SOCIEDAD

¿Autómatas o trabajadores responsables?: Alfredo Spiegel Calviño

¿Cómo se podrá conseguir que los empleados que trabajen con el Gobierno o la empresa privada, comprendan y se convenzan de que ellos son una parte importante y, por lo tanto, compartan las ambiciones, esperanzas, penas y compensaciones de esa aventura en común, que es el trabajo?

Es evidente que si se mejora el ambiente y las condiciones laborales se puede beneficiar la productividad del trabajador. Sin embargo, algunos se resisten al cumplimiento cabal de su responsabilidad, a pesar de los incentivos y las buenas condiciones de trabajo. ¿Será por falta de vocación o se convierten en autómatas por un sueldo?

Feliz aquel que se enorgullece del oficio o profesión que desempeña. El ideario del Club Rotario nos dice: “La dignidad de una profesión se deriva de la reputación de quienes la practican, al dedicar sus conocimientos y capacidades al servicio de los demás, y no en beneficio personal”. Esto es lo que llamamos los rotarios “el aprecio de toda ocupación útil”.

La siguiente historieta (que puede ser aplicada a cualquier actividad, solo hay que sustituir la situación y el personaje), es un claro ejemplo de la falta de vocación e interés en el trabajo. Cuentan que un supervisor llega a una escuela y en su recorrido observa algo que le llama la atención: una maestra estaba atrincherada detrás de su escritorio, mientras los alumnos hacían un gran desorden. El cuadro era caótico. El hombre decidió presentarse:

–“Permiso, soy el supervisor... ¿algún problema?”.

–“Estoy abrumada, señor, no sé qué hacer con estos chicos. No tengo láminas, no tengo libros, el ministerio no me manda material didáctico, no tengo recursos electrónicos, no tengo nada nuevo que mostrarles ni qué decirles”.

El inspector, que era “docente de alma”, vio un corcho en el desordenado escritorio, lo tomó, y con aplomo se dirigió a los chicos:

–“¿Qué es esto?”.

– “Un corcho señor”, gritaron los alumnos sorprendidos.

–“Bien, ¿de dónde sale el corcho?”.

–“De la botella señor. Lo coloca una máquina... del alcornoque... de un árbol... de la madera...”, respondían animosos los niños.

–“¿Y qué se puede hacer con madera?”.

–“Sillas... una mesa... un barco”.

– “Bien, tenemos un barco. ¿Quién lo dibuja? ¿Quién hace un mapa en el pizarrón y coloca el puerto más cercano para nuestro barquito?”.

Y comenzó una tarea de geografía, historia, música, economía, literatura, religión, etc. La maestra quedó impresionada. Al terminar la clase, le dijo conmovida:

–“Señor, nunca olvidaré lo que me enseñó hoy. Muchas gracias”.

Pasaron unos días y el inspector volvió a la escuela y buscó a la maestra. Estaba acurrucada atrás de su escritorio, los alumnos otra vez en total desorden.

–“Señorita, ¿qué pasó? ¿No se acuerda de mí?”.

–“Sí señor, ¡cómo olvidarme! Qué suerte que regresó. No encuentro el corcho. ¿Dónde lo dejó?”.

Cuando el maestro, el médico, el mecánico, el empleado público, etc., no tiene vocación o amor por su profesión u oficio, ¡nunca encuentra el corcho!

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