REALIDAD HISTÓRICA

¡Bienvenido Niño Jesús!: Paulino Romero C.

Cada año para esta fecha, el milagro de Belén se repite: y es que vuelve a nacer “el Niño Dios”. Después de más de 2 mil años, ya es un lugar común en el mundo cristiano (desde Belén, Jerusalén, Medio Oriente, Europa, América, Asia, África hasta Australia). No es necesario, sin embargo, buscar pruebas y evidencias en los historiadores profanos del primer siglo o en el curso ulterior de la historia para admitir la realidad de Cristo y de su enseñanza.

Los mismos evangelios son documentos históricos cada vez mejor probados, dignos de confianza de los estudiosos.

Según los evangelios, los sucesos cruciales del nacimiento de Jesús y su reconocimiento inicial tuvieron lugar en lo que entonces era una cueva natural, utilizada como establo, en los suburbios de Belén.

María y José, viniendo de Nazaret, debieron quedarse allí, pues no había habitación disponible en la posada local. En ese medio humilde, María dio a luz a su primogénito, lo envolvió en pañales y acostó en un pesebre (Lucas 2:1–7).

Después de estudiar el valor documental del Nuevo Testamento y las evidencias históricas del cristianismo primitivo, quien desee convertir a Cristo en un mito podría, con tanta o mayor razón, sostener el carácter mítico de cualquier personaje histórico de la antigüedad.

En efecto, para ridiculizar el afán de algunos mitólogos que querían convertir a Jesús en una creación de la fantasía, el escritor francés J. B. Peres escribió en 1835 un folleto titulado: De cómo Napoleón no ha escrito jamás, en el que se mostró tan lógico y concluyente como los adversarios de Cristo.

El mismo carácter del mensaje evangélico y de sus primeros propagadores es una garantía de la realidad histórica y de la excelencia de Cristo y del cristianismo. La forma en que el Nuevo Testamento pinta a Dios y al hombre no tiene igual.

Presenta un cuadro de su naturaleza divina, donde se aúnan la justicia y el amor, la bondad y el poder, la gloria y la mansedumbre, la sabiduría y la humildad, tan en consonancia con lo mejor que pueda enseñar la naturaleza o la revelación, que no puede menos de cautivar el entendimiento y la voluntad del lector sin prejuicios.

Y al mismo tiempo pinta al hombre con una penetración tan profunda y acertada de sus flaquezas y aspiraciones, de sus virtudes y vicios, de sus miserias y posibilidades, que convence, constriñe y anima a todo ser humano inteligente y sensible.

El Nuevo Testamento contiene la suma de la enseñanza moral accesible al género humano, y está libre de toda falla e imperfección. Expone también un plan de redención que conviene a todos los hombres en todos los tiempos y en cualquier circunstancia. Justamente con el Antiguo Testamento, es el libro de la Divinidad para la humanidad. Los más diversos pensadores reconocen que el carácter moral con que los evangelistas pintan a Jesucristo, es intachable, de una belleza y superioridad sin parangón.

Como realidad histórica, Jesús tenía que ser la personalidad que el Nuevo Testamento y el cristianismo bíblico sostienen: el Mesías presentado por los profetas, el hijo de Dios, el redentor del mundo. Y la exégesis cristiana ha demostrado que en Jesús de Nazaret se cumplieron cientos de predicciones mesiánicas, muchas de ellas a pesar de la inconsciencia u oposición de los promotores de su cumplimiento.

El rey de gloria se rebajó a revestirse de humanidad. Tosco y repelente fue el ambiente que le rodeó en la Tierra. Rehuyó toda ostentación externa. Jesús se propuso que ningún halago de índole terrenal atrajera a los hombres a su lado.

Únicamente la belleza de la verdad celestial debía atraer a quienes le siguiesen.

Concluyamos: Cristo como realidad histórica, como el Mesías prometido, como el hijo de Dios encarnado, el redentor del hombre, es la luz de nuestra civilización, el centro de la historia y de las escrituras.

Algo más todavía: “Desde hace 20 siglos Cristo es un Dios para la humanidad, mientras los otros dioses van abandonando la Tierra o confinándose en sus regiones de origen”.

Saludamos a la familia universal cristiana en esta divina fecha memorable; reiteramos nuestra firme convicción y nuestra fe inquebrantable en los designios de Dios; saludamos, igualmente, con natural humildad, a todos nuestros compatriotas en el advenimiento inmediato de un “nuevo año”; y alabamos con devoción toda manifestación de solidaridad cristiana, que se produzca en cualquier país o pueblo del mundo.

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