RECORDATORIO

Adiós al maestro

ALFREDO SINCLAIR

En innumerables campos, aldeas, pueblos y ciudades de América se encuentran estatuas, bustos y placas que registran el paso de Simón Bolívar: los lugares donde pernoctó, los escenarios de sus batallas, los sitios de sus proclamas y los aposentos de sus amores. La Quinta de San Pedro Alejandrino, en las afueras de la ciudad colombiana de Santa Marta, constituye un sitio de peregrinación obligada y de homenaje permanente a la epopeya bolivariana, pues fue allí, el 17 de diciembre de 1830, donde exhaló su último aliento el Libertador de América.

Un museo sobrecogedor que congeló en el tiempo los momentos postreros de Bolívar y un monumento espectacular e imponente integraban el complejo erigido en su memoria. A lo cual, por allá en 1985 o 1986, autoridades locales y nacionales se propusieron añadir un Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo. Para ello, el presidente de Colombia, Belisario Betancur nos convocó a los embajadores de las repúblicas bolivarianas para presentarnos el proyecto. La explicación iba casada con una petición: que fuéramos a nuestros respectivos países y consiguiéramos de sus principales artistas la donación de obras para el museo. Los maestros colombianos Armando Villegas, quien fue el de la iniciativa, y Alejandro Obregón ya estaban matriculados. Betancur nos aclaró que ni él ni el gobierno iban a sugerir a nadie y que dejaba a la discrecionalidad de los embajadores el escogimiento de los pintores o escultores de sus respectivos países. Pero cuando me despedía de él me susurró al oído: en su caso, embajador, le pido que trate por todos los medios de traer una obra del maestro Alfredo Sinclair.

Betancur es un gran conocedor de literatura y de arte (de él dijo en alguna ocasión Gabriel García Márquez: no fue en realidad un gobernante que amaba la poesía, sino un poeta a quien el destino le impuso la penitencia del poder). Como conocía la trayectoria y ejecutorias de Sinclair, al pedirme que hiciera el esfuerzo de llevar una obra suya, creyó estar solicitando algo harto difícil, sin saber que mientras él nos explicaba el proyecto ese era el primer nombre que me había venido a la mente, y sin saber tampoco que iba a ser el más fácil de conseguir, pues en Alfredo Sinclair la gloria y la fama caminaban en sentido contrario a la vanidad y el engreimiento. Era como si con cada reconocimiento en los predios del arte se inoculara una dosis cada vez mayor de humildad y bonhomía. De más está decir que, para beneplácito de Betancur y honra de los panameños, Alfredo Sinclair donó una obra y viajó, junto a los demás artistas (Olga su hija, Juan Manuel Cedeño, Alberto Dutary, Brooke Alfaro, Manuel Chong Neto, para mencionar algunos), a la inauguración del museo. Muchos meses después Betancur me hizo saber cuánto le había impactado la sencillez y la cordialidad naturales de Sinclair. En otras palabras, pudo percatarse de lo que los panameños sabíamos desde siempre: que al más conocido de nuestros artistas nunca lo habían envanecido los elogios, los premios ni la admiración de sus compatriotas, todo lo cual había recibido en abundancia y con razón.

A muchas biografías de personajes famosos se les añade el subtítulo una vida que parece novela. La de Alfredo Sinclair podría incluirse, pero en la categoría cervantina de novelas ejemplares, por su carácter didáctico y moral (en realidad el primer nombre que recibieron fue el de novelas ejemplares de modestísimo entretenimiento). Y la de Sinclair es eso: un ejemplo. Ejemplo de tenacidad, de voluntad de superación, de honestidad. Pues es muy probable que sin esos valores su portentoso talento se habría perdido en las brumas de la pobreza que acompañaron su infancia y adolescencia. Todo lo contrario: lejos de resignarse ante las limitaciones, las convirtió en acicate para superarse. Escogió el camino más difícil: el de buscar, sin recursos ni comodidades, nuevos horizontes para llevar a las cimas de la excelencia su innata sensibilidad por las artes.

Pero más allá de los honores y los aplausos, de los lienzos y las exposiciones, de las medallas y las glorias, la vida de Sinclair fue, sobre todas las cosas, la de un hombre de una sencillez y de unos valores familiares difíciles de superar y para muchos jóvenes de hoy –acaso la mayoría–hasta imposibles de imaginar. Pocas veces una gloria y una fama como las que acompañaron a Sinclair se posan sobre una persona de su origen, y casi siempre derivan en excesos, extravagancias, vicios y ostentaciones. Sinclair, muy por el contrario, se esmeró en forjar una familia (que resultó tan ejemplar como su vida), sustentada en un granítico código de valores personales; y se propuso perfeccionar el arte de plasmar su sensibilidad en el lienzo.

Su caminar se volvió lento, pero su sonrisa nunca cambió. Era como que él, sin hablar, nos estuviera diciendo que la vida se le iba pero con alegría y sin remordimientos; que había triunfado como artista pero que seguía arraigado a sus principios; que se sentía orgulloso de la familia que había formado; y que, como en los versos de Machado:

“Y cuando llegue el día del último viaje

y esté al partir la nave que nunca ha de tornar

me encontraréis a bordo ligero de equipaje,

casi desnudo, como los hijos de la mar”.

Sus obras hoy se exhiben en residencias, oficinas, restaurantes, galerías y museos, y su biografía aparecerá, como es apenas obvio, en la colección protagonistas del siglo XX panameño, como exponente del talento artístico de nuestro país. Pero más allá de una monumental producción artística, para mí queda la imagen de un hombre superior que no sucumbió a las tentaciones de la vanidad.

El destino quiso que Alfredo Sinclair viviera casi un siglo: él hizo de su vida un ejemplo para la eternidad.

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