos firmados y los 20 mil millones de dólares de inversión prometidos por Beijing en el próximo quinquenio saben a poco a la luz de lo obtenido por Modi en Japón y, sobre todo, de las expectativas que se habían creado (el cónsul chino en Mumbai llegó a hablar de 100 mil millones).

La estrategia china

Los resultados del último encuentro Modi-Xi, sin embargo, deben ser contextualizados. Para empezar, el total de la inversión china en India entre 2000 y 2014 fue de apenas 410 millones de dólares. En segundo lugar, la cuestión fronteriza impide compromisos mayores hasta que no se llegue a una resolución satisfactoria (ambos países, por cierto, ya acordaron retirar las tropas recientemente movilizadas). Por último, la notoria burocracia y corrupción del Estado indio –algo que Modi ha prometido eliminar– siguen lastrando la reputación del país como destino de inversión.

Pero para comprender la trascendencia de la relación China-India en la actualidad es necesario considerar la estrategia de Beijing ante sus desafíos geopolíticos. Dentro de ella hay tres factores que son relevantes en el contexto indio.

El primero es el “pivoteo” chino hacia Asia del sur, provocado por el ídem estadounidense hacia Asia –y su próxima retirada de Afganistán–, el aumento de tensiones en la región Asia-Pacífico y el imperativo geopolítico chino de desarrollar su interior.

A continuación están las llamadas “rutas de la seda” que forman parte fundamental del objetivo chino de integración euroasiática. Una de ellas, la llamada “ruta marítima de la seda”, conectará los océanos Índico y Pacífico a través del llamado corredor econó-mico China-Myanmar-Bangladesh-India.

Finalmente, los chinos son perfectamente conscientes de que su ascenso los coloca en competencia directa por influencia con EU. Así, cada país intentará triangular de la mejor manera posible la relación con los dos gigantes. En este sentido, el cálculo chino es obvio: compitiendo directamente con Washington y Tokyo –y ante la creciente irrelevancia estratégica de Pakistán para Beijing–, Delhi es un activo demasiado valioso para dejarlo pasar.

El punto de quiebre

Al unir todos estos puntos, no es difícil entender por qué –más allá de datos puntuales– la mejora de relaciones con India es parte central de la geoestrategia china. Lo mismo podría decirse en el caso de rusos, estadounidenses, japoneses, y así sucesivamente. El valor geopolítico de India aumenta proporcionalmente a la multipolaridad del mundo.

Aquí, sin embargo, es posible que muchas potencias estén cometiendo un error de cálculo gravísimo con el elefante indio. En palabras del analista Francesco Sisci, “el tamaño, historia y población de India aumentan su deseo de ser más que un títere en manos de otros para contener a China”. Y esto, añadió, “debería demostrarle a China que India es mucho más que un peón en una estrategia”.

En pocas palabras, y por más necesidades que tenga, India se ve a sí misma a la altura de las potencias más importantes del mundo. Y Modi, como notó el académico Harsh V. Pant, parece estar actuando en consecuencia. La “diplomacia energética” de sus primeros meses parece estar “aumentando el espacio estratégico del país”, demostrándole a japoneses, chinos y estadounidenses que “a India no le faltan opciones”.

O, como escribió el exdiplomático indio M. K. Bhadrakumar, “Modi ha redefinido la autonomía estratégica de la India”.

Desde ese punto de vista, el gran desafío del primer ministro será la mejora sustancial de la relación con China. Las decisiones serán extremadamente difíciles –sobre todo de cara al público– pero, como han apuntado varios analistas, “si hay alguien que lo puede hacer es él”. Por lo pronto, su lectura ha sido impecable: en el peor de los casos, chinos e indios parecen dispuestos a garantizar una tranquilidad que permita el avance de sus relaciones comerciales.

A partir de ahí, el cielo es el límite y vuelven a aparecer los sueños que llevan siendo soñados desde los tiempos de Mao y Nehru. Si el dragón y el elefante intensifican su relación, escribió Bhadrakumar, “se irán dando cuenta de todos los intereses que tienen en común”.

Y si esto resulta en una reducción de la distancia económica entre ambos, apuntó Sisci, “tendríamos no solo uno sino dos hiperestados demográficos, con ambiciones globales, desafiando al orden mundial”.

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