POLÍTICAS ECONÓMICAS

Apuntalando castillos de naipes: John A. Bennett N.

Vivimos tiempos muy interesantes, por no decirlo de otra forma, y sería provechoso que los promotores de la opinión pública fuesen mucho más consecuentes con la realidad y menos con sus simples y peligrosísimos intereses politiqueros demagógicos. En Panamá vemos que algunos, frente a la desesperación de un pueblo que sufre los embates de un costo de vida desbocado, recurren a la artimaña de prometer un control de precios; y así seguimos apuntalando una edificación de perversas políticas económicas, importadas o autóctonas, que nos han colocado en esta difícil situación. Pero lo terrible de todo ello, es que mientras más apuntalamos y sigue creciendo el castillo de naipes, más grande será el desplome que inevitablemente sucederá.

En Estados Unidos vemos a un presidente que ahora, alentado por una pírrica “victoria” propone arreciar con políticas económicas que no resuelven los problemas de fondo, sino que los agravan. Así le vimos ufanarse de haber salvado a los fabricantes de autos; pero... ¿es eso lo que hizo? ¿O simplemente retrasó lo inevitable, y agravó la situación, por no atender los verdaderos problemas subyacentes? En nuestro patio vemos la noticia de que un “ángel guardián se queda sin fondos” y debo preguntarme si realmente se trata de un ángel o de un demonio. Si ahora que “la cosa está buena” ya escasean los fondos para sostener los andamiajes de subsidios mal pensados y mal diseñados, ¿qué ocurrirá en tiempo de vacas flacas? Si al Gobierno le fue sumamente difícil lidiar con una protesta por la venta de unas tierras, ¿qué será cuando la protesta sea por miles que no reciban los presentes angelicales?

Frente a todo ello vemos que una gran parte de la población habla de la necesidad de un “modelo propio”, que tome piezas de distintos cadáveres, los injerte en nuestras raíces autóctonas, para que terminemos con un Frankenstein en cutarras. El catedrático Alberto Mansueti lo plantea así: “No hay que buscar, ya lo tenemos reinando en nuestros países: un “modelo” estatista que toma de los pueblos indígenas el colectivismo y el racismo, de los reyes borbones el mercantilismo, y de los jefes militares del siglo XIX el caudillismo personalista; a esa mezcla agregamos esa versión criolla del marxismo que es el populismo latinoamericano –Mariátegui & Co.– combinada con un poquito de esa interpretación local del Consenso de Washington que es el “neoliberalismo”; y remata con fuertes dosis de socialismo “martiano” de Cuba; “sandinista” de Nicaragua; “tupamaro” de Uruguay, “montonero” de Argentina; “bolivariano” de Venezuela, y “etnocacerista” del Perú”. Ahora, a “ese modelo propio” le exportamos a EU en la cabeza y el corazón que llevan los latinos cuando invaden y votan por otros cinco años de Obama, que seguramente terminará con éxito su destructiva tarea. Y termina Mansueti comentando: “¡Qué magnífica forma de vengarse del imperialismo yanqui!”.

Se sabe que los mercados libres funcionan, ya que existe abrumadora evidencia que los países con mayor libertad de empresa son los más prósperos y con menos pobreza. Y resulta que en una economía libre no existe ningún zar que pueda decirle a todos como deben comerciar y menos a qué precio deben vender; y mucho peor cuando lo hacen por decreto. Esto es algo que en 4 mil años de historia jamás ha producido más que inmensas miserias, sin atender el jaleo de fondo.

El buen vaquero de economías humanas sabe que no lidia con animales carentes de inteligencia y amor propio; de manera que el asunto y reto no están en arrear como ganado sino de promover buen pasto para que todos seamos gestores de nuestro propio destino. Y con ello no digo que los gobiernos no tengan su función; el problema es que sí la tienen y no la cumplen, dedicándose a todo lo que no deben y descuidando lo que sí.

En el fondo todo se reduce a un problema de escala de valores, que hemos ido lacerando y trastocando a tal grado que ya cuando algunas autoridades proponen e imponen medidas desquiciadas, ya no produce ni frío ni calor. Precisamente de ello recién escuché hablar a un autor de un libro que explica cómo montar empresas; y en lo que más hizo énfasis, es que al iniciar cualquier aventura empresarial es vital la determinación de los principios que regirán los actos de la empresa. Lo mismo se aplica a una familia, al barrio, organización cívica o al Estado. Cosas tan simples como establecer que jamás se pagarán coimas y tal.

Si trasladamos esta filosofía al Estado, sería hablar de principios que jamás deben ser negociados. Me refiero a aquellos principios elementales establecidos en la Constitución; tales como el de libre expresión, libre tránsito y el derecho a la propiedad, que cada día son menos cautelados por los gobiernos, y más violados por tantos.

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