La aurora, una hechicera

lsquo;El amanecer tiene una grandeza misteriosa, que consiste en un residuo de sueño y el principio de un pensamiento’. Víctor Hugo, ‘Los trabajadores del mar’, 1866. LA PRENSA/Luis García lsquo;El amanecer tiene una grandeza misteriosa, que consiste en un residuo de sueño y el principio de un pensamiento’. Víctor Hugo, ‘Los trabajadores del mar’, 1866. LA PRENSA/Luis García
lsquo;El amanecer tiene una grandeza misteriosa, que consiste en un residuo de sueño y el principio de un pensamiento’. Víctor Hugo, ‘Los trabajadores del mar’, 1866. LA PRENSA/Luis García

Una encantadora mujer emprende cada día un viaje a través del manto celestial para anunciar la llegada de su hermano Sol, mientras abre para él y los romanos las puertas del día.

Se dice que ella, Aurora, diosa del amanecer, tiene varios hijos. Cuatro de ellos son los vientos del norte, el sur, el este y el oeste. Pero cuenta la leyenda que al morir uno de ellos, la diosa vuela en su penar a lo largo del cielo, dejando como rocío mañanero las lágrimas de la pérdida desoladora.

Cada madrugada, el cuerpo de Nut se estremece con las primeras contracciones de un parto, mientras abre su boca para devorar el manto oscuro que envuelve a la luna y las estrellas en un último grito de luz.

Nut, diosa egipcia del cielo y creadora del universo y los astros, da vida diariamente a un recién nacido, el Sol, al tiempo que tiñe con el rojo de su sangre de diosa y madre el cielo de todos los amaneceres.

En medio del silencio de las lejanías sureñas, una de las costumbres de los patagónicos es contemplar la inmensidad, en especial, cuando se da el origen del día en uno de los firmamentos más hermosos de la Tierra.

Contaban los tehuelches –amerindios del sur de Chile y Argentina– que en su cielo el amanecer no tenía color. Era un manto blanco.

Pero un día, el tinte lechoso se aterró con la presencia del gigante y perverso Noshtex, padre del creador de los patagones, Elal, cuando el primero asesinó a una nube que tenía encarcelada y arrojó su cuerpo, bañado en sangre, al lejano espacio para que no lo descubrieran.

En medio de su final, la nube salpicó de sangre el firmamento. El Sol reveló lo sucedido entre ella y Noshtex, iluminando el infinito con la trágica escena que se repite día a día durante la toda eternidad en el cosmos del fin del mundo.

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