jakub j. grygiel, académico estadounidense

´Los políticos no deben vivir en un mundo de ideales´

A partir de ahora, la línea que separa a Rusia de Occidente será mucho más clara. ¿Dónde se establecerá esa línea? De eso se trata la crisis en Ucrania.

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Si uno le pregunta a Google qué leer sobre geopolítica (what to read on geopolitics, en inglés), el primer resultado será un artículo de la afamada revista Foreign Affairs listando una serie de libros esenciales en la materia. Y tras los tres pilares del entendimiento geopolítico estadounidense (los magnum opus de A.T. Mahan, Halford Mackinder y Nicholas Spykman), nos encontraremos con Great Powers and Geopolitical Change, escrito por Jakub J. Grygiel.

En su libro, Grygiel –que es profesor asociado en la Escuela Paul H. Nitze de Estudios Internacionales Avanzados en la Universidad Johns Hopkins (Washington D.C.)– analiza tres casos históricos –Venecia entre 1000 y 1600; el Imperio Otomano entre 1300 y 1699; y la China Ming entre 1364 y 1644– para argumentar que existe una relación directamente proporcional entre el éxito de una nación y la lectura correcta de sus condiciones geopolíticas.

En esta entrevista, realizada vía telefónica, Grygiel profundiza en estos conceptos y, a la vez, los utiliza para analizar los principales ejes sobre los que se mueve el escenario mundial.

¿Cuál es la relación entre los ideales, como la ley internacional o la democracia, y las realidades de la geografía?

Tu posición geográfica es donde se desarrolla tu acción y donde ocurren tus decisiones. Por ende, siempre debe ser tomada en consideración. Los principios de la democracia y la ley internacional son cosas importantes, pero no ocurren en un mundo abstracto o virtual. Ocurren aquí y ahora. Y no se puede llevar a cabo una política exterior, o cualquier tipo de política, con la mente enfocada en lo abstracto sino con un sentido claro de las realidades prácticas, entre las cuales destaca la geografía.

Es cuestión de encontrar la manera de actuar en un ambiente específico. Los políticos no viven ni deben vivir en un mundo abstracto de leyes internacionales o democracia: deben aplicar esos principios a circunstancias que son y serán definidas, al menos en parte, por la geografía.

¿Cómo ha evolucionado el rol de la geografía dentro de las relaciones internacionales en las últimas décadas?

Creo que se ha menospreciado a la geografía como un factor en las relaciones internacionales por dos motivos: el primero es la globalización, entendida como un aumento en la interacción entre estados, especialmente en el área económica. Eso suele verse como algo separado de cualquier límite geográfico porque el mercado, según se cree, no tiene límites geográficos y, si los tiene, estos pueden ser tasados comercialmente.

El segundo factor ha sido el avance de la tecnología, particularmente en el área de las comunicaciones. Puedes viajar de Panamá a Washington en cuestión de horas, y aunque hay distancia, la mayoría de los límites geográficos y/o geológicos son reducidos drásticamente. El resultado es que vemos las relaciones internacionales como un área influenciada y moldeada por la tecnología y la globalización, y no por la geografía.

¿Cómo afectó en esto el fin de la Guerra Fría? ¿Fue un conflicto ideológico o geopolítico?

Fue una batalla entre ideologías opuestas pero siempre tuvo una connotación geográfica. Piensa en la política de contención, incluso en la forma enunciada por [el diplomático estadounidense] George Kennan. Esa política tenía como objetivo el control de ciertas áreas del mundo con capacidad económica-industrial. Y esas áreas estaban bien definidas en términos geográficos: Europa, el lejano Oriente, etc.

La Guerra Fría siempre se entendió como una batalla geopolítica. Lo que sucedió en 1989 fue que muchos entendieron el fin de la Guerra Fría como el fin de las batallas geopolíticas en general. Eso fue un gran error, porque no solo la Guerra Fría fue librada geopolíticamente, ¡es que todos los conflictos a nivel internacional son librados de esa manera! Los últimos años, especialmente los últimos meses, lo han demostrado con cada vez mayor claridad: los conflictos son sobre regiones específicas y se libran sobre límites específicos. Los eventos en Ucrania son un vivo recordatorio de que la geopolítica no ha desaparecido.

Antes de entrar en eso, ¿cómo influyó la imagen del ejército estadounidense como una fuerza omnipotente, forjada entre 1989 y 1991?

Fue principalmente la Guerra del Golfo la que dejó esa impresión del ejército estadounidense, que en cierta manera era la impresión acertada.

Ahora, no creo que hiciera pensar a los militares que la geografía no importaba. Creo que el impacto, más bien, fue hacer pensar a EU que la herramienta militar era relativamente fácil de usar, efectiva y exitosamente. Mientras que los militares siempre estuvieron conscientes de las limitaciones de la geografía, los políticos y analistas entendieron lo contrario.

¿No cree que esa opinión entre políticos y analistas favorecía al discurso de EU como superpotencia democrática?

Sí, creo que es el resultado de la creencia de que ciertos principios ideológicos son universales y, en consecuencia, pueden ser difundidos automáticamente. Se creyó, de hecho, que ni siquiera se necesitaba ejercer mucho poder para propagarlos, como sucedió en Europa Central al final de la Guerra Fría. No hizo falta proyectar poder para convertir a esas sociedades en democracias de libre mercado.

Afganistán e Irak fueron distintos. Fueron, en realidad, un balde de agua fría con respecto a esa idea. Así que, si los ideales no se propagaban automáticamente, había que hacer algo al respecto, que en este caso fue la proyección de poder militar. Y eso trae sus propios problemas. Pero todo eso va en contra de la creencia de 1989 de que las ideologías “buenas” se difunden automáticamente.

¿Cuál es el significado de Ucrania en este contexto?

Bueno, en primer lugar es un vivo recordatorio de que no se pueden propagar ciertos principios políticos y económicos sin el respaldo de la fuerza. Creo que hubo un gran error, particularmente de parte de la Unión Europea (UE), que pensó que podía extender su influencia y sus principios simplemente convenciendo a la población.

Y no es suficiente. Los ucranianos querían aceptar esos principios pero, obviamente, las autoridades rusas y [el presidente] Vladimir Putin decidieron otra cosa. Usaron su poder militar, y contra eso la atracción ideológica no es suficiente.

En Ucrania vimos el choque entre dos creencias: la primera es que la fuerza importa, que es la creencia rusa. Y la segunda es la creencia de que los principios sociales y económicos “buenos” serán aceptados automáticamente y todo saldría bien. Obviamente, eso no sucedió.

El segundo aspecto de Ucrania tiene que ver con la geografía y la geopolítica, que importan sobremanera por distintos motivos. El primero es que es un área cercana a Rusia, donde el Kremlin pudo ejercer su poder rápida y efectivamente, sin posibilidad de respuesta, no solo de parte de Ucrania sino de la UE y la OTAN.

Luego, en menor medida, es también una región aislada del ámbito marítimo, que es realmente el área de influencia estadounidense. Controlamos los océanos del mundo, sí, pero es más difícil controlar mares como el Mar Negro. Si hubiera sido a lo largo del Atlántico, donde nuestro poder es fácilmente proyectable, la historia sería distinta.

¿Cree que Rusia está ejecutando una geoestrategia sólida ahora mismo?

Depende del punto de vista. Desde nuestra perspectiva [estadounidense], es increíblemente peligrosa y va en contra de nuestros intereses. Pero si lo definimos como el uso de los medios apropiados para conseguir objetivos específicos y claramente delineados, entonces creo que sí.

Rusia tiene objetivos claros, a nivel local y global. A nivel local su objetivo es restaurar su influencia en las antiguas repúblicas soviéticas. Y el objetivo global es alterar fundamentalmente el orden establecido desde 1991, un orden basado, al menos parcialmente, en el respeto a la soberanía y en el principio de que la guerra no debe usarse para modificar fronteras o sistemas políticos y económicos.

En Ucrania, los rusos han actuado de acuerdo a estos objetivos. ¿Han usado los medios apropiados para ello? Totalmente. Desde la guerra de Georgia [2008] llevan modernizando su ejército, convirtiéndolo en una fuerza muy distinta de la que solía ser. Y han usado esa fuerza militar con objetivos tácticos claros: librar guerras pequeñas, rápidas y limitadas, presentándole escenarios nuevos a sus enemigos en cuestión de 24 horas o menos. De esta manera, fuerzan a Occidente a decidir: o aceptan los nuevos escenarios o los intentan alterar, algo imposible a menos que estés dispuesto a enviar a tu ejército.

¿Qué tal lo está haciendo EU desde ese punto de vista?

No tenemos objetivos bien definidos. Tenemos objetivos que cambian en función del comportamiento ruso. También tenemos cierta reticencia a utilizar ciertos medios que podrían ser necesarios para conseguir nuestros objetivos, concretamente la fuerza militar. No estoy proponiendo la guerra sino, por ejemplo, un aumento en la credibilidad y el compromiso de las fuerzas estadounidenses en Europa, particularmente en Europa del Este. Creo que debimos considerar la ayuda militar a Ucrania, no en términos de tropas pero sí de material. Así que tampoco hemos usado los medios disponibles para conseguir nuestros objetivos, en parte, también, porque esos objetivos cambian constantemente.

Finalmente, en los últimos años –no solo en esta administración sino en la anterior– ha existido la creencia de que debemos movernos hacia Asia. Esa idea descansa sobre la hipótesis –errada– de que Europa es una historia de éxito, que ya no hay que seguir dedicándole recursos y atención y que podemos concentrarnos en Asia. Bueno, la realidad es otra. Ahora Europa sufre de inestabilidad en su frontera oriental. Eso significa que, a menos que estemos dispuesto a desentendernos, vamos a tener que dedicarle recursos a esa región, algo que no formaba parte de nuestros planes hace un año.

¿Estamos entrando en una nueva etapa, con un mundo más multipolar?

Siempre hemos vivido en un mundo más o menos multipolar. Creo también que en algún momento se exageró el poder estadounidense, que nunca ha sido el único capaz de hacer cosas a nivel regional. Por eso, no creo que sea un cambio tan dramático en general.

Lo que sí es dramático es que está cada vez más claro que Rusia no está interesada en la cooperación con Occidente, que tiene una serie de objetivos revisionistas y que está actuando para conseguirlos. Estamos entrando a una nueva etapa en el sentido de que Rusia ya no esconde sus objetivos. Será una etapa caracterizada por mayores tensiones y una línea mucho más clara separando a Occidente de Rusia. ¿Dónde se establecerá esa línea? De eso se trata la crisis en Ucrania. Pero la línea será trazada tarde o temprano.

¿Cómo encaja el cambio climático en este panorama?

Creo que se está exagerando un poquito con este tema en cuanto a sus implicaciones de seguridad. Al final del día lo que importa es la habilidad de proyectar poder a regiones distantes, y no estoy seguro cómo el cambio climático podría afectar eso.

En segundo lugar, creo que existe un peligro en creer que el cambio climático traerá mayor cooperación. Hay gente que cree que porque es un problema global entonces todos tenemos el mismo interés en resolverlo. Creo que no es así: probablemente será una fuente de más conflictos, y aumentará aún más la importancia de la geopolítica. Quien tenga agua o acceso a recursos naturales importará más y más.

¿Qué rol jugarán las armas nucleares en este mundo?

Bueno, por un lado son un elemento de peligro. Pero, ya que están aquí para quedarse, es mejor tenerlas por su efecto disuasorio. Hay que reconocer que no vamos a tener un mundo libre de armas nucleares. Simplemente no es posible. Y si ese es el caso, la mejor manera de disuadir a una potencia nuclear es teniendo tus propias armas nucleares. Es muy sencillo.

Eso no quiere decir que estoy a favor de la guerra nuclear, pero sí de que [los estadounidenses] debemos estar preparados para pelear una en caso de que hubiese una amenaza nuclear, como podría suceder con Rusia, China, Corea del Norte, Pakistán o incluso Irán. Tienes al menos cuatro potencias que son enemigos o rivales. Obviamente es un gran peligro, así que lo mejor es tener las capacidades y procedimientos claros respecto a su uso en caso de que explotase una guerra.

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