GOBIERNO Y SOCIEDAD

Amalgama de opiniones sobre eventos recientes: Enrique Jaramillo Levi

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El silencio del presidente Juan Carlos Varela ante la canallada realizada por el régimen venezolano contra el valiente líder opositor Leopoldo López al condenarlo –al margen de un verdadero proceso legal– a casi 14 años de cárcel sin prueba alguna de las acusaciones fabricadas en su contra, como si fuera un vil criminal, no tiene nombre. No cabe duda de que los políticos siempre ponen por delante los intereses económicos, lícitos o no, muy por encima de los derechos humanos. Porque no es verdad que sea un asunto solo venezolano esta afrenta a la dignidad de las personas y a las libertades más elementales, como en los aviesos tiempos en que empezaban a reptar, como oprobios paralelos, el nazismo y el estalinismo.

Por otra parte, se mantiene la componenda evidente, gestada de formas diversas y siempre legalmente escurridizas en el seno de nuestra inmensamente desprestigiada Corte Suprema de Justicia, para proteger de las múltiples acusaciones formuladas en su contra al expresidente de nombre impronunciable hoy invernando a sus anchas –válgase la paradoja– en el calor de sus eternas vacaciones en Miami. Una actitud reiterada que el pueblo panameño no debería permitir que siga ocurriendo, como tampoco la impunidad de la que parecen gozar algunos políticos y empresarios, aun hoy, frente a la rampante corrupción que no deja de corroer al país, aunque ahora se disimule más. Los hechos ocurridos en Guatemala recientemente son una prueba al canto de que el pueblo tiene poder. ¿El nuestro lo tiene, lo puede llegar a tener?

¿Cómo no lamentarnos frente a la lentitud desesperante con que se mueve este gobierno? Pareciera, una y otra vez, que los proyectos más urgentes, al igual que los más discretos, no logran arrancar. Obviamente, se cuidan de no caer en los excesos descarados del gobierno anterior, pero yéndose al otro extremo (del que, en general, aún no regresan). Un ejemplo de esto ocurre en el Instituto Nacional de Cultura (Inac), inexplicablemente aún sin director en propiedad, en donde de forma misteriosa y sin dar explicación alguna a los interesados, el director encargado (político panameñista) abortó uno de los programas insignia de la directora anterior, Mariana Núñez: “Cultura es desarrollo”.

Este programa apoyaba proyectos que rindieran beneficios sociales, culturales y económicos sustentables, directos o indirectos, a los ciudadanos, según se anunció con bombos y platillos en su momento. Y sin duda era un excelente programa, destinado por primera vez al apoyo de quienes sí trabajamos por la cultura, a menudo al margen de las instituciones. Pues ahora resulta que a quienes ganamos en buena lid esos proyectos y firmamos documentos al respecto con el Inac, no nos darán un centavo. Supuestamente, la Controlaría ha prohibido pagarle a los gestores culturales que sean “personas naturales”, disposición absurda que no ha regido nunca antes. En nuestro país esto es una aberración. ¿Quiénes más que los propios artistas (me incluyo, como escritor metido a promotor cultural desde hace más de 40 años) son los que hacen esa labor cultural innovadora en Panamá?

El 90% de los llamados gestores culturales somos “personas naturales”, y esto lo ha sabido siempre el Inac. Los que fuimos perjudicados con esta decisión, más de 30. ¿Miente el director encargado del Inac, como una forma de no darle cauce a un proyecto inteligente de la directora anterior o es una excusa estúpida de la Contraloría para no gastar cantidades ridículamente pequeñas en quienes hacen cultura en este país? Y, sobre todo, ¿es legal lo ocurrido? ¿Por qué el Inac no se ha dignado a dar, hasta la fecha, una explicación pública sobre este lamentable desacierto?

Por último, hablemos un poco de esa lacra infame que es la enorme cantidad de basura que ofende a diario la vista, el olfato y la salud pública, en general, en tantas partes de la capital, y en las playas y ríos aledaños. Da pena admitirlo, pero una cantidad significativa de nuestra población es absolutamente cochina, en sus hábitos y costumbres cotidianos. Botan por todas partes basura de todo tipo, sin pensarlo dos veces: de forma instintiva, sin disimular, como si fuera una gracia o una manera inconsciente de fortalecer una oscura mal concebida identidad popular. ¿Y así queremos atraer turistas y que se marchen y regresen satisfechos? ¿O llegar a ser un país del primer mundo?

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