RECORDATORIO

En la muerte de Winston Robles

WINSTON CHURCHILL ROBLES CHIARI

Teníamos varios años de conocernos de vista (como reza la curiosa locución), pero nuestras relaciones no pasaban de un amistoso intercambio de saludos cuando nos veíamos en el Café Coca Cola.

Un día desapareció de mi vista. Torrijos decidió (a su regreso de un viaje a Cuba) no tolerar la menor señal de disentimiento, y envió al exilio a los miembros de un grupo de empresarios (y a sus abogados) que se habían opuesto a unas medidas arbitrarias de la dictadura militar.

Todos fueron enviados –sin que mediara ninguna explicación y sin que les dijeran cuál sería su destino– a Guayaquil. Antes, sus sádicos captores les habían quitado todas sus pertenencias personales, incluyendo el dinero que tenían en los bolsillos. Y encima los habían despojado de sus documentos de identidad personal.

Unos años más tarde, los gobiernos de Estados Unidos y Panamá acordaron el borrador de los nuevos tratados del Canal de Panamá. Antes de que se firmaran los textos definitivos, el presidente Carter exigió a la dictadura militar que abriera un compás democrático, a fin de que partidarios y adversarios del nuevo tratado discutieran, pública y libremente, sin que dieran (como hasta entonces había ocurrido) con sus huesos en la cárcel. Se inauguró así el período que bautizó Carlos Iván Zúñiga como el “Veranillo Democrático”. El debate fue público y apasionado. Cuando se sometió a plebiscito, ganaron los partidarios del nuevo tratado, aunque por un margen inferior al resultado oficial.

En el viaje de regreso a su país, Bobby Eisenmann, cavilando sobre cómo luchar mejor contra la dictadura, dio con la feliz idea de fundar un diario independiente. A fin de que no tuviera un solo dueño, discurrió que tuviera muchos. Todo el que quería (y podía) compraba una acción. Ninguna persona (empezando por el propio Bobby) podía tener más de 5 mil dólares en acciones. Y así nació La Prensa, el diario libre de Panamá. Y para sorpresa de todos, tuvo el sensacional éxito que todos conocemos.

Muy pronto, para aliviar al primer director, abrumado de trabajo, Winston Robles se ofreció a escribir el “Hoy por hoy”. En vez de los largos y aburridos editoriales al uso (que muy pocos leían), los fundadores de La Prensa inventaron una breve y cortante nota editorial. Winston se ofreció a escribirla, en aquel tiempo dedicaba todo su tiempo al bufete de abogados que tenía con su hermano Iván. Y aún le quedaba energía para escribir los “Hoy por hoy” que todos los panameños leían. En el proceso se creó un nuevo género periodístico, que haría historia en los anales del género, y que todos los que vivieron esa época peligrosamente dramática recuerdan con fervor.

Cuando, cumplido el período que él mismo se había impuesto, renunció Fabián Echevers, fue reemplazado por Carlos Ernesto González De la Lastra quien, al cabo de unos meses, renunció. Se encargó de la dirección del diario Winston Robles. Estuvo ahí durante un tiempo que hoy no podría precisar, al cabo del cual enfermó gravemente. Estuvo literalmente al borde de la muerte durante varios días. La secuela pareció poner fin definitivo a su amor por el periódico.

Mientras duró su convalecencia, volvió a dirigir el periódico Fabián Echevers, hasta que, para sorpresa de todos, un día regresó al diario Winston y se encargó de él, dirigiéndolo con la misma eficacia de siempre, como si nada hubiera ocurrido en el ínterin. Y reanudó su tarea. Sus “Hoy por hoy” eran tan deslumbrantes como antes de que se enfermara. Bajo su dirección el diario llegó a una altura que ni en nuestros sueños más fantasiosos imaginamos que lograría. Un día los militares cerraron “para siempre” el diario. Cuando feneció la dictadura y pudimos entrar al periódico, nos encontramos con una destrucción indescriptible. Gracias a Pancho Arias y a un técnico del Miami Herald, amigo de Bobby Eisenmann, a los tres días reapareció el diario: recibido con aplausos por los lectores, que pacientemente esperaron a que termináramos de imprimirlo para, literalmente, arrebatárnoslo de las manos. En la tarea de reparar el estropicio, participó activamente Winston, quien sabía tanto de esto como el técnico más cualificado. Sabía de cibernética tanto como el especialista más cualificado. Además, era un extraordinario mecánico. Trabajando al lado de los otros técnicos lograron sacar la publicación. Al poco tiempo de reabrirse noté que el periódico empezaba a crecer y a modernizar su equipo, de modo que a la vuelta de un tiempo, asombrosamente breve, el diario se convirtió en el más importante de Panamá. Todo esto se debió a la visión de Winston.

Un día, mientras estaba de viaje en Perú, cayó mortalmente enfermo. Estuvo varios años sobremanera grave. Cuando me enteré de que había muerto, sentí que un dolor –de especie desconocida– me atravesaba el corazón. Sentí, además, que una parte capital de mi vida también había muerto.

Descansa en paz, viejo luchador, entrañable amigo mío...

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