CODICIA A LA VISTA

Autonomía del Canal en riesgo: Carlos A. Alvarado

¡Se disparó la primera alarma! A principios de diciembre, La Prensa hizo pública una nota enviada al secretario privado del presidente Martinelli, Adolfo de Obarrio, por el italiano, Valter Lavítola, un desconocido para el panameño común, pero evidentemente con excelentes conexiones en las altas esferas del Gobierno.

La nota parece más una orden que un comentario: “En un año debe haber un nuevo administrador del Canal y sería bueno empezar a pensar quién podría ser un buen candidato que le gustase al capo”.

Que un italiano prófugo de la justicia de su país y sin ninguna relación conocida con la actividad canalera comente, con semejantes términos, sobre la selección del futuro administrador del Canal, llama la atención y resulta preocupante. El problema estriba en que entre líneas se lee claramente que en este momento se está buscando para el Canal una persona que, más que administrador eficiente y conocedor de la industria naviera, sea funcional al “capo”, quien quiera que este sea.

El proceso hacia ese fin podría no solo violentar la autonomía de que goza la ACP, sino poner en riesgo la eficiente operación de la vía acuática en momentos en que una grave crisis económica sacude al mundo.

Y es que la tentación es muy grande. Casi coincidente con la publicación de la nota de Valter Lavítola, los diarios anunciaron que en el año fiscal que termina, el Canal aportó al fisco la cifra récord de mil 43 millones de dólares. Cabe apuntar que durante los 11 años de administración panameña, los aportes del Canal suman 6 mil 500 millones de dólares, cifra muchas veces superior a lo aportado por el Canal bajo la administración norteamericana (1914–1999). Toda una tentación para lo que Roberto I. Eisenmann identificó como la “cleptocracia” política.

La historia del periodo francés de construcción del Canal relata que el proyecto cautivó la atención de hombres excepcionales que, por la gloria de Francia, impulsaron el proyecto. Muchos, exponiendo su propia vida, llegaron a Panamá para llevar adelante una obra que al completarse, combinada con el Canal de Suez, haría realidad la ansiada unidad del mundo. ¡Todo un sueño!

Se sabe, sin embargo, que paralelamente al formidable esfuerzo francés se activó un aceitado engranaje de corrupción que carcomió profundamente la estructura técnico–administrativa creada para la ejecución del proyecto. La corrupción fue tan grave que, eventualmente, se convirtió en uno de lo factores principales que arrastraron a la quiebra a la organización. Mientras que en Panamá moría gente “por la gloria de Francia”, en París políticos, banqueros, financistas, la prensa, e incluso cortesanas, recibían prebendas para asegurar su apoyo o su silencio.

A medida que avanzaban los trabajos, se hacía evidente la necesidad de más fondos. Estos solo se podían conseguir mediante emisión de bonos que requerían de la aprobación del parlamento francés. Cada emisión requirió del pago de enormes cifras en calidad de sobornos. Los políticos pusieron precio a su voto, y un sector de la prensa amenazó con boicotear la venta de bonos haciendo públicos los problemas que se tenían en Panamá –verdaderos o inventados– si no se les pagaba.

Después de la quiebra estalló el escándalo y hubo un juicio que llevó a la cárcel a unos pocos. Entre ellos estuvo Charles de Lesseps quien, en representación de su padre, manejó la compañía durante los últimos años. Durante el juicio tuvo valor suficiente para explicar en detalle cómo la compañía fue víctima de todo tipo de extorsión. “Se diría que todo el mundo quería sacar su tajada”, dijo. Si no se pagaba, había que atenerse a las consecuencias. La comisión investigadora avanzó, pero también supo detenerse cada vez que tropezó con información que podría comprometer a alguien. Convenientemente, se había creado un escudo de protección sobre los “viejos colegas”.

Los párrafos anteriores subrayan cómo el Canal, a través de su historia, ha sido objeto de la codicia de gente inescrupulosa. Por ello, hay que pasarse de ingenuo para creer que la iniciativa planteada por Lavítola tiene como objetivo el beneficio del Canal y del país. Lo que se está buscando lleva implícito el riesgo de convertir el Canal en centro de corrupción que se uniría –multiplicado varias veces– a los escándalos de Juan Hombrón y el lote de Paitilla.

La historia se repite en espiral, decía el Dr. Arnulfo Arias. Hay señales de que aquellos que extorsionaron a la Compañía del Canal Francés y, con ello, contribuyeron a su quiebra, no están muertos. Han resucitado con otros nombres y ciudadanías, y se están movilizando para colocar a uno de los suyos como administrador del Canal. Serían 10 años ejerciendo una posición que podría rendir beneficios multimillonarios.

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