LIBROS

Amor en papel: Berna Calvit

La tecnología que se desplaza por el ciberespacio, permite que mi fiel laptop me mantenga al día de lo que acontece en Panamá cuando estoy fuera del país. La distancia no impide que perciba que el enfrentamiento entre gobierno y oposición se agudiza y que la intolerancia a la crítica es cada vez más marcada. Para este escrito, el primero del año, pongo en “pausa” mi preocupación por la atmósfera política y social en mi país hasta que regrese a él y la sienta (sufra) “en vivo y a todo color”. Mejor escribo sobre el libro electrónico (e-book), artilugio cibernético que tiene agitado el mundo de las letras. Una vez escribí que puesta a escoger en qué época hubiera querido vivir, sin titubeos escogería la que me ha tocado; por ejemplo, no cambiaría mi laptop por las lujosas vestimentas de María Antonieta, la inquieta esposa del soso rey Luis XVI, pareja que tan trágico final tuvo por no escuchar los reclamos de su pueblo. A propósito, ¿por qué algunos gobernantes son tan obtusos que de nada les sirven las lecciones de historia?

Creo que nací en buena época; en mi niñez aún no había televisión, lo que me permitió hacer lo que no hacen los niños de hoy: sentarme en la acera de mi calle a “echar cuentos” con los amigos; cantar y bailar rondas infantiles; inventar juegos y personajes. Años después, el desarrollo tan acelerado de tecnologías, a las que es casi imposible seguirles el paso, cambió el mundo de los niños y los adultos. En esta temporada de regalos, el I-Pad, el Kindle y el e-book han sido temas obligados en las conversaciones; los defensores del libro en papel se baten contra los militantes del e-book que se defienden atacando el “arcaico y retrógrado libro en papel, amenaza para el medio ambiente”. Pésimo argumento, responden los partidarios del “libro de verdad”: más daño nace de los minerales que utiliza la electrónica.

He considerado las bondades del libro de papel y las del libro en pantalla. El e-book permite agrandar las letras; se dice que los libros son más económicos; que puede almacenar hasta 10 mil libros, todos a mi alcance con apretar teclas; “permite hacer búsquedas, subrayados, anotaciones, marcar; enlaces internos entre palabras o partes de contenido, permite hiperenlaces externos a sitios web donde, por ejemplo, ampliar información. Se pueden utilizar a modo de suscripciones o consulta en bibliotecas. Así, el e-book se convierte en una puerta de entrada hacia contenidos”. ¡Pero no olvide que funciona con batería! ¿Necesito todo eso para leer un libro? No. Prefiero uno al que le puedo doblar las puntas como hago a veces; o que me dé el gusto de escribir, a mano, anotaciones al margen. En un libro de verdad no hay pantalla que “se congela” y tampoco “se cae el sistema” como sucedió con los BlackBerry; millones de usuarios quedamos “guindados”, mirando el dichoso BB a cada ratito para ver si había resucitado. Usar estos artículos en la calle nos convierte en blanco de los ladrones, pero ¿qué ladrón se va a tomar el trabajo de arrebatarme el libro de papel que tengo en la mano? ¡Ni en la infame e innecesaria invasión de 1989 les interesó asaltar las librerías!

Muchas veces he sentido la cálida sensación que me da abrir un libro que leí hace 20, 30, 40 años (siempre anoto el año en que los leo). Y así como está, perdida su lozanía de libro nuevo, ha estado en su lugar esperando, como hijo o amante amoroso, que mis manos lo toquen, que mis ojos vuelvan a mirarlo, a leerlo, a darle vida. Imposible imaginarme dormida con un Kindle sobre mi pecho. ¿Dormirme con esa plancha rígida sobre mi pecho, tan diferente a las páginas abiertas de un libro de verdad que, como niño consentido, reposa allí, confiado de que no habrá tecla que lo apague? Abro libros viejos y siempre despiertan recuerdos. Esta edición baratita de Pedro Páramo, ¿dónde la compré? “Mira... aquí está el precio escrito a lápiz; me costó $1.95 en la Cultural cuando Fraguela (el viejo), que era el mejor librero de Panamá me lo recomendó y me dijo: “Léelo y después me cuentas”. Entrar en una librería y recorrerla con calma para escoger el libro que quiero regalar, es un deleite; elijo uno, lo ojeo y lo hojeo, lo dejo, escojo otro, qué portada tan bella y toco el papel para ver cómo se siente; después la dedicatoria: “Para XYZ: Te pongo en manos de Aureliano Buendía para que llegues a Macondo. Con cariño, BDC”; y qué satisfacción regalar el libro, flaquito o gordo, que primero estuvo en mis manos. ¿Sentiría lo mismo ante el e-book, ante páginas como la que tengo en la pantalla en este momento?

Un libro en papel puede ser publicado cientos de veces sin volver obsoleta la vieja edición. Para ver películas pasamos por el Betamax, el VHS, el CD, el DVD... ¿Recuerdan la cámara Polaroid, la casetera con cinta, los discos de acetato? ¿No correrán los dispositivos para leer el e-book el mismo destino? Con la tecnología que cambia en cuestión de días, la obsolescencia llega al mismo paso. Sin renegar del e-book, declaro que mi afecto por el libro de papel no peligra. Siempre será mi amor primero.

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