el papel saudí en el conflicto sirio

El reino del petróleo

Arabia Saudita, que desde hace décadas disfruta de la protección total de Estados Unidos, ha decidido pisar el acelerador de su agenda regional. Egipto y ahora Siria han sido las primeras paradas en un camino que conduce a Teherán.

“Pocos individuos alteran significativamente el curso de la historia. Aún menos son los que modifican el mapa del mundo. Y a casi nadie puede atribuírsele la creación de una nación-Estado”, escribió el indólogo estadounidense Stanley Wolpert. Sus palabras forman parte de su célebre biografía de Muhammad Ali Jinnah, el fundador de Pakistán, pero perfectamente podrían referirse a otro de los colosos de la historia reciente, el rey Abdelaziz bin Saud.

En cierto sentido, Ibn Saud –como fue conocido durante la mayor parte de su carrera– fue mucho más allá que Jinnah. En primer lugar, el Estado que fundó en 1932 lleva el nombre de su familia: Arabia Saudita. Y mientras que Pakistán se desmembró y ha pagado carísima la contradicción que lleva en el fondo de su alma –una democracia basada en religión–, el reino saudí, que nunca aspiró a cuadrar el círculo, se ha convertido en uno de los países más estables y ricos del mundo, miembro orgulloso de la “comunidad internacional” y, guste o no, la mano que mece la cuna en el mundo árabe.

Legitimidad, sucesión y petróleo

Arabia Saudita basa su estabilidad política en tres pilares fundamentales. Para empezar, está el matrimonio entre una familia real (la Casa de Saud) y un territorio extraordinario, la península arábiga. Al ser el epicentro geográfico de una religión a la que pertenece casi un cuarto de la humanidad, la península, con sus dos ciudades sagradas de La Meca y Medina, cuenta con un establishment religioso cuya bendición es garantía de legitimidad política.

A la exitosa alianza entre la Casa de Saud y el liderazgo religioso saudí se une la unidad y estabilidad de la propia familia real. Tras la muerte de Ibn Saud en 1953, el reino ha visto cómo los hijos del monarca –tuvo más de 45 con 22 esposas– han ido repartiéndose el poder y evitando las pugnas internas. El tercer pilar es, por supuesto, el oro negro. Tras el descubrimiento de grandes yacimientos de petróleo en 1938, Arabia Saudita se convirtió en el mayor productor de crudo del mundo.

Las tres ruedas del triciclo saudí se refuerzan mutuamente para definir su realidad: la posesión de los sitios más sagrados del islam, además de legitimidad –el rey saudí ostenta el título de Guardián de los Santos Lugares– le da a la familia real inmunidad ante cualquier intento extranjero de controlar directamente su petróleo (invadir la península arábiga es declararle la guerra a más de mil millones de musulmanes). Esto, a su vez, convierte la supervivencia del régimen en un imperativo geopolítico internacional, reforzando los objetivos y agendas de sus élites políticas y religiosas. Así, Arabia Saudita se define como un país en el que la monarquía patrocina el conservadurismo/extremismo religioso y el clero hace lo mismo con el sistema monárquico, todo sostenido por una inmensa riqueza y, por supuesto, el beneplácito de la mayor parte del mundo.

El orgullo de Maquiavelo

Saber lo que el reino saudí es, además, nos permite deducir lo que percibe como amenazas. Su carácter religioso le hace un enemigo natural de cualquier sistema político secular y/o “hereje”. Su ídem monárquico lo convierte en oponente de la democracia (al menos en la región). Y su naturaleza petrolera lo obliga a mantener su primacía en el sector. La lista de enemigos es larga y compleja, por lo que el reino debe seleccionar qué batallas librar y cuándo hacerlo. En las últimas décadas, los saudíes se han aliado con toda clase de facciones, pero una de las pocas constantes ha sido el patrocinio a movimientos fundamentalistas y antidemocráticos, desde los mujahideen afganos –el génesis de Al Qaeda– hasta los rebeldes sirios.

Pero nadie engloba tan exhaustivamente los odios saudíes como la República Islámica de Irán. El país persa es, junto con Israel y Turquía, la nación-Estado más coherente y estable entre el Mediterráneo y el Hindu Kush, y sus condiciones geopolíticas lo convierten en una potencia regional por naturaleza. Irán, además de no ser árabe ni suní, tampoco es monárquico ni fundamentalista (comparada con los saudíes, al menos), por lo que su mera existencia –desde su riqueza petrolera hasta la teocracia semidemocrática que rige en el país desde 1979– significa una amenaza para el reino.

Las últimas ocho décadas de historia saudí pueden leerse como una obra maestra de política maquiavélica. A través de su riqueza y la alianza estratégica con Estados Unidos (EU), el reino se ha mantenido como una isla de estabilidad en medio de la región más caótica del mundo. Pero algo parece haber cambiado en los últimos dos años.

las amenazas del reino

Los problemas empiezan en casa. Los tres pilares que sostienen a la Casa de Saud están amenazados. Por el lado de la legitimidad, cada vez es más difícil controlar las ideas en la sociedad saudí. Con creciente frecuencia, las ciudades saudíes viven protestas pidiendo más libertades personales y políticas, y menos conservadurismo religioso. Este fenómeno coincide con un momento crítico en el tema de la sucesión: en las próximas décadas estará ocurriendo la transición de poder de los hijos de Ibn Saud a sus nietos, más numerosos y menos experimentados. Y encima, el pilar petrolero también vive una crisis. No es que al país se le esté acabando el petróleo, sino que su importancia relativa parece destinada a disminuir hasta la irrelevancia en las próximas décadas. El motivo principal es el desmedido consumo interno, que ha llevado al think tank británico Chatham House a proyectar que el reino saudí podría convertirse en un importador de crudo para 2038.

A los cambios internos en el reino se suma el colapso del orden post-otomano en la región. La llamada Primavera Árabe no solo ha encendido las alarmas en Riyadh, sino que ha puesto de relieve el fin de la época en la que el mundo percibía un EU omnipotente y proclive al intervencionismo. El Washington de hoy luce incoherente e indeciso, atrapado en sus traumas y miedos, dividido entre los ideales republicanos y las realidades imperiales.

Ante esto, varios analistas han señalado un cambio drástico en la política exterior saudí. Riyadh, en pocas palabras, ha decidido tomar las riendas del asunto. El primer disparo fue en Egipto, en donde fueron los principales patrocinadores del golpe militar a Mohamed Morsi y, al día de hoy, se mantienen como el más importante apoyo económico del general al Sisi. La seriedad y agresividad de la nueva política saudí quedó clara cuando, al ver las dudas estadounidenses en cuanto al tema de la ayuda económica a los egipcios, el reino ofreció compensar, e incluso doblar, cualquier cantidad que El Cairo dejase de percibir de parte de EU.

El temor a una guerra civil en Egipto dio paso a las atrocidades que llevan destruyendo Siria por más de dos años. En Siria, los saudíes nunca escondieron nada. Su odio visceral hacia el régimen de Assad –secular, no sunita y aliado iraní– jamás fue un secreto, como tampoco lo fue el apoyo masivo a la oposición, incluyendo facciones de Al Qaeda. Pero el 12 de julio, solo nueve días después del golpe a Morsi, el rey Abdullah nombró al príncipe Bandar bin Sultan como su jefe de inteligencia. Según el Wall Street Journal, el nombramiento hizo a la CIA entender que los saudíes “iban en serio” en el asunto sirio.

BANDAR, príncipe Y espía

Bandar es uno de los diplomáticos más fascinantes del planeta. Entre 1983 y 2005 fue embajador en Washington, participando en la Irán-Contra y siendo uno de los hombres clave de la CIA para mantener armados y financiados a los mujahideen que luchaban contra los soviéticos en Afganistán. Cuando esos mismos guerreros se transformaron en Al Qaeda, Bandar tuvo que explicar cómo 15 de sus compatriotas, siguiendo órdenes del hijo de una de las familias más importantes de su país, llevaron a cabo el ataque terrorista más importante de la historia (no sin antes sacar de EU a muchos saudíes, incluyendo miembros de la familia Bin Laden).

Tras ocho años, Bandar está de vuelta. Y sus huellas puede ser identificadas, con varios grados de precisión, por todo el tema sirio. Según algunos reportes, el príncipe organizó, durante el Ramadán, la compra de 50 millones de dólares en armamento israelí para la oposición siria. Fue él también el que logró el apoyo de EU para el programa –dirigido por su hermano Salman– que arma y entrena rebeldes sirios en Jordania.

El 31 de julio aterrizó en Moscú y mantuvo una reunión de cuatro horas con Vladimir Putin. En el ya legendario encuentro –cuyo contenido se filtró–, el espía le ofreció al presidente ruso una serie de beneficios a cambio de la retirada de su apoyo a Assad. Bandar le aseguró a Putin, además, que los intereses rusos no se verían “ni un poquito” afectados en la Siria post-Assad. Putin declinó su oferta, y el príncipe le respondió que la opción militar era ahora “inevitable”.

Solo tres semanas después ocurrió la llamada masacre de Ghouta. El ataque, cuya naturaleza química –a falta de confirmación de la ONU– ya nadie parece poner en duda, puso toda la presión sobre Barack Obama, que había establecido el uso de armas químicas como una “línea roja” que, de ser cruzada, ameritaría una respuesta estadounidense. Su autoría, sin embargo, está rodeada del mayor de los misterios, con algunas agencias de inteligencia apuntando al gobierno de Assad y otras señalando la responsabilidad de los rebeldes.

Empujando a Washington

Es aquí donde entra Bandar. La negativa del Parlamento británico a apoyar la intervención estadounidense ha sustentado rumores del rol del espionaje saudí en la evidencia que, según Washington, prueba la culpabilidad de Assad. Y aunque no puede ser probado, ciertos reportes –incluyendo uno de Mint Press News desde el sitio de la masacre– han incluido su nombre como el facilitador de las armas químicas a los opositores. Dichos reportes, es verdad, son parte de la guerra mediática que rodea a todos los conflictos, exacerbada por el posible ataque estadounidense. Pero dada la trayectoria de Bandar, las acusaciones no son descabelladas.

La situación en Siria no ha cambiado. Siguen siendo sirios matándose entre ellos con niveles de brutalidad y sadismo ya históricos, apoyados por actores regionales y globales. EU sigue sin tener motivos para involucrarse, y tanto la opinión popular –9% de apoyo– como gran parte del establishment político-militar se lo están haciendo saber a la Casa Blanca. Pero independientemente de lo que decida el Congreso, Obama se ha mostrado decidido en cuanto a la necesidad de atacar. Y aunque el presidente y sus hombres han repetido hasta la saciedad su deseo de no influir en el curso de la guerra, cabe recordar que hasta hace bastante poco, en Washington no se había considerado la posibilidad de meterse en el conflicto.

A la luz de esta evolución, el ataque parece inevitable. Así las cosas, es necesario considerar lo que podría pasar luego de que los misiles estadounidenses entren en la guerra. Y dada la falta de estrategia exhibida por Washington, debemos concentrarnos en los que serían los mayores beneficiarios de la caída de Assad, una lista liderada por los saudíes. Los saudíes, que sí tienen estrategia, parecen estar llevando a Obama de la mano. Y para ellos, Damasco es el último obstáculo en el camino a Teherán.

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