INCULTURA

Carnaval, distorsión y corrupción: Orlando Acosta Patiño

Por todo lo acontecido con el Carnaval capitalino, no puedo dejar de sumarme a las reflexiones expresadas a través de distintos medios de comunicación. Este año el lema se quiso colocar en el contexto del descubrimiento del mar del Sur y fue bautizado por la Autoridad de Turismo de Panamá como “El Carnaval del Descubrimiento”; posteriormente, sin embargo, se adoptó el nombre del “Carnaval de la City”.

Lo anterior sorprende, porque en Panamá, como en la mayoría de los países americanos, se habla el español como parte del legado cultural posterior al avistamiento del mar del Sur, de forma que utilizar el nombre anglosajón fue un error inicial. No es de sorprender que las campañas internacionales promuevan el turismo nacional como The Way (http://www.youtube.com/watch?v=9TjM2h1rukE).

¿Por qué extrañarse, entonces, del Carnaval de la City o del Jumbo Man que el año pasado reemplazó al rey Momo en una procaz coronación en los culecos de la cinta costera? El Carnaval de la ciudad se promueve bajo una grave distorsión cultural, bajo lemas en otro idioma y promoviendo el país como un destino lleno de gente rubia y blanca. Panamá es culturalmente de origen hispano, negro, mestizo y se habla español.

El escándalo que escaló la seudocontratación de Don Omar y la irrupción de Wisin y Yandel el día martes es el otro comentario de esta entrega. El Carnaval de la City deja un tufo de corrupción y falta de transparencia. Ha sido, lamentablemente, bajo el patrocinio de la institucionalidad oficial una farsa ilegal y corrupta. En medio de la fiesta se perdieron –igual que los chivitos de la chiva que parió en el monte– 130 mil rúcanos. Nunca sabremos dónde quedó el billullo, todos preguntaremos y nadie responderá. No es necesario citar las aclaraciones de Don Omar, las evasivas de Showpro y de quien representa la institucionalidad de la ATP. La legalidad desaparece, como los resbalosos de las calles, con la llegada a última hora de Wisin y Yandel que no cumplieron ninguno de los requisitos administrativos que regula la contratación de artistas extranjeros.

Esta fiesta necesita ser rescatada de las manos de representantes de la institucionalidad oficial de turismo y entregada a la empresa, grupos y organizaciones privadas. El Gobierno ha demostrado ser un gestor ineficiente y opaco en la organización, promoción y ejecución del Carnaval capitalino, porque lo ve como un circo para el pueblo que se transforma; la cinta costera es como un gran corral de vacas en donde se suelta a los ciudadanos a “pastar” sin ninguna oferta cultural. Es decir, se limitan a instalar tarimas desde donde se arenga a las masas, ensordecidas y aturdidas por el guaro, que saltan y se menean en procaces actitudes ante los turistas atónitos que no entienden nada. El Carnaval bajo el esquema de quien lo gesta y la administra ha sido un fracaso.

Las comparaciones son odiosas, pero ¿por qué no analizar los esquemas organizativos de la cercana Barranquilla, cuyos famosos carnavales han logrado el reconocimiento como patrimonio intangible? Este año se convocó a todos los ciudadanos para la gran celebración del Bicentenario del Carnaval de Barranquilla. El rescate de la Guacherna fue uno de sus aspectos más destacados. Se observó un desfile limpio, sin baches, sin tráiler y sin música estruendosa ni foránea. El Carnaval del Bicentenario se vivió en los cinco distritos, liderados por las reinas populares.

Los barrios Abajo, Montecristo, Ciudadela 20 de Julio, Delicias, San Salvador, Chiquinquirá, El Carmen, Santo Domingo, San José, Olaya, Lucero, Boston y San Roque contaron con eventos propios, con gran asistencia de público local y extranjero, así Barranquilla se reafirmó en su identidad cultural; realzó la Marimonda, no a Jumbo Man; se tomó las calles, no encerró a la gente. Descentralizó la fiesta y dio espacio a la iniciativa privada.

Barranquilla promovió el Carnaval como un producto que da beneficios económicos, porque cuenta con un programa de becas y de formación universitaria a los gestores culturales y empresariales, que son motores en la organización y celebración del Carnaval.

Devolver el Carnaval de la ciudad de Panamá a la gente, a las organizaciones privadas y a las calles garantizará su vitalidad, transparencia, autenticidad y lo transformará en una verdadera referencia cultural y en un producto de exportación.

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