POZO SIN FONDO

Ambición para todos: Berna Calvit

Ambición es palabra ambivalente. Sin calificarla como sentimiento positivo o negativo, el DRAE la define como: “Deseo ardiente de conseguir poder, riquezas, dignidades o fama”. Deja abierto el camino para referirse a la ambición como deseo sano y positivo de superación o, por lo contrario, enfermizo, negativo, codicioso. En ambos casos es válido decir que sin ambición no hay sueños y que son estos los que nos empujan hacia la meta; por tanto, no es buena ni mala; será lo uno o lo otro según los recursos que se usen para cumplirla. Si es con fines mezquinos son necesarias la trampa, la mentira, echar a un lado los escrúpulos; si es sana o normal se logra con honestidad, un acto casi heroico en una sociedad que propicia y a veces hasta admira la artimaña y el “juega vivo”, y considera “pendejada” o cobardía no practicarlas. Todos los seres humanos tenemos ambiciones; algunos por falta de voluntad para perseguir sus sueños se pasan la vida inconformes, acogotados, lamentando no tener lo que desean.

La ambición es necesaria en el mundo empresarial, educativo, científico, en todas las esferas del quehacer humano. Es loable la ambición de educarse, de tener casa propia y proveer bien a la familia; de destacar en algún deporte, en el arte, en la profesión; pero deja de serlo si para lograrla se usan medios deshonestos. Tal es el caso de Lance Armstrong, considerado el mejor ciclista del mundo hasta que se supo que durante años había recurrido al dopaje; lo necesitaba para mantener su gloria, la admiración del público que nutría su desmesurado ego cuando el dinero ya no era la motivación central. El que por ambición mezquina escala posiciones y saca del camino con malas artes al que le estorba, aunque se pase por la conciencia el trapito de limpiar, sabe que son falsas las “elevadas” razones con las que justifican las zancadillas, la traición; los pretextos usuales, “me lo merezco, soy mejor, esto necesitaba lustre, renovación”, etc., son de corta vida y suscitan desdén. Las ambiciones perniciosas son compañeras de la envidia y la vanidad. El afán de figuración también es ambición malsana; aunque parece inofensiva no lo es para el que la padece; debe vivir en constante tensión, dando codazos para “cubrir territorio”, para no pasar inadvertido. Según las circunstancias o intereses los pretextos se acomodan para quedar bien con el yo.

Meditando sobre lo que pasa en mi país y en otras partes del mundo, donde a diario sufrimos las consecuencias de ambiciones egoístas, resulta reconfortante conocer hombres y mujeres que, calladamente, sin alharacas, cumplen su ambición de ser útiles a la sociedad. Por eso admiro a la que llamo “la chica techo”, que madruga y se moja y sacrifica horas de ocio y fiestas para ir a construir viviendas para familias que las necesitan; al anciano señor que mantiene con su esfuerzo y recursos personales un hogar para otros ancianos; al señor que ayuda a costear los estudios de varios muchachos humildes porque una de sus ambiciones es una juventud con mejor educación; a la joven que sueña con una biblioteca para su pueblo; al científico que dedica sus desvelos a un estudio que será de beneficio para la gente de su país. Son muchas las ambiciones nobles, ejemplares, que mantienen mi fe en la bondad del hombre a pesar de tantas muestras de codicia insaciable motivada por el afán de dinero, de poder, de bienes materiales.

Hace meses se empezó a investigar al yerno del rey Juan Carlos, de España, por transacciones financieras ilegales; recientemente, por los mismos motivos, a la infanta Cristina, hija del rey y esposa de Urdangarin. Uno se pregunta, si a esta pareja, que igual que miembros de las realezas en otros países, tiene asignaciones para costear ampliamente (del bolsillo de los contribuyentes) su estilo de vida con viajes, lujos, honores, bellísimas residencias, múltiples sirvientes, agasajos, ¿no les basta lo que tienen? El ex presidente guatemalteco Portillo, deportado recientemente a Estados Unidos donde blanqueó $70 millones de dinero sucio (qué ironía), es otro de los muchos ejemplos de la ambición de dinero con el poder como fertilizante (Somoza, Papa Doc, Noriega, Mubarak, etc.). El mayor estigma de la política es la corrupción. Nixon se vio obligado a abandonar la presidencia por el escándalo Watergate, de espionaje; el ex presidente francés Chirac fue condenado por desvío de fondos y empleos ficticios (“botellas”). Aquí, allá y más allá el poder (especialmente el político, que abre todas las puertas) obnubila y ensoberbece. Es rara avis en el turbio mundo de la política el que no se sirve del poder para enriquecerse él, su familia, amigotes y socios.

“Un hombre no es desdichado a causa de la ambición, sino porque esta lo devora”, dijo Montesquieu. Cada día el ambicioso insaciable se asoma al pozo sin fondo del deseo insatisfecho; su ego enfermo no tiene cura; la vanidad lo consume. El emperador Napoleón, hombre excepcional, inteligente, astuto y voluntarioso, es ejemplo del poder que devora; la fama y la gloria lo cegaron. En la soledad de la isla Santa Elena a donde fue desterrado ¿se habrá preguntado si fue su excesiva ambición la causa de su caída? ¿Recordó que alguna vez dijo: “La ambición jamás se detiene, ni siquiera en la cima de la grandeza”?

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