COMPORTAMIENTOS COTIDIANOS

Acción moral, su composición y su perfeccionamiento: Miguel A. Erroz G.

¿Quién es más admirable, una persona que se dedica al pobre e indefenso porque siente un gran placer –una pasión– en ayudarlo u otra que, a pesar de no sentir satisfacción en ayudarlo, aplica su fuerza de voluntad para dedicarse a ellos? Preguntas como esta son importantes, debido a que su exploración revela la cadena de causantes que motivan nuestros comportamientos cotidianos.

Es común percibir que la motivación se origina por alguna de las siguientes cuatro causas: conocimiento ético, pasiones virtuosas, fuerza de voluntad o circunstancias tentadoras. Lo interesante es que todas son anillos o eslabones de una sola cadena y juntos dictan el comportamiento.

Por lo tanto, trabajar únicamente en formar a ciudadanos con conocimientos éticos para asegurar su comportamiento moral fracasará. Esto se debe a que incluso cuando la persona reconoce qué acción es éticamente correcta, igual tendrá vicios (y otras pasiones) que lo empujarán a actuar de forma incorrecta. Por eso, reconocer el bien y el mal no es suficiente.

Por otra parte, trabajar solo en formar ciudadanos con conocimientos éticos y pasiones virtuosas igual fracasará, porque ellos también sienten pasiones viciosas; aun Moisés y Cristo. Además, una pasión virtuosa, como el placer de socorrer al prójimo, puede llevar a fines inmorales si, por ejemplo, motiva a ayudar a un criminal a escapar de la justicia. Simplemente, los sentimientos internos no siempre encajan con el bien. A menudo se necesita emplear fuerza de voluntad para resistir las emociones que discrepan de los conocimientos éticos.

También se fracasará si únicamente se trabaja en formar a ciudadanos con conocimientos éticos, pasiones virtuosas y fuerza de voluntad. La mayor prueba del carácter moral se da cuando el actuar bien es fastidioso, desagradable o agobiante; superar estas pruebas requiere voluntad.

Es natural, como humanos, tener una voluntad lejana a la perfección, por lo que somos presas fáciles ante la tentación adecuada. En consecuencia, emplear un sistema político que requiera ciudadanos casi perfectos y santos para que rija la justicia, fracasará. En situaciones en que las circunstancias crean presiones que sobrepasan la fuerza de voluntad típica de una persona, la solución debe incluir rectificar el entorno que las produce (1 Corintios 8).

Aquel que trabaje en mejorar el comportamiento moral de otras personas, debe reconocer que es imposible formar a ciudadanos perfectos o edificar circunstancias en las que los incentivos siempre motiven a actuar bien. Lo que sí se puede incrementar son las probabilidades de que los ciudadanos actúen moralmente. El mejor resultado se deriva de la cadena entera de causantes y de enfocarse en fortalecer cada anillo. ¿Pero cómo?

Hoy, toda persona cuerda cuenta con el conocimiento ético necesario para diferenciar entre acciones correctas e incorrectas básicas, como el que robar o castigar al inocente es incorrecto. En el punto en que se falla es en la perspicacia; por ejemplo, es común reconocer que es incorrecto causarle daño al inocente, pero a menudo se tiene dificultad para identificar a los inocentes, detectar el sufrimiento o reconocer qué acciones provocan que otros sufran. La perspicacia se afina en las aulas mediante juegos de intercambio de roles y otras prácticas diseñadas para colocarse emocionalmente en los zapatos de otros.

La pasión, usualmente descrita como virtudes y vicios, es el placer o la molestia interna sentida en relación con ideas o acciones. La forma más fácil de conceptualizarla es como gustos. Hay personas que prefieren lo dulce, otras lo salado; unas la playa, otras la montaña; unas sienten envidia, otras admiración; algunos valoran lo autoritario y otros lo inclusivo. Lo que compone un gusto es altamente diverso y frecuentemente incontrolable. Algo tangible que influye mucho son las preferencias de modelos y mentores admirados.

La fuerza de voluntad es un tema muy estudiado recientemente. En resumen, la que se requiere para resistir los impulsos se forma, en la mayoría de los casos, antes de los seis años de edad. Se ha comprobado que dos factores influyen en esto. Mientras más rápida y adecuadamente se atiendan las necesidades del bebé (comida, limpieza, calor, juego, interacción, etcétera), este desarrollará más fuerza de voluntad. A partir de los seis años (como un músculo), esa fuerza se puede entonar mediante el ejercicio (su empleo medido) para aumentar su resistencia a la fatiga.

El último tema son las circunstancias tentadoras que colocan a las personas bajo presiones que su fuerza de voluntad no puede superar. Por ejemplo, escasos partidarios disponen del carácter necesario para resistir la tentación de impulsar a candidatos que, conocen, utilizarán los nombramientos de funcionarios con fines clientelistas. La solución yace en eliminar la tentación de raíz, en cambiar los incentivos al quitarle a los políticos la autoridad de designar a los jueces, fiscales, reguladores y a muchos otros funcionarios. En conclusión, provocar la acción moral requiere un enfoque amplio, que va más allá del individuo.

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