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SOCIEDAD

¿Autocontrol o educación sexual?: Ramón Mendoza C.

En la entrega del pasado 5 de agosto de este diario se comentó el proyecto de ley 85 propuesto en la Asamblea Nacional, tendiente a regular la educación sexual en Panamá. Ante las razonadas críticas a este, y por el interés del tema, lo leí y me parece adecuado. Cabría hacerle, a mi juicio, algunas modificaciones, pero es necesario.

En el ambiente se mantiene una discusión entre dos posiciones antagónicas: una basada en criterios religiosos que considera que el autocontrol del individuo, con el soporte de una educación adecuada, fundamentada en una sólida estructura de valores, le debe proporcionar a los adolescentes (y menores) los medios racionales para enfrentar, mediante autocontrol, las presiones sexuales. La otra argumenta que un programa de educación científico, divulgado y administrado por el Estado, es el mecanismo correcto para enfrentar la presión sexual, que se traduce en embarazos precoces en niñas y adolescentes, enfermedades como sida, gonorrea, sífilis, herpes genital y otras.

Además, está la corriente de los “avanzados culturalmente”, librepensadores, ateos o agnósticos que piensan resolver el problema regalando condones, anticonceptivos o permitiendo los abortos a discreción de las embarazadas, como ocurre en otros países.

Lo malo es que nuestra cultura es deficiente; no tenemos un adecuado sistema educativo y la sociedad sufre una grave crisis de valores. Al parecer, el autocontrol derivado de la invocación espiritual de las fuerzas divinas para contrarrestar la presión de grupo –que cada día ve en la actividad sexual prematura y descontrolada una justificación de su propia existencia– no es suficiente. El proyecto intenta proveer educación científica, regular los medios anticonceptivos y prevenir, en la medida de lo posible, la degradación sexual que sufre la niñez y adolescencia. No obstante, esta ley, como instrumento independiente o único, no tendrá mayor efecto si no es parte de una política integral cultural y educativa que procure rescatar los valores que día a día se pierden. La Iglesia, o mejor dicho las iglesias, bien podrían llamar la atención a esos medios de comunicación que saturan los horarios con novelones que proyectan una sexualidad fácil, con publicidad que incita al consumo de alcohol (un detonador para eliminar límites conductuales), contra esas canciones que incitan al tráfico sexual, a la violencia y al consumo de drogas, elementos que se van integrando para degradarse en una subcultura sexual en la que la mujer pierde el pudor y la autoestima al convertirse, voluntaria o involuntariamente, en un objeto, en un medio de satisfacción perentorio e irresponsable. Por otra parte, la desintegración de hogares disfuncionales, incapaces de proveer valores, sumergidos en una cultura de la incultura donde lo malo es bueno y lo bueno es malo, es el caldo de cultivo primario de esta vorágine que engulle a la juventud. Hay que tomar las medidas correctivas y se debe hacer ahora.

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