SANEAMIENTO

Arrabal ´versus´ albañal: Rolando Anguizola B.

Políticos de vieja escuela –o sea casi todos– estiman que construir acueductos y alcantarillados es mal negocio porque las obras se ocultan bajo tierra y no sirven como propaganda para efectos electorales. A consecuencia de esa miopía, en el curso del siglo XX se perdieron ríos y playas de la muy ilustre y leal ciudad de Panamá hasta que por fin, con bastante atraso y timidez, hace seis años se inició un programa de saneamiento de la bahía que, por el alocado crecimiento urbano, ha resultado insuficiente. En otras palabras, el proyecto no basta para contener la miasma, eso que por mojigatos denominamos caca.

En las calles de la capital, hace dos o tres lustros, las aguas negras eran de ocasional floración, hoy día fluyen profusamente y, en el momento exacto en que nuestro país pretende asomar las narices al umbral del primer mundo, las bacterias salen de paseo en suela de chancletas igual que en calzados de charol.

Estimado transeúnte, tenga cuidado donde mete el delicado pie, porque a la vera de las aceras rotas en el Casco Antiguo, tanto como en vía España, calle 50, Federico Boyd, Transístmica y en cualquier cantidad de barrios citadinos, pasa un auto y le pringa, o puede quedar nadando en los jacuzzi–alcantarillas de la avenida Nacional, que las cuadrillas liquidan, pero resucitan cada mes por voluntad propia, como la momia de Tut.

A pesar de la colapsada infraestructura citadina todavía hacemos ostentación de primorosos barrios residenciales, tanto viejos como modernos, somos la pequeña Manhattan, el Dubai, el Miami latino y con orgullo le mostramos al turista Panamá la Vieja, Paitilla, la cinta costera, el paseo de Amador, el Canal, etc. Pero la realidad ha doblegado el pasado orgullo de beber –directo del grifo– la más cristalina y potable agua del mundo y, por vergüenza colectiva, ocultamos los “patacones” bajo las alfombras.

Causa pena el albañal y olfatear vapores que comprometen la salud, el ornato y la calidad de vida de los habitantes de ciudad de Panamá, excepto las narices del privilegiado grupito que se desplaza en helicópteros.

En fin, todos preferimos el aire acondicionado mientras metemos lengua a los dinosaurios, a las encuestas políticas, los pavipollos, radares, metros y pasos a desnivel muy atractivos, pero que no resolverán el “mostroseado” tranque. Miles de millones de dólares gastados, sin distinción de prioridad entre el camello suntuario y la obra necesaria para desarrollo de la nación.

Urbanistas, sanitaristas y el resto de esta sociedad variopinta a la que todos pertenecemos nos rasgamos las vestiduras, sufrimos pena por las ardillas, la indolencia del vecino o la rapacidad de gobernantes, tirios y troyanos, y con el rictus de la risita gozamos el último chisme popular mientras disimulamos arcadas, para ignorar el tufillo y el asco que provoca la caquita... y viene más.

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