CRISIS EN SIRIA

La encrucijada de Barack Obama: Juan Manuel Castulovich

Hace una semana, cuando el presidente Barack Obama acusó al gobierno de Bashar Al Assad de haber usado armas químicas contra sus connacionales y, por tanto, cruzado “la línea roja” considerada intolerable para Estados Unidos (EU), el mundo daba por descontado que el ataque militar era inminente.

Los Gobiernos del Reino Unido, conservador, y el de Francia, socialista, anunciaron que se sumarían a una acción militar punitiva liderada por Obama. Pero después vino el varapalo de la Cámara de los Comunes (el parlamento británico), que negó su apoyo al primer ministro David Cameron; siguieron las apelaciones del Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki Moon y del Santo Padre, para que se posponga cualquier acción de fuerza; y las tajantes declaraciones en contra de Vladimir Putin y como efecto inmediato la inminencia de la guerra se esfumó, temporalmente.

Cuando George Bush ordenó atacar Irak, el Consejo de Seguridad, previamente, había advertido a Saddam Hussein que cesara la masacre de sus opositores o enfrentaría “graves consecuencias”. También contó con los informes, aunque después resultaron falseados, de que Irak contaba y estaba dispuesto a usar armas de destrucción masiva, incluidas las químicas. Además tuvo el apoyo del Congreso, donde una de las pocas voces disidentes fue, precisamente, la del entonces senador Obama. Y, finalmente, Saddam Hussein, con sus bravuconadas, le ayudó a abonar el camino.

Desde que Bush atacó a Irak han transcurrido 10 años. Poco después, Estados Unidos se embarcó en la guerra de Afganistán. De Irak apenas están saliendo y en Afganistán todavía no hay fecha cierta para la conclusión de esa aventura. Los costes de ambas guerras han sido multimillonarios, en centenares de miles de millones. Y hoy un porcentaje mayoritario del pueblo estadounidense todavía escamado por lo ocurrido en Irak, se pregunta si esos costes han estado justificados y cuestiona, aún más, si deben repetirse similares aventuras bélicas.

Súmese a los factores anteriores que Estados Unidos apenas comienza a superar una de sus peores crisis económicas y se entenderá por qué Obama silenció los tambores de guerra y luego de medir las consecuencias, reconsideró sus primeras intenciones y ha optado por procurarse el aval del Congreso. Y no importa que tanto él como el Secretario de Estado, John Kerry, digan que el Presidente no lo requiere legalmente, sin el aval del Congreso no habrá acciones militares contra Siria.

Recuperar el liderazgo mundial de Estados Unidos, gravemente disminuido por el gobierno de Bush, hijo, es una de las tareas que ha tratado de cumplir Barack Obama, pero en condiciones muy difíciles. El retroceso de la economía, principalmente, ha priorizado la agenda doméstica y trajo como consecuencia que la gran masa del pueblo estadounidense se preocupe más de la situación interna y de su economía personal, que por el prestigio que a su país puedan rentarle las aventuras militares foráneas.

Por eso el caso de Siria y el manejo del polvorín del Oriente Medio son una encrucijada para Obama. Por un lado, es prisionero de su propio discurso que lo obliga a actuar. Por el otro, y dentro de las circunstancias presentes, no puede arriesgarse a hacerlo sin contar con el apoyo de Gran Bretaña y Francia, pero principalmente sin el aval del Congreso estadounidense. Y si este llegara a otorgárselo, será a cambio de una transacción con la mayoría republicana, con condiciones onerosas y con facultades limitadas que muy difícilmente podrán traducirse en un triunfo político para Obama.

Cuando Obama fue elegido y se inscribió en la historia por ser el primer presidente afroamericano de Estados Unidos, pareció estar destinado a ingresar en el Olimpo de los grandes líderes de su país. Pero la crisis económica con la que sigue luchando, el sabotaje implacable de una derecha conservadora que no ha desperdiciado oportunidad para atacarle, con razón o sin ella, y un entorno internacional cada vez más complicado por las series de crisis que azotan el Oriente Medio y que son una caldera en permanente ebullición, han alejado toda posibilidad de que Obama sea recordado como un gran Presidente. No será evocado así en Estados Unidos. Y nosotros, los habitantes del continente americano y, en especial de América Latina, muy poco podemos registrar como una muestra de su interés por esta parte del mundo.

Obama ha tratado de ser el gran líder del mundo occidental; pero su encrucijada presente terminó por acorralarlo y, aunque la razón moral lo asista, políticamente ha quedado en la que en el idioma inglés se califica como una típica “no win situation”.

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