ESTADOS UNIDOS, PARALIZADO POR DISPUTAS INTERNAS

La potencia disfuncional

Los políticos estadounidenses pelean por principios como el rol del Estado en el cuidado de la salud. Pero para el resto, están jugando a la ruleta rusa con la economía y el sistema internacional.

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“Dios –dijo Otto Von Bismarck– tiene una providencia especial para los tontos, los borrachos y Estados Unidos de América (EU)”. La frase del estadista prusiano resume como pocas lo que siente un observador externo ante la pelea política que ha paralizado por casi dos semanas al gobierno federal estadounidense y que ahora amenaza con hacer que el gigante norteamericano incumpla sus obligaciones fiscales por primera vez desde 1790.

La parálisis, en principio, no es una cosa mala en política. De hecho, los sistemas democráticos más sofisticados del mundo están diseñados para pasar la mayor parte del tiempo en un punto muerto. En general, esta idea tiene su raíz en el difícil equilibrio entre un sistema político liberal y la estabilidad necesaria para el desarrollo de cualquier sociedad humana. En el caso de EU, además, hay que agregar una cierta desconfianza por el Estado y una idealización de la libertad ciudadana atribuida a los “padres fundadores” del país. Mientras más pequeño sea y menos influencia tenga el Gobierno, creían los Franklin, Jefferson y compañía, mejor irán las cosas.

Disputas paralizantes

Las intenciones de los próceres estadounidenses son fundamentales por dos motivos. Para empezar, los cimientos ideológicos del país –o más bien la interpretación de estos– yacen en el corazón del impasse actual. A simple vista, el cierre del gobierno federal es poco más que una pataleta ante la aprobación de una ley de salud (la llamada Obamacare). Pero en el fondo, lo que se dirime es una batalla entre dos maneras opuestas de entender el rol del Estado en la vida ciudadana. A grandes rasgos, Obamacare representa la noción de que el Estado tiene el deber de cuidar de la salud de sus ciudadanos. Pero esta idea, pilar fundamental de la mayoría de los países desarrollados (y algunos no desarrollados), choca frontalmente con un supuesto principio del “espíritu” estadounidense: el ciudadano no solo tiene derecho a no tener seguro médico, sino que, además, la salud debe ser un tema privado y, por ende, comercializado como cualquier otro servicio.

Pero volvamos a la pataleta: si bien es verdad que, para algunos, Obamacare representa un ataque a la esencia de lo que significa ser estadounidense, tampoco es menos cierto que este tipo de batallas son normales, e incluso necesarias, en cualquier democracia.

Es aquí donde nos reencontramos con los próceres y sus intenciones: a pesar de haber diseñado un Washington en un eterno punto muerto entre la Casa Blanca y el Capitolio, es imposible negar que en los últimos años sus disputas políticas se han hecho cada vez más frecuentes y enconadas. Para muchos analistas, el Congreso no había estado tan paralizado desde el período de la reconstrucción post guerra civil, hace 150 años. Y, según señaló John Feffer en Foreign Policy in Focus, “en 2011 el Congreso aprobó la menor cantidad de leyes desde que se empezaron a contar (...), un número que ha disminuido aún más este año”. En pocas palabras, escribió George Friedman de Stratfor, lo verdaderamente significativo no es que estas disputas ocurran, “sino su creciente impacto en la capacidad de funcionamiento del gobierno”.

El ascenso de la ideología

Para entender los porqués de esta situación es necesario considerar dos cosas. La primera es estructural y tiene que ver con los efectos de una serie de reformas políticas llevadas a cabo en los años 70. En un ensayo reciente, Friedman explica cómo esas reformas, cuyo objetivo era romper las redes de patronazgo político que determinaban a los candidatos, terminaron otorgando un papel central al dinero y, un poco después, a la ideología en la política estadounidense, especialmente a nivel de senadores y representantes. Para Friedman, esas reformas son responsables de que la ideología juegue un rol exagerado en el sistema político estadounidense.

Friedman no anda muy equivocado. A medida que transcurre esta crisis se va haciendo cada vez más evidente la presencia y el poder de una facción altamente ideológica en las filas republicanas del Congreso, conocida, según se mire, como Tea Party o la “derecha cristiana radical”. Chris Hedges, un periodista que pasó dos años entre ellos escribiendo el best-seller American Fascists, habla de una ideología que “fusiona la religión cristiana con la iconografía y el lenguaje del imperialismo y nacionalismo estadounidense, además de los aspectos más crueles del capitalismo corporativo”. En un artículo reciente en Truthdig, por ejemplo, Hedges asegura que el senador Ted Cruz, cuyo padre es predicador en el “Ministerio Internacional del Fuego Purificador” en Texas, pertenece a una ideología conocida como dominionismo, que busca una nación gobernada por cristianos y con leyes basadas en la Biblia.

Más allá de los detalles ideológicos de los congresistas republicanos, es cada vez más evidente que el llamado “Gran Viejo Partido” (GOP) está dividido. La sabiduría popular dice que todo comenzó con la designación de Sarah Palin como compañera de fórmula de John McCain en la elección de 2008. Desde entonces, el ascenso político del Tea Party ha sido tan imparable como intolerantes han sido sus ideas. Al día de hoy, se considera que el GOP es más bien una coalición de moderados y extremistas, y que tarde o temprano, la verdadera confrontación no será entre demócratas y republicanos, sino entre republicanos y republicanos.

Muchos quisieran que esa confrontación ocurriera en los próximos días. En editoriales y artículos alrededor del mundo se le ha pedido a John Boehner, presidente de la Cámara de Representantes, que abandone a sus copartidarios extremistas –que “salve a su país de su partido”, según el Financial Times–, negocie con los demócratas y ayude a desbloquear la situación. Sin embargo, escribió Daniel Altman, “nada de esto sucederá porque (...) el liderazgo republicano está demasiado preocupado por su propio poder”.

El colapso democrático

Pero quizá hay una trampa. Autores como Friedman o Altman parten de la idea de que el Tea Party es un fenómeno minoritario a nivel popular que, por cuestiones del sistema político, ha obtenido una representación exagerada en Washington. De esa idea, a su vez, nace la “simple” solución de un cisma entre republicanos que, si bien sería perjudicial a corto plazo, a la larga podría devolver el poder al GOP.

Pero no todos están de acuerdo. Para algunos, hay algo mucho más profundo y preocupante, algo que le da al Tea Party su atractivo de cara a los ciudadanos. “Estos movimientos atraen (...) a aquellos desilusionados por el colapso de la democracia liberal. Y nuestra democracia liberal ha colapsado”, escribió Hedges. A su vez, Feffer establece una línea directa entre la parálisis política de EU y las protestas que se han venido dando en democracia tras democracia alrededor del mundo. “Hay una creciente percepción de que las instituciones democráticas no funcionan, que están abrumadas por medusas políticas que no tienen interés en el bien común”.

Así las cosas, la manera como se resuelva la actual crisis dirá mucho sobre cuál de estas premisas es la correcta. Porque más allá de sus enormes consecuencias inmediatas, la batalla que se libra en Washington tiene tintes simbólicos que, para muchos, pueden ser clave de cara al futuro del país. Francesco Sisci, por ejemplo, escribió en el Asia Times Online que “así como la abolición de la esclavitud era el propósito hace 150 años, ahora lo es el establecimiento de una mentalidad solidaria para con los menos afortunados”. Hedges, a su vez, cree que un paso en falso de Obama reforzaría la posición del “fascismo cristiano”, un movimiento que “solo necesita una chispa para arder en llamas. Entonces se desintegrará lo poco que queda de nuestra anémica sociedad”.

En cualquier otro país, la crisis descrita en los párrafos anteriores sería un asunto doméstico con mínimas consecuencias internacionales. Pero EU no es cualquier país, sino la única potencia global y el centro y eje del sistema económico internacional. Y en ambos aspectos –geopolítico y económico– es muy posible que el daño ya esté hecho.

Cruzando líneas rojas

Empezando por lo económico, la actual pelea en Washington es lo más parecido a un disparo en el pie que se puede imaginar. Si los políticos estadounidenses no llegan a un acuerdo para aumentar el techo de la deuda antes del jueves, EU se enfrentaría por primera vez en su historia a la incapacidad de hacer frente a compromisos económicos ya adquiridos (conocido en inglés como default), desde pagos locales hasta ídems de intereses a otros países. La situación es inédita en la historia moderna, por lo que nadie sabe a ciencia cierta lo que sucedería en esa eventualidad. Pero todos los especialistas auguran un desastre financiero sin precedentes por una sencilla razón. Las economías dependen de la confianza –de gastar, de prestar, de contratar– de los ciudadanos. Y en nuestros tiempos, la economía mundial gira en torno al dólar, cuya credibilidad, a su vez, está cimentada en la deuda pública estadounidense.

Es muy probable que EU no llegue al default. Muchos economistas, si bien han criticado el uso del techo de la deuda como arma política, han mostrado su convencimiento de que, aunque sea a última hora (como en 2011), se evitará lo peor. Sin embargo, de muchas formas eso es lo de menos. Puede que el mundo evite un desastre económico, pero el miedo está ahí. Y seguirá ahí hasta la próxima confrontación en el Congreso, cuando se vuelva a jugar a la ruleta rusa con la economía mundial. Esa incertidumbre cambia de manera definitiva las cosas globalmente. “Metiéndonos con el techo de la deuda –opinó Richard Haas, presidente del Council on Foreign Relations– estamos metiéndonos con los fundamentos de nuestra relación financiera con el resto del mundo”.

El que EU deje de ser la roca que sostiene la economía mundial puede tener consecuencias trascendentales. El debilitamiento del dólar podría terminar con su uso como principal moneda de reserva internacional, algo que sería muy perjudicial para Panamá. Pero ese proceso –que ya parece haber empezado– es solo una de las varias aristas que delinean a un declive estadounidense en el mundo. A la evidente decadencia de su imagen y el cada vez menor atractivo de su modelo político-económico, las peleas internas agregan un grado de imprevisibilidad que afectaría tanto a sus propios votantes como al resto del mundo. ¿Cómo confiar, por ejemplo, en que un acuerdo alcanzado entre Obama y los líderes iraníes sería ratificado por un Congreso como el actual?

Porque por todo lo que se quiera construir las disfunciones internas estadounidenses como folclore democrático, lo cierto es que la predictibilidad es uno de los pilares de cualquier potencia. Un mundo con un EU impredecible –o ausente, como esta semana en las cumbres asiáticas– forzaría a muchos países a buscar un plan B para garantizar sus intereses: en Asia, donde Beijing acaba de robarse el show en las cumbres de APEC y ASEAN, muchos países tendrían que escoger entre ceder ante el dragón o aumentar sus presupuestos militares (como Japón). La misma situación se daría a lo largo y ancho del planeta, perfilando un mundo multipolar que podrá ser más o menos estable que el actual, pero que seguro no dependerá tan críticamente de los rifirrafes internos de ningún país.

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