descontento a nivel MUNDIAL

Cuando los pueblos despiertan

Las masivas protestas que estremecen al mundo dejan, por ahora, más preguntas que respuestas. Sin embargo, ponen de relieve una cuestión fundamental: el instinto de rebeldía inherente a la condición humana.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito. PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.
PALABRA. Pie de foto a dos pisos AGENCIA/Credito.

La Copa Confederaciones de fútbol termina hoy. Su gran final, nada menos que en el mítico estadio Maracaná de Río de Janeiro, cierra un telón que se volverá a levantar dentro de un año, cuando Brasil reciba a las 31 mejores selecciones del planeta.

Más allá de su dimensión futbolística, la “Confecup” 2013 será recordada por su nombre alternativo: “la Copa de las manifestaciones”. Desde que la presidenta Dilma Rousseff fuera abucheada por miles de compatriotas en el partido inaugural, hasta las protestas que ocurrirán hoy en los alrededores del Maracaná, los 15 días del torneo han estado marcados por un levantamiento popular que ya se considera el más importante de la historia brasileña.

Desde el punto de vista local, las masivas protestas –que llegaron a su clímax el 20 de junio, con casi 2 millones de personas en las calles de 438 ciudades brasileñas– tienen un sinnúmero de antecedentes, causas y soluciones. Para el resto del mundo, sin embargo, la explosión social en Brasil no solo constituyó una aparente contradicción –tanto por la supuesta bonanza del país como por su histórico idilio con el fútbol– sino que desplazó de la atención global a otro alzamiento popular en otro país “modélico”, la Turquía de Recep Tayyip Erdogan.

A su vez, es posible que Brasil sea echada de los titulares por Egipto, en donde para hoy mismo se prevén las mayores manifestaciones –con mucha violencia, además– desde la “revolución” de enero/febrero de 2011, que terminó con los 30 años de dictadura de Hosni Mubarak. En aquel momento, la primavera árabe empezaba a recorrer la región, dejando protestas, enfrentamientos, revoluciones e incluso guerras civiles en una serie de países entre Marruecos y Yemen. Tan solo tres meses después, en mayo, los españoles se indignaron y, en septiembre, el movimiento Occupy Wall Street llevó la rebelión al otro lado del Atlántico, llegando a inspirar protestas en 95 ciudades de 82 países distintos.

LA REBELIÓN COMO INSTINTO

Y esas son solo las estrellas más visibles de un universo de descontento a nivel global. De Suecia a Bulgaria, de Argentina a Grecia, de India a Costa Rica y de Indonesia a Rusia, el mundo parece estar viviendo una crisis política que, aunque totalmente nueva, guarda similitudes con otros momentos históricos. Como señalaba The Economist en su última edición: “Cada protesta es iracunda a su manera, pero como en 1848, 1968 y 1989, los manifestantes tienen mucho en común”.

Las observaciones del semanario inglés resaltan lo que el mundo entero comienza a intuir: más allá de las razones específicas de tal o cual manifestación (y de las omnipresentes máscaras de Guy Fawkes), es cada vez más evidente la existencia de una línea que las une a todas. La naturaleza de esa línea es aún desconocida –Josep Fontana, historiador español, la llama “la crisis social de comienzos del siglo XXI”–, pero su entendimiento comienza con una simple pregunta: ¿Por qué se rebelan los hombres?

Desde que el mítico Prometeo desafió abiertamente a Zeus en los desiertos de Escitia, la rebelión ha sido parte integral del ser humano. “La rebelión es un instinto de la vida”, escribió el filósofo ruso Mikhail Bakunin. “El gusano mismo se rebela contra el pie que lo aplasta, y se puede decir que la energía vital y la dignidad comparativa de todo animal se mide por la intensidad del instinto de rebelión que lleva en sí”.

La reflexión de Bakunin resalta una dimensión fundamental de la rebelión en el ser humano: la dignidad. El hombre, en realidad, no se rebela porque sí: su rebelión nace, en palabras de Albert Camus, “del espectáculo de la sinrazón de una existencia injusta e incomprensible”.

Desde este punto de vista, la rebelión humana no tiene límites. En el plano espiritual, por ejemplo, Siddharta Gautama estableció hace 2 mil 500 años un camino “contra la corriente” para acabar con el sufrimiento que, según él, es inherente a la vida. En 1755, tras enterarse que un terremoto había destruido tres cuartas partes de la ciudad de Lisboa, Voltaire protestó “en nombre de la razón y el intelecto” contra “esta escandalosa negligencia de la naturaleza”.

ENTRE EL ORDEN Y LA DIGNIDAD

La naturaleza rebelde del ser humano, además, guarda una estrechísima relación con dos de sus características más definitorias. La primera es la necesidad de evitar la anarquía –entendida como un estado continuo de guerra y supervivencia– a toda costa. Una vida de anarquía, escribió Hobbes, es una vida “solitaria, pobre, desagradable, salvaje y corta”. La segunda característica fue brillantemente descrita por Aristóteles hace más de 24 siglos. “El hombre –dijo el filósofo griego– es un animal político”.

El ser humano, entonces, hace arreglos políticos que le permitan una vida estable en comunidad. Sea por necesidad o porque simplemente es parte de su naturaleza, lo importante es que los hace; y, sobre todo, que al hacerlos entra en una lógica perversa. Porque esos arreglos involucran, casi que por fuerza, un reparto desigual de poder y autoridad. “Aunque a todos nos guste la igualdad –escribió Robert D. Kaplan– lo cierto es que la dominación de cualquier tipo, tiránica o no, tiene más posibilidades de prevenir la guerra que un sistema en el que nadie es el jefe”. Por eso, como apuntó Kenneth Waltz, “lo contrario de anarquía no es estabilidad sino jerarquía”. En otras palabras, el Estado, y las estructuras jerárquicas que lo componen –desde las monarquías más absolutas hasta las democracias más liberales– son males necesarios, porque a fin de cuentas, dice un proverbio árabe, “el mundo puede vivir con tiranía, pero no con anarquía”.

Pero esos arreglos, naturalmente, están sujetos a la necesidad humana de dignidad y, por ende, a su sentido de justicia. En consecuencia, la relación del hombre con la autoridad es una de constante tensión. En su libro El Hombre rebelde, Camus escribe que “el objetivo del rebelde es defender lo que es”: defender su dignidad y, con ella, su propia naturaleza humana. Por eso, para muchos filósofos –especialmente los que entienden la historia como un avance continuo– la rebeldía constituye el motor que hace girar la rueda del tiempo: desde el principio de los tiempos, todas las conquistas humanas han comenzando con una rebelión. Primero como un pensamiento en la mente de un hombre –parafraseando a Emerson– y luego extendiéndose por mentes y corazones, hasta terminar en las revoluciones que “son la clave sus eras”.

La necesidad de orden y ese “instinto de vida” que constituye la rebeldía tienden a balancearse mutuamente. Todo orden, por más virtuoso que sea, termina por desmoronarse; toda revolución, por más inspiradora que haya sido, produce una nueva jerarquía. Y el ciclo comienza de nuevo. Lo importante, pues, es comprender los contornos que definen la relación del ser humano con el poder.

LEGITIMIDAD Y NUEVO ORDEN

Para empezar, la autoridad y el poder dependen de manera crítica de la legitimidad de quien los detenta. En una reciente entrevista, el lingüista estadounidense Noam Chomsky explicaba que, para él, el anarquismo era “una tendencia en el pensamiento humano que cuestiona las estructuras de jerarquía y dominación en la vida humana”. El anarquista, explicó, “presume que el poderoso está obligado a justificar su autoridad, y si no puede, esa autoridad debe reemplazarse con algo más libre y más justo”.

La “tendencia” señalada por Chomsky está presente en todas las sociedades. La diferencia, por supuesto, es que la legitimidad no es un concepto uniforme. Para Camus, “las rebeliones ocurren cuando las tradiciones son descartadas”, porque las tradiciones “proporcionan respuestas eternas”. En el mundo occidental, que vivió hace varios siglos un profundo proceso de descarte de tradiciones en forma de la Ilustración, la legitimidad política proviene del pueblo y, en la actualidad, es expresada en las urnas.

En otras sociedades, donde las tradiciones –o lo que George Friedman llamó “el amor por lo propio”– aún persisten, la legitimidad está determinada por lazos familiares o por voluntad divina. Este fenómeno ayuda a explicar por qué las monarquías árabes –Marruecos, Jordania y los países del golfo Pérsico– han sido relativamente inmunes a la primavera árabe, mientras que dictadores seculares como Gadafi o Ben Alí han sido víctimas de la ira popular. También explica la estabilidad y evolución política de la República Islámica de Irán, la única sociedad que ha derrocado un gobierno secular para instalar una teocracia.

En segundo lugar, el círculo de orden y rebeldía debe cerrarse. En palabras de Camus, “hasta la forma más elemental de rebelión expresa una aspiración al orden”. En consecuencia, no es suficiente con destruir un sistema: el rebelde debe tener un plan creíble para llegar a ese algo “más libre y más justo” del que hablaba Chomsky. Y no solo eso: el nuevo sistema debe tener la capacidad de proveer no solo la dignidad sino el significado que necesita toda vida humana. Desde esta óptica, no es difícil entender fenómenos como el relativamente pacífico derrumbe de la Unión Soviética o la creciente religiosidad que vive hoy la China continental. Ambos regímenes, aún con sus cultos a la personalidad de Stalin y Mao, se mostraron continuamente incapaces de reemplazar las tradiciones que intentaron destruir.

Por supuesto que no todas las rebeliones son iguales. No es lo mismo rebelarse contra una monarquía o una dictadura opresiva que contra un gobierno democrático. Así, la ola de “primaveras” que recorre el mundo ya ha derrocado muchos gobiernos autoritarios (y sin el amparo de la tradición que protege a los monarcas) –Egipto, Túnez o Libia– y amenaza seriamente al resto –de Rusia a China, y de Sudán a los stans de Asia central–.

¿EL FIN DEL FIN DE LA HISTORIA?

Para gran parte del mundo, los levantamientos populares en estos países son perfectamente normales, pues encajan en la narrativa del “fin de la historia” –“la universalización de la democracia liberal como forma final de gobierno”, en palabras de su autor, el estadounidense Francis Fukuyama– establecida desde el final de la Guerra Fría. Lo que no queda tan claro, no obstante, es el sentido de las protestas que se están dando, cada vez con mayor ímpetu, en países con tradiciones democráticas. El último en “contagiarse” ha sido Brasil, pero, como vimos, antes de los brasileños estuvieron los turcos, y antes de ellos, los españoles, griegos y otros europeos y, sí, hasta los mismísimos estadounidenses, autoproclamados “líderes del mundo libre”.

En estos casos, el origen de la protesta es, sin lugar a dudas, una crisis de representatividad –y, por ende, de legitimidad– política. En Estados Unidos y Europa el discurso ha tomado la forma del “1%”, la élite económica que, controlando la política, acapara la mayor parte de la riqueza del país y mantiene subyugado y empobrecido al 99% restante. En Turquía y Brasil, la situación es similar, con un gran porcentaje de manifestantes mostrando desprecio por los partidos políticos tradicionales.

Lo interesante, sin embargo, es que por primera vez el modelo democrático está confrontando problemas de legitimidad. La realidad que está emergiendo es inquietante pero muy clara: los ciudadanos no se sienten representados por aquellos a quienes eligieron democráticamente. La rebelión, entonces, es lógica, pero deja una pregunta obvia: ¿Cómo reemplazar el sistema actual con algo “más libre y más justo”? ¿Es posible rebelarse contra el fin de la historia?

La verdad es que nadie lo sabe. Para The Economist, “felizmente, las democracias son buenas adaptándose”. Para Josep Fontana, que identifica la desregulación del capitalismo en las últimas cuatro décadas como causante de la crisis política, “ya no sirven las antiguas fórmulas revolucionarias” y el ciudadano, el rebelde, deberá “reinventar el futuro, que es todavía un país desconocido”.

A la espera de esa reinvención, parece claro que las protestas brasileñas sucumbirán, al igual que los demás levantamientos en países democráticos, víctimas de su propia falta de propuestas. Dos cosas, no obstante, quedan claras: la primera es que, al darse cuenta de la desnudez del emperador, los rebeldes han dejado al sistema gravemente herido. Quizá de muerte.

La segunda es que, aunque muchos coincidan con Vasconcelos en que “el pueblo que pierde la fuerza necesaria para sacudirse el yugo acaba por venerarlo”, la explosión popular de Brasil –¡en pleno torneo de fútbol!– deja claro que el hombre seguirá rebelándose. Espontánea e inesperadamente. A veces para mejor y a veces para peor, pero siempre como mecanismo de autoprotección contra el poder injustificado y, sobre todo, como garantía del cambio. O incluso, como escribió Nietzsche, simplemente para sacar a los pueblos de su adormecimiento.

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Cortesía/Sinaproc

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