TIEMPO DE PEDIR PERDÓN

¿Arrepentido o con soberbia?: Roberto Díaz Herrera

Los humanos cometemos errores. No yerra quien no actúa. Solo Manuel A. Noriega recordará los problemas de niñez o adolescencia que le marcaron. Todos tenemos esas huellas, conscientes o inconscientes; desde el Papa hasta quien barre las calles. El punto es si tenemos la cultura y oportunidad de hacer que nos revisen. Para eso están los psiquiatras, psicólogos o un sacerdote capaz. Somos un porcentaje mínimo el que acude a ellos para rectificar.

Noriega dio muestras de disfunciones psicológicas severas desde que era subteniente. Él lo sabe, en Colón y David registró casos notorios. En su “ayer” hay un tortuoso camino. Pagó muy caro. Lo sacaron a tiros quienes lo encumbraron. A sus 77 años, según dicen, empezará un “hoy”, envejecido y golpeado. La ley lo aguarda. Hay hechos salpicados de sangre inocente o de adversarios que no permiten hablar de su “inocencia”. Veintitantos años atrás decía lo mismo: “no he hecho nada malo”; es decir, ni torturas, desapariciones de sacerdotes, civiles, militares alzados ni la decapitación de un médico.

Solo el niño interno –desalmado e irresponsable– seguiría diciendo lo mismo. Venir con esa canción es un absurdo. Sus abogados y familiares deben –si desean que reciba menos golpes y maldiciones– aconsejarle lo que la madre Teresa de Calcuta llamó “el regalo más bello a un culpable”, el perdón. Solo que para recibirlo o disminuir los odios justificados se impone pedir ese perdón. Tras más de dos décadas de cárcel y reflexiones no vemos arrepentimiento.

¿Qué puede hacer un juez para armonizar ese libre albedrío jurídico con su sana crítica, a fin de decidir sobre este reo malamente famoso? El propio Presidente o ministro del ramo, ante el evento de que su familia y amigos le hagan presión o soliciten ayudar al hombre enfermo que hoy llega para que se le minimice su encarcelamiento, apoyados en las normas penales que le favorecen por su edad y salud, ¿cómo actuarían ante la opinión pública o ante las decenas de viudas y huérfanos, cargados de odios la mayoría?

¿Cuánto mal le hace a su orgullo decir “que me perdonen todos aquellos a quienes hice daño”? Su tiempo de mando y control pasó; que lo recuerde, hoy es un reo. ¿Para qué escuchar los videos de una doliente que dice: “yo le escupo la cara de tenerlo al frente”? Sus hijas merecen nuestra comprensión, cargan el pesado yugo de defender al que las trajo al mundo; encontrarán muy poca solidaridad franca. Nadie acude con sinceridad a ayudar a un caído. ¡Cuánto nos consta!

Aunque no lo comparto, comprendo el rencor de los familiares de algunos militares asesinados que me han dicho: ¿cómo perdonar a alguien que no solo mató a mi ser querido, sino que nos quitó las casas, los bienes y nos hizo huir del país sin dinero ni defensa? Insisto en que el odio enferma al que lo porta interiormente. Pero solo su propia espiritualidad puede ayudarlos.

Noriega merece la justa aplicación de sus derechos procesales, atención por el estado de su salud, la aplicación de las normas penales que más le favorezcan, como lo dicta la doctrina internacional y la nuestra. Nadie puede ser excluido de esos beneficios ni de sus obligaciones.

El reo mueve a lástima y compasión. Quien no lo siente es porque no tiene un verdadero espíritu cristiano. Jesús nos mandó casi un imposible: “Ama a tu enemigo; si amas al que te ama, ¿qué mérito tiene?”.

Sus hijas –lo he dicho públicamente– tienen el derecho sagrado de defender a su padre y de utilizar todos los recursos legales, razonables, para ayudarlo. No obstante, ellas deben valorar la opinión pública, imaginar la reacción contraria, los odios con razones de muchas personas.

Les conviene despertar al reo de creer “que viene a probar inocencia”. Eso solo creará más dificultades.

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