Los diablicos sucios de Guayabalito

El profesor Victoriano Gavidia organizó una gira de estudiantes de la Universidad de las Américas para presenciar un fenómeno que cumplía 102 años de tradición: el de los diablicos sucios en Guayabalito, Santa Rosa, a orillas del Chagres.

En el jorón de Guayabalito, los músicos calentaban tambor y acordeón. A un costado, venta de arroz blanco, gallina guisada, tajadas, sancocho, camarones, saus y bollos. A mediodía, la gente siguió a los músicos hacia un campo, al lado de una capillita, al pie de una colina.

Lejos de la vista del público, los diablos se vestían. Un niño llamado Omar se colocaba su vestimenta de “perro”: camisa y pantalón blanco con manchas negras, capa, máscara de papel maché, castañuelas y un cinturón de campanas. Este era su tercer año de baile, siguiendo los pasos de su padre. Gavidia también se preparaba: él sería un venado. “Cada diablo representa a un animal distinto –contaba el profesor– ...invocando aquella sanción que les dio Dios a los seguidores de Lucifer; los transforma en animales y los manda a la Tierra. Sobresale el perro, que se encarga de sacar a los animales de sus escondites y los lleva al ruedo, al campo”.

Sonó el disparo de una escopeta calibre 20. Entre los gritos del público, los “animales” salían de sus escondites con los “perros” detrás. La “iguana” se trepaba al árbol, al igual que el “tigre”, para luego ser “bajado” de un escopetazo. El “cocodrilo” salía arrastrándose, y un “perro” le brincaba a un “conejo pintao”. Los disparos seguían y más “animales” salían del monte, lanzándose unos sobre otros hasta quedar agotados, a los pies de los músicos. Luego del violento drama, todos se dirigieron a las puertas de la capilla.

Tradicionalmente, la danza entra a la iglesia, pero el padre actual no lo permite y el acto se realizó en las escalinatas. Entre el pujido de los diablos y el traqueteo de sus castañuelas, un señor anunció a toda voz: “Permiso pedimos los diablos al santísimo sacramentado, para danzar y bailar en la casa del Señor, ¡lleva!”. Y al son del tambor, acordeón, castañuelas y gritos regresaron todos al jorón a seguir la fiesta.

Esto ocurre una vez al año; miércoles al mediodía, víspera del Corpus Christi.

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