ESTADOS UNIDOS, IRÁN Y EL PROGRAMA NUCLEAR

Entre la política y la geopolítica

La gran pregunta es si los próximos meses serán suficientes para que Washington y Teherán logren armonizar sus objetivos geoestratégicos con los intereses políticos que intentarán torpedear el acuerdo.

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Hace poco menos de una semana, una de las fechas más cruciales del año llegó y se fue sin pena ni gloria. El 24 de noviembre, los representantes de Irán y el llamado P5+1 –los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania– anunciaron desde Viena que no habían podido alcanzar un acuerdo sobre el programa nuclear de la nación persa, y que se autoconcedían una extensión de siete meses para hacerlo.

Ninguno de los cancilleres presentes explicó por qué creían que el tiempo adicional resolvería lo hasta ahora irresoluble. Pero John Kerry, secretario de Estado estadounidense, aclaró que “sería una estupidez abandonar las negociaciones”. A pesar de todo, en la capital austríaca se acordó una segunda extensión del Plan Conjunto de Acción (PCA), por el que Teherán reduce su actividad nuclear a cambio de una disminución en la presión económica por parte de Washington y aliados. Las partes se volverán a reunir en diciembre –en Viena o en Muscat, capital de Omán– con el objetivo de alcanzar un entendimiento para marzo y un acuerdo completo para el primer día de julio. Mientras, la República Islámica (RI) tendrá acceso a 700 millones de dólares mensuales en capital congelado en el extranjero.

Como toda negociación de ese nivel, las de Irán con el P5+1 están rodeadas de un altísimo nivel de secretismo. Los analistas más enterados, sin embargo, creen que las posiciones de las partes –Irán y Estados Unidos (EU)– en realidad siguen muy alejadas en cuanto a la forma final del programa nuclear iraní (cantidad y clase de centrifugadoras permitidas y otros detalles técnicos), la duración del acuerdo (la RI quiere 5 años; EU, más de 10) y el ritmo al que se levantarían las sanciones –de EU, la ONU y la Unión Europea– que pesan sobre la economía persa (para Teherán debe inmediatamente; Washington busca un proceso gradual). Desde ese punto de vista, es difícil imaginar cómo los próximos siete meses podrían cambiar la situación de manera tan radical.

Y sin embargo, eso es exactamente lo que transmitieron John Kerry y su homólogo persa, Javad Zarif, el lunes pasado en Viena. Ambos diplomáticos intercambiaron elogios y mostraron un optimismo que parecería infundado si nuestro análisis se ciñese exclusivamente a los pormenores de las negociaciones. Un vistazo más profundo, sin embargo, revela que ambos hombres –y sus respectivas naciones– están involucrados en uno de los ejercicios más fascinantes –y más complicados– de las relaciones internacionales: la armonización de política y geopolítica.

La política: Washington

En muchas maneras, John Kerry y Javad Zarif representan a la perfección el desafío de estas negociaciones. Las últimas semanas, reza un análisis del New York Times, se puso de relieve que “si el acuerdo dependiera de Kerry, Zarif y sus respectivos equipos, ya se habría alcanzado”. Al final, sin embargo, “ambos estaban limitados por políticos radicales en casa”.

Aquí llegamos a la parte política del asunto. En EU, el primer enemigo será el nuevo Congreso. Una porción importante de la clase política estadounidense se ha opuesto desde siempre a cualquier tipo de acercamiento con la RI. Este sector es en su mayoría republicano, pero incluye también a ciertos demócratas. En todo caso, los opositores sumaron nueve escaños en el Senado en las elecciones del 4 de noviembre, y a partir del 3 de enero próximo controlarán las dos cámaras del Congreso.

Para todos los entendidos, es prácticamente un hecho que el nuevo Congreso aprobará nuevas sanciones –violando el PCA– y otras medidas que le den más control en caso de haber un acuerdo con los persas. Obama, por supuesto, puede vetarlo todo (y lo hará), pero incluso se especula que el sector antiiraní podría alcanzar una mayoría suficiente para invalidar el veto presidencial. Al fin y al cabo, un sector considerable del Partido Demócrata mantiene relaciones estrechísimas con el lobby israelí en Washington, y tanto este como el Gobierno israelí han dejado clara su oposición frontal a cualquier acuerdo que no incluya el desmantelamiento completo del programa iraní (algo que ya ni siquiera se contempla).

La política: Teherán

Los iraníes, por su parte, se enfrentan a un escenario distinto pero no menos complicado. La extensión ha sido bienvenida casi con unanimidad: para los que apoyan a Rouhani, la RI continúa transitando un camino constructivo que, poco a poco, está aliviando la presión económica que ha afectado profundamente al país. Para los que se oponen a las negociaciones, la extensión demuestra que Irán no está cediendo ante el archienemigo y que –sobre todo– no ha perdido nada, pues la infraestructura nuclear sigue intacta.

Irán, por supuesto, tiene sus propios políticos radicales. Pero la naturaleza de su sistema hace que el principal escollo para Rouhani y Zarif no sea el Parlamento o cualquier otra institución sino un solo hombre: el ayatolá Ali Khamenei, líder supremo de la RI.

En ese escenario, es importante tener claro no solo lo que piensa Khamenei sino a quién escucha. Con respecto a lo último, se cree que la Guardia Revolucionaria Islámica (GRI) goza de un lugar particularmente privilegiado. Su comandante, el general Mohammad Ali Jafari, ha criticado repetidamente el proceso de negociaciones y a algunos miembros del P5+1. En un discurso el pasado miércoles, declaró que lo ocurrido en Viena “demostró que EU no es confiable”.

Pero la hostilidad de una institución tan crucial como la GRI palidece en comparación con las propias convicciones de Khamenei: en numerosas ocasiones, el líder supremo ha emparejado el asunto nuclear con la dignidad y soberanía de la nación iraní. El ayatolá en otras palabras, no renunciará a ninguno de los derechos de la RI bajo la ley internacional, ni aceptará ninguna concesión que signifique inclinarse a los dictámenes estadounidenses. Como le dijo un experto iraní al periodista Pepe Escobar, “el jefe no le permitirá [a Rouhani] alcanzar un acuerdo a expensas de los derechos económicos, culturales y de seguridad nacional” de Irán.

La actitud de Khamenei contrasta fuertemente con el daño que le han hecho las sanciones a la economía iraní, mutilando sus ingresos petroleros en 60%, haciendo colapsar su moneda, aislándolo casi completamente del sistema financiero internacional y reduciendo progresivamente su capacidad de recuperación, especialmente en la actual depresión de los precios del crudo.

Pero las ideas del líder supremo no solo lucen inamovibles, sino que además parecen estar apoyadas por la ciudadanía: a principios de 2013, cuando una encuesta de Gallup preguntó a los iraníes si valía la pena continuar con el programa nuclear, el 63% de los encuestados respondió afirmativamente. Ante esto, aquellos que confían en que “el tiempo está del lado estadounidense” harían bien en revisar sus predicciones.

La geopolítica regional

Pero hay más. En un reciente artículo de opinión en el Wall Street Journal (WSJ), el analista Karim Sadjadpour lanzaba la idea de que Khamenei probablemente opera sobre el supuesto de que Obama no quiere otra guerra en Oriente Medio. En otras palabras, que EU no atacará a Irán. Su observación es tremendamente significativa, pues da a entender –y más en un medio como el WSJ– que las negociaciones realmente no son sobre el tema nuclear sino sobre algo más.

A decir verdad, el verdadero significado de las negociaciones ha sido siempre fácil de deducir. Para empezar, los iraníes han repetido ad infinítum que no buscan un arma nuclear, algo que la inteligencia estadounidense ha corroborado más de una vez.

Aunque lo quisieran, la enorme distancia que existe entre el enriquecimiento de uranio y la obtención de un arma nuclear operacional hace que Irán no sea una potencia nuclear inminente. Finalmente están las señales de Viena: situaciones que antes serían motivos de crisis, llenas de amenazas y ansiedad, son manejadas ahora con naturalidad, sonrisas y elogios. EU e Irán han demostrado, ante todo y sobre todo, un interés en continuar dialogando hasta llegar a un acuerdo. Y esto, por supuesto, se debe a que las negociaciones nucleares son el medio para formalizar el acuerdo de verdad, que ya está pactado y sellado: la normalización de una relación que pasó 35 años completamente rota.

Es aquí donde pasamos de la política a la geopolítica. La realidad estratégica de Oriente Medio ha hecho que los intereses estadounidenses y persas hayan ido coincidiendo en los últimos años. El contexto inmediato está determinado por la irrupción del Estado Islámico (EI). Al contexto de fondo lo marca la necesidad estadounidense de salir de la región para concentrarse en otras áreas del planeta, concretamente en la región comprendida entre India y Japón. Y como circunstancia común, y testamento de la relevancia de las decisiones humanas, está la destrucción del Estado iraquí en 2003.

Vayamos por partes. La emergencia del Estado Islámico supone la confirmación de que Irak ya no existe como ente políticamente coherente. Ante esto, los intereses persas y estadounidenses convergen: Teherán necesita un gobierno amigable en Bagdad y el control del sur (chiita) de Irak. Washington necesita estabilidad en la capital iraquí y un Kurdistán proestadounidense.

Sin puntos de fricción, no es de extrañar la cantidad de reportes que hablan de una creciente cooperación militar entre ambos países contra el EI. En este sentido, es posible que el general Qassem Suleimani –principal oficial iraní en la guerra contra el EI– esté haciendo más por el acercamiento persa-estadounidense que nadie en Viena o Muscat.

Todo esto pone en aprietos a saudíes –enemigos regionales de los persas– y turcos. Los primeros, que han patrocinado por décadas la ideología que produjo al EI, se encuentran entre la espada y la pared: si luchan contra el EI, ayudan a Irán; y si lo apoyan, también: al fin y al cabo, es la existencia del EI lo que ha terminado de alinear a Washington y Teherán, sin mencionar que el EI ha amenazado directamente al reino saudí.

Los turcos, por su parte, están en una posición incómoda: siendo miembros de la OTAN, se rehúsan a entrar completamente a la guerra contra el EI sin que se cumplan ciertas condiciones, entre las que figura el derrocamiento de Assad en Damasco. Eso, sin embargo, es una línea roja iraní. Y como Teherán tiene más para ofrecerle a Washington que Ankara, 35 años de hielo continúan derritiéndose.

Mirando con luces largas

La irrupción del EI ha sido, en todo caso, un catalizador de una dinámica que ya llevaba tiempo adivinándose. Desde el punto de vista estadounidense, el Gran Medio Oriente tiene tres ejes que deben ser balanceados: el árabe-israelí, el persa-iraquí y el indo-pakistaní. En la actualidad, los tres se encuentran profundamente desbalanceados: los Estados árabes ya no representan una amenaza para un Israel cada vez más agresivo, y las guerras de Bush terminaron de encender la región: Afganistán alteró profundamente el balance de poder en el sur de Asia y la destrucción del Estado iraquí –y posterior retirada estadounidense– desencadenó el poder iraní. Sin soluciones para el tema árabe-israelí, Washington tiene claro que debe salir de Afganistán lo antes posible.

Pero, ¿qué hacer con Irán? Desde el punto de vista estratégico, la situación es sencilla: la RI no tiene la capacidad de dominar la región, pero sí de hacer mucho daño –desde la desestabilización regional hasta el bloqueo del estrecho de Ormuz– si se le lleva al límite. Con Irak en ruinas, EU solo podría contener esto sacrificando sus objetivos geopolíticos, y con un costo económico, político y social inaceptable.

Perfectamente conscientes de esto, en la Casa Blanca parecen haber comprendido que, como Roosevelt con la URSS y Nixon con China, Obama debe llegar a un entendimiento con Irán. Ni los 8 millones de israelíes ni los 70 millones de habitantes de la península arábiga –la misma población que Irán– tienen la capacidad de contener a Teherán y, mucho menos, de oponerse a un acuerdo. Turquía, el único Estado capaz de balancear el poder iraní en la región, aún no está listo para liderar al mundo árabe –la historia pesa– y proyectar poder en el golfo Pérsico.

La geopolítica es clara. Pero, ¿cómo se implementan estas decisiones? Aquí es donde los detalles entran en juego, donde la política se vuelve más importante que la geopolítica. La gran pregunta es si los próximos meses serán suficientes para que los Obama, Rouhani, Kerry y Zarif logren alinear los intereses geoestratégicos de sus naciones con los intereses partidarios, personales e incluso extranjeros –en el caso estadounidense– que intentarán torpedear el acuerdo a como dé lugar.

Al final del camino, sin embargo, nos encontramos con las mismas cuestiones que definirán el futuro del mundo en las próximas décadas. Teherán sabe lo que quiere: mantener su programa nuclear de acuerdo a la ley internacional y la eliminación de sanciones. Pero, ¿qué quiere Washington? Aún cediendo en sus pretensiones, resolver el tema iraní para salir de Oriente Medio y llevar la batalla a las puertas de Rusia y China no parece una estrategia sólida ni sostenible. Sobre todo porque los persas llevan años trabajando estrechamente con Moscú y Beijing para cuando eso suceda.

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