Culturas juveniles y transformación de la educación

El estigma de ser joven

Cada nueva generación supone un reto para los adultos. Con angustias, realidades y preocupaciones diferentes, los jóvenes buscan su espacio en una sociedad que los subestima y criminaliza.

Es un salón de clases en una escuela de Veracruz y de la boca del maestro no salen más que palabras amargas: “Ya los muchachos no son como antes. Yo aquí les pongo a trabajar en el libro o les copio un plan, y no quieren hacer nada. No les interesa”...

Y los niños allí al frente, escuchando la perorata.

Es un centro comercial que está repleto de jóvenes con modas “raras”: jeans ajustaditos, suéteres igual de pegados, peinados estrafalarios, zapatillas rosa y moradas. “Es insoportable”, comenta un hombre, por el escándalo. “Son un poco de maleantes con gustos gais”, sentencia una mujer, que casi está por salir huyendo.

Dice José Manuel Valenzuela, sociólogo e investigador del Departamento de Estudios Culturales de El Colegio de la Frontera Norte de México, que el primer problema que enfrentan los jóvenes de Latinoamérica es que se les ve como a una masa uniforme. Una tribu de brutos que amenaza la seguridad nacional y que, para contenerlos, nada mejor que las prohibiciones y la mano dura.

Pero Valenzuela lanza una pregunta y todos se miran: “¿Cuándo en la vida han servido las prohibiciones?”.

Experto en culturas juveniles y sociología urbana, Valenzuela estuvo la semana pasada en Panamá para participar como expositor en el foro Juventud, Cultura y Prevención, en el que se abordó el tema de cómo la cultura puede cambiar procesos sociales, y cómo los jóvenes pueden ser partícipes y constructores de estos procesos.

Tal como dijo Jhon Ferley Ciro, un hiphopper de la deprimida Comuna 13 de la ciudad de Medellín, en Colombia, es tiempo ya de que a los jóvenes se les deje de considerar como factores de riesgo para empezar a verlos como propulsores de oportunidades.

Los jóvenes hoy

Según datos de 2008 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en Centroamérica, Panamá y República Dominicana hay 10 millones de jóvenes entre 15 y 24 años.

Un poco más de la mitad están económicamente activos, pero los ocupados son 4.5 millones. Otros 600 mil están desempleados, cantidad que representa al 45% del total de la población desempleada de la región.

Tal como plantea Valenzuela, los jóvenes de hoy viven un escenario distinto: representan a buena parte de la población latinoamericana y han alcanzado una mayor educación, pero la sociedad no les ofrece oportunidades para desarrollarse y terminan viviendo en precariedad laboral. Además, han crecido en un mundo atravesado por la violencia del narcotráfico, lo que a su vez ha creado en ellos una desconfianza en las instancias judiciales y organizaciones políticas.

Más allá de estos problemas comunes, Valenzuela insiste en que “no se puede estandarizar a los jóvenes” porque a cada uno le toca una realidad distinta e incluso tiempos sociales diferentes. “El tiempo está atravesado por las diferencias sociales”, afirma, refiriéndose al hecho de que no es lo mismo una joven de 17 años de clase media en la ciudad, que una de la misma edad, con tres hijos, en una zona indígena.

En medio de este panorama, los jóvenes buscan caminos para expresarse y surgen entonces diferentes culturas e identidades juveniles. “Los jóvenes hacen sus reclamaciones a través del graffiti o de la ´biopolítica”.

¿Qué es la “biopolítica”? Para el experto mexicano, no es más que el uso del cuerpo para demostrar las inconformidades y para revelarse ante las prohibiciones del mundo adulto. “El joven utiliza el cuerpo como forma de protesta” y por ello insiste en cortes de cabello, en ropas, maquillajes y alteraciones corporales, porque sabe que con esto choca con el statu quo e impone su yo.

El problema es que la sociedad no necesariamente lee de esta forma las manifestaciones culturales juveniles. Tal como dice Valenzuela, se ha tendido –y cada vez con más fuerza– a criminalizar al joven por los tatuajes o el tipo de ropa que usa, por ejemplo, sin ponerse a pensar que quienes armaron ese mundo del crimen organizado y del narcotráfico han sido los adultos, y que los jóvenes son los soldados reclutados que prefieren –por estas mismas tergiversaciones sociales– “una hora de rey que una vida de buey”.

“Lo punitivo no está resultando”, recalca el sociólogo. “Hay que repensar, dialogar, incluir. Hay que pensar otra estrategia que procure más salud y más prevención”, agrega.

¿Y en la educación?

En las escuelas, la visión del adolescente no es muy distinta. Como plantea Mónica Sepúlveda, experta en animación sociocultural y pedagogía social, el dilema es que los jóvenes viven bajo la mirada adulta que “siempre añora al joven que quedó atrás”. Dicho de otra forma, los adultos añoran su propia juventud, y pretenden que el joven que tienen enfrente sea como ellos.

El joven de ahora, explica Sepúlveda, quien también participó en el foro sobre juventud, creció “mediado” por dolores, angustias y patrones de consumo distintos. Como en toda nueva generación, los adultos se enfrentan de pronto a un nuevo tipo de persona que parece incomprensible, renegado, hasta “pendejo”.

Cuando todos estos estigmas y prejuicios convergen en las escuelas, el resultado es lo que tenemos ahora: niños y jóvenes aburridos, sin motivaciones; y docentes que los encuentren absolutamente desinteresados por todo.

Vistas así las cosas, no extraña entonces que los jóvenes vayan abandonando la escuela a medida que crecen en años. Sencillamente, lo que se les ofrece no cumple con sus expectativas, no les genera interés, no está vinculado con su realidad social.

Si a esto se le añade que mayor educación no necesariamente se traduce en empleo en la vida adulta –la idea que todo padre le vende a su hijo–, el caldo está servido para el “divorcio”.

“La educación sí debe transformarse, pero el problema es que se parte de la idea de que el joven no sabe nada. A los chicos debe despertárseles el deseo de aprender y de preguntar, y el problema es que los ajustes de currículos no toman en cuenta los cambios generacionales”.

Para poner un ejemplo, no se trata solamente de incorporar tecnología a las escuelas, sino de aprovechar esa tecnología de una manera que les interese. No es lo mismo, entonces, “enseñar” a los jóvenes a salir y a entrar de un programa de Microsoft –cuando es bastante posible que los chicos ya lo sepan–, sino de cómo usar la tecnología para obtener mayor conocimiento.

Para lograr este diálogo entre la escuela y los jóvenes, bien valdría la pena empezar por entenderlos. Tal como señala Valenzuela, mientras la sociedad adulta lucha por controlarlo todo (el comportamiento, la sexualidad, lo estético), el joven irrumpe en el colegio con el pelo largo y no le importa la amonestación.

“El asunto no es el largo del cabello sino el control”, destaca Valenzuela.

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