HIDROELÉCTRICAS

Camino a morir de sed: Victoriano Rodríguez Santos

Por fin, la población panameña empieza a despertar, a darse cuenta de que sin agua no se vive, y que las hidroeléctricas le hacen un daño increíble al ambiente, pues su desarrollo implica muchas veces la destrucción de bosques y ríos, pulmones naturales del ecosistema.

La forma desmedida en que se autoriza la construcción de esas moles de concreto hace imposible la normal afluencia del agua que tanto requiere la población.

Ahora los aborígenes defienden no solo sus tierras, han comprendido que el agua será la fuente de poder, muerte y guerras del futuro, y que el presunto “progreso” no es la solución a los problemas actuales. Al contrario, la fauna desaparece y la flora sucumbe ante las inundaciones de las represas. Nuestras poblaciones aborígenes, una vez más, tienen que adentrarse en montañas improductivas y cada vez más lejos de la civilización. Así se incrementa la desnutrición y aumentan las enfermedades, inclusive aquellas erradicadas como la tuberculosis reaparecen con el riesgo de propagarse al resto de la población.

Vivimos en un país con un alto nivel de crecimiento, pero con bajo desarrollo económico y social. La pobreza crece y la clase media disminuye cada vez más. Los ricos tienden a ser más ricos, muchos producto de la corrupción.

En provincias como Chiriquí, en donde hay más de cinco hidroeléctricas en un solo afluente, se ve desaparecer ríos otrora caudalosos. En su lugar queda una ligera corriente de agua, sin peces ni camarones, y desprovistos de la frondosidad de aquellos preciosos árboles que daban sombra.

La muerte galopa a la par de las hileras de bloques que represan el agua de las hidroeléctricas. Los aborígenes levantaron la bandera de la soberanía y el buen aprovechamiento del recurso hídrico. Muchas poblaciones mestizas y de nuestra llamada civilización se unen a esas voces de protesta contra las hidroeléctricas.

Nos espera un incierto destino. Fatal, porque se puede vivir sin electricidad, pero no sin agua. Quienes venden a la nación son traidores a la patria, al igual que quien asesina con un arma o el que roba el pan, la salud y la educación de los pueblos. Ellos deben ser llamados criminales porque nos matan poco a poco.

Es necesario pensar qué sucede en Panamá, qué queremos y a dónde vamos. Actualmente tenemos una justicia selectiva imposible de soportar. Las pesquisas que se hacen para investigar los actos de corrupción en las instituciones estatales indican que se suman más colaboradores de Martinelli y su nefasto gobierno.

Esa justicia selectiva les favorece, con país por cárcel. Con suerte, poco más del 80% de la población conoce la ciudad capital, pero muchos otros por falta de recursos nunca salen del suelo patrio. Parecen cumplir la pena impuesta a quienes se apropian de los bienes del Estado, asesinan de hambre y limitan la educación y la salud al pueblo. Es tiempo de unirse a la lucha para no morir de sed.

¡Dios te salve, Panamá!

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