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Bioetanol, mitos y negocios: Domingo Espinosa G.

Desde que se inició la crisis del petróleo, en la década de 1970, el precio del combustible ha ido en aumento, disparándose cuando se presentan conflictos bélicos y alcanzando niveles insostenibles en los países del tercer mundo, como Panamá, que no son productores.

Conocemos los efectos adversos en el ambiente que origina el petróleo, cuyos gases agravan el efecto invernadero causante del recalentamiento del planeta. Los países dependientes de esta energía se ven obligados a buscar fuentes alternas que sustituyan parte del combustible fósil. Nace así la producción de los biocombustibles a partir de especies vegetales como maíz, remolacha y caña de azúcar. El etanol es uno de los derivados, y su uso al 5% está autorizado por el Gobierno Nacional para mezclarlo con gasolina.

Su empleo ha dado pie a mitos y miedos entre los automovilistas. Algunos creen que les dañará el motor de su carro, no obstante, los especialistas y mecánicos descartan que ese pequeño porcentaje afecte los vehículos, más bien ayuda a una combustión más limpia, lo que permite reducir las emisiones a la atmósfera. En otros países el etanol puede usarse hasta un 10% sin tener que hacer ajustes a los motores.

Lo cierto es que la producción de biocombustibles a partir de maíz, remolacha y caña de azúcar entra en competencia con los alimentos para el consumo humano y animal, crea desabastecimiento y encarece y traspasa ese costo a los productores y consumidores, lo que amenaza la seguridad agroalimentaria.

La producción de etanol llevará a los ingenios azucareros a incrementar el números de hectáreas para cubrir la demanda nacional. Esto supone aumentar la mano de obra agrícola que quizás haya que traer de otros países, como pasó en las bananeras en Chiriquí y Bocas del Toro, debido a la escasez de fuerza laboral en el campo. La producción extensiva de caña presenta otros problemas porque estos ingenios tienen que adaptar sus tecnologías a fin de mitigar el daño al ambiente.

Hagamos un ejercicio aritmético del costo-beneficio de la producción de etanol. Una hectárea de caña produce aproximadamente 100 toneladas al año. Se estima que el rendimiento es de 85 litros de etanol por tonelada, lo que dará un total parcial de 8 mil 500 litros de etanol por hectárea. A esto hay que sumarle la producción del bagazo. Esto explica por qué algunos empresarios deciden producir alcohol en vez de alimentos. El negocio es lucrativo y tiene un mercado asegurado, porque su uso es obligatorio. Es aquí donde se une el poder político con el económico, solo es cuestión de investigar quiénes son los dueños de esos ingenios para sacar conclusiones. Quizás al candidato de la oposición le toque parte del pastel, y así todos felices y contentos.

Lo mejor hubiera sido dar un poco más de tiempo antes de obligar al uso de etanol, así los productores y consumidores estarían mejor preparados para una decisión que afecta el bolsillo de todos, porque lo paradójico es que sale más caro la mezcla que la gasolina pura.

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