INTROMISIÓN ESTATAL

Carnaval y orden espontáneo: Roberto Brenes P.

Carnaval y orden espontáneo: Roberto Brenes P. Carnaval y orden espontáneo: Roberto Brenes P.
Carnaval y orden espontáneo: Roberto Brenes P.

Los panameños solo tomamos en serio los carnavales. Pero cada vez más, el entusiasmo y la diversión individual ceden a un festejo dominado por y desde el gobierno. En la ciudad de Panamá, lejos de ser una actividad individual, barrial o gremial que nace de abajo hacia arriba, como fue en otro tiempos, el rey Momo es ahora una creación burocrática ribeteada de oficialismo. Con ello se ha ido perdiendo el orden espontáneo del público, la rivalidad de las comparsas y murgas y con ello la genuina alegría y la autenticidad.

El Carnaval en los 60 lo recordamos como un evento de la gente, con múltiples facetas de festejos y representada por el verdadero crisol de razas, disfraces, tonadas y carros alegóricos.

Nada lo describe mejor que la canción Carnaval en la Central del cantautor Pedro Altamiranda. En ese tiempo había poco apoyo oficial y cada quien buscaba el suyo con empresas, sus barrios y sus comunidades. Había reinas de todas las etnias y los carros alegóricos, casi todos privados, representaban un esfuerzo voluntario y de las empresas por hacer relaciones públicas con sus clientes y amigos.

Entonces, ¿cómo se transformó aquello a lo que vemos hoy? Cuando los militares toman el gobierno en 1968 buscan eventos y pretexto para legitimarse y los carnavales de la ciudad eran un buen tema. La tesis era que había que mostrar legitimidad y alegría, aunque fuera forzada y se desparramó en el Carnaval, mucho billete estatal. Se empezó a regalar dinero para organizar comparsas y desfiles y con ello inevitablemente el favoritismo y no se ayudó a grupos espontáneos a los que se les secaban los apoyos tradicionales como las empresas que ahora las alineaba el gobierno de turno hacia los grupos que quería apoyar.

Ese modelo de Carnaval ha prevalecido y la discusión no es “¿qué vamos hacer?”. sino “¿con cuánto vamos a hacer?”. El monto del presupuesto del Carnaval de Panamá es un serio asunto de Estado. Los resultados están a la vista, un evento estridente, deslucido que amenaza a la ciudad cerrando calles e incrementando la inseguridad y donde la menguada participación popular se limita a ver pasar los carros alegóricos, la mayoría del gobierno, con sus mercenarias comparsas. ¿Y qué decir de las tarimas de espectáculos donde se vuelcan miles de balboas que pudieran tener mejor uso social?

La fiesta de Panamá ha sufrido la suerte del muralismo mexicano que, cuando el gobierno lo declaró arte oficial de la revolución y del Estado; lo mató. Ningún artista que se preciara quiso después de eso emular un arte espléndido pero ya consagrado como un canon oficial.

Lo más malo es que el “Carnaval oficial” ahora amenaza también a las calles de arriba y abajo en todo el país. Poco a poco hay más fondos políticos para “dejarse ver” en el interior. Esos pueblos que tratan de defender sus tradiciones y su espontaneidad, se ven más y más amenazados por la “filantropía” estatal, que además quiere mandar. Con el incidente de las tres tunas en Las Tablas, las autoridades sin tener arte ni parte, ya querían dirimir en favor del statu quo y negarle espacio a las decisiones voluntarias y espontáneas de la gente del pueblo, fueran estas las que fueran.

Por supuesto que creo que hay cambios y limitaciones que obligan a cierta planificación. Pero usar fondos estatales para “guaro y campana” no es socialmente correcto. Además, la creciente importancia de fondos públicos directo a los organizadores de las fiestas, con lo que se empodera al favorito del gobierno, no es sana. Tampoco lo son los recursos del Estado que vienen en el financiamiento de comparsas, tunas y carros estatales.

Pero cada día más, la presencia oficial que no es ni espontánea ni voluntaria, arrincona y apabulla al ciudadano que humilde pero con alegría quiere salir a expresarse y gozar en sus tradiciones. Si esto no es así, me remito a lo que todos vimos en el Festival de las Mil Polleras. Si no salimos a detener esta creciente ola de bien intencionado oficialismo, también perderemos ese bello festival.

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