BIENESTAR PROPIO

Alma de político: John A. Bennett N.

La persona política se inclina a involucrarse en el negocio de conducir el Gobierno, lo cual nos lleva a ponderar sus motivaciones. A primera vista no existe razón para pensar que entre los políticos hay más torcidos, en términos porcentuales, que en el resto de la población. Pero la inquietud no deja de ser válida debido a que la percepción ciudadana común es que son más los políticos delincuentes. Lo cierto es que debido a la gran importancia que tiene está actividad en nuestras vidas, se hace muy interesante examinar la constitución sicológica del político.

La desconfianza en la clase política está bien establecida hasta en la misma etimología del término “político”, que tiene una acepción que le caracteriza como mañoso, astuto o hasta engañoso. De hecho, cada profesión reúne a personas con similares inclinaciones; unos para ser médicos, otros contadores, músicos y así, los cuales comparten perfiles sicológicos.

Existen tres inclinaciones generales entre los humanos: el ciudadano común que produce bienes y servicios y que está inclinado a funcionar dentro del marco de la ley; el delincuente que se dedica a robar, matar y tal, quien trabaja al margen de la ley, y el político, motivado por la producción y administración de las leyes.

Lo curioso de la última categoría es que es muy común que estos individuos, más allá de vivir dentro o fuera de la ley, también gustan vivir por encima de la ley. Me explico, cuando un policía detiene al ciudadano común, ya sean los que viven dentro del marco de la ley o fuera, el ciudadano se siente incómodo, mientras que el agente se siente a gusto cumpliendo con sus funciones. Pero cuando detiene al político, particularmente al elegido, tal como diputado, alcalde, etc., todo cambia y el policía es quien se siente incómodo, mientras el político se siente cómodo y típicamente le dice al policía: ¿Sabes quién soy? ¿Qué está ocurriendo aquí?

Lo que ocurre es que el ciudadano probo vive dentro del marco legal, ya sea porque es moral o temeroso de la ley y del qué dirán; mientras que al delincuente que vive fuera del marco de la ley lo único que le preocupa es que lo atrapen. Pero el político es otra cosa, ya que él puede vivir por encima del marco de las leyes que él mismo concibe y pare.

Al ciudadano comerciante no solo le preocupa la ley y el qué dirán, sino que su bienestar económico está íntimamente ligado a la satisfacción de sus clientes. Al maleante le interesa la satisfacción de sus desordenados apetitos y el miedo a la ley. Y al mal político, más que nada, le importa estar en la papa y ser reelegido para continuar en la papa.

Nos cuenta Frank Chodorov que el político está imbuido de un “complejo de poder” que es una fijación en la que el imperativo motivador es flotar por encima del resto de la mundanal estirpe, y no es nada raro que se olvide por completo de que es un empleado del resto de la población. Lo malo es que parece ser un empleado que se siente superior a sus jefes.

Por la naturaleza de su personalidad y de su actividad, el político siempre busca la manera de aumentar su cuota de poder. En el Señor de los Anillos, Saurón no soñaba con muchos anillos de un poder disperso, sino con muchos sometidos al poder del anillo único. Por ello fue que Saurón sufría de un inmenso apetito por controlar a todos estos anillos.

Para el político, a diferencia del estadista, cuando pierde las elecciones, se enfrenta a la peor de las pesadillas; la de ser otro simple mortal que sentirá temor cuando lo detiene el policía. Bien recuerdo las palabras del dos veces primer ministro de Estonia, Mart Laar, cuando nos visitó y le preguntaron: ¿Qué es lo más importante para ser buen político? Y respondió: “No enamorarte del puesto”. También nos dijo que lo peor que se podía hacer con un político era “darle más dinero del que necesita”.

Por todo lo dicho, debería ser obvio que lo que debe preocupar al ciudadano común es la reducción de la estirpe política a la mínima expresión cónsona que su razón de existir.

Debería ser axiomático que en el caso de los políticos, menos es más. Menos repartiendo lo ajeno o quedándoselo; y precisamente ese es el sentido de una democracia republicana. Este es un tipo de gobierno en el que impera el estado de derecho. Y quizás, también, podríamos decir que impera el estado del ciudadano derecho o probo; porque en la medida en que tengamos más de estos, tendremos más estadistas y menos cínicos.

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