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OLIGOPOLIOS

Altos precios, la economía de la bellaquería: Roberto Brenes P.

El alto costo de la vida es tema central de campaña. Los candidatos prometen soluciones sin sustento económico y que rayan en demagogia. Ninguno, sin embargo, encara el verdadero problema: la sesgada estructura de mercado a favor de quienes tienen nombres y hasta números (capicúas por cierto) que fácilmente los evidencian.

Los precios en Panamá, particularmente los de la comida, no han dado tregua a los hogares panameños. A pesar de que los índices mundiales han mostrado reducciones y desaceleración, estas mejoras no se reflejan internamente. Y la razón de que estos altibajos mundiales no impactan los precios en el país es que no obedecen a reglas de mercado sino a oligopolios de importación y distribución escondidos en un sinnúmero de trabas, permisos, certificados y licencias, y que se explotan por unos pocos en detrimento de la economía del ciudadano.

Pero las soluciones que ofrecen los candidatos van desde heroicas promesas hasta desfasadas medidas de restricción, ninguna de las cuales acusa recibo del origen del problema. La medida más comentada es la de imponer “control de precios de emergencia” a un grupo de productos. La más frondosa, por no decir fantasiosa, es tapizar el país de maravillosas Jumbo Tiendas y mercados populares donde todo será barato y de calidad. ¿Será que en esas súper tiendas abastecerá la alcaldesa de Panamá sus fondas todo a dólar?

Los controles de precio llevan a escasez, desabastecimiento y mayores precios. La crisis de Venezuela, que vemos y sentimos muy cerca, empezó por allí. La promesa vende bien en la encuesta, pero no va a lograr su objetivo; los productos desaparecerán y cuando cesen los controles aparecerán a precios más altos, dejando en el camino una mortandad de chinitos y abarroterías. Solo sobrevivirán los grandes que se harán más grandes. Un ingenuo Varela enriquecerá más a su archirrival Martinelli.

Las soluciones de crear mercados populares y ferias se han ensayado muchas veces. Sus resultados han sido mediocres y si contabilizamos bien lo que le cuesta al Estado ese esfuerzo y el subsidio a los precios, podemos apreciar la barbaridad financiera. Además, gobiernos que no pueden ni llevarle agua a la gente, ¿qué capacidad operativa tienen para ejecutar con eficiencia un masivo programa de abaratamiento de comida? Encima de todo, como el candidato del oficialismo no osará desmantelar la estructura del oligopolio de importación, las Jumbo Tiendas serán extensiones de ciertos supermercados, donde los costos de operación y los subsidios a los precios al público serán sufragados por el Estado, mientras que el margen de ganancia seguirá reservado para aquellos que tienen los permisos, las licencias y el inventario.

La solución a este entramado es sencilla pero poderosa; la única forma de bajarle el precio a algo es aumentar su oferta o la de productos sustitutos o similares. Y la única forma de aumentar la oferta es promoviendo competencia y apertura; que hayan nuevos productos y nuevos jugadores. Esto empieza por desmantelar una serie de licencias y requisitos que no son otra cosa que barreras de entrada a más productos y más empresarios. Los procesos de registro y aprobación de marca son innecesariamente largos y plagados de corrupción que protegen al que ya está adentro. Efectivas medidas de apertura acabarán con las ofertas “administradas” por pocos y la lista de posibles importadores se vería nutrida por más competencia. Más temprano que tarde el aumento de competencia y oferta incidirá positivamente sobre los precios.

Muy importante, una política de simplificación y apertura también beneficia al productor. Cualquiera que haya tenido experiencia produciendo aquí conoce el vía crucis que le impone la burocracia al productor local y que en buena medida es mayor que las que enfrenta un importador. Un buen ejemplo, el arroz, donde los íntimos del círculo cero han acabado con la producción y el procesamiento local.

Hay razones económicas y morales para acometer este camino. Abaratar es mejorar la calidad de vida de la gente y acabar con las rosquitas que dañan el país, lo que transformará la estructura de los negocios. Extrañamente, los políticos de oposición, a pesar de competentes equipos económicos, no ven el elefante dentro del cuarto y siguen en Bosnia.

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