DE CARA A LA CONTIENDA DE MAYO

Cavilaciones sobre conciencia y utilidad: Ricardo J. Bermúdez D.

Falta muy poco para que se celebren elecciones generales en la República de Panamá. Aparte de la atmósfera apasionada que el evento encierra, este muy particular torneo –a mi modesto entender– será importantísimo para nuestra frágil y muy acosada democracia, pues la persona que resulte ungida por el voto popular tendrá la responsabilidad ineludible de rescatar, principalmente, nuestros valores esenciales o –en su defecto– desbaratar mucho más el camino andado desde 1989 hasta la fecha.

Dicho lo anterior procedo a formular algunas reflexiones relacionadas con el título de este escrito.

Hace cinco años las condiciones electorales –particularmente la selección del presidente entonces– eran muy semejantes a la encrucijada en que nos encontramos hoy. Para muchos las supuestas tendencias ideológicas de la que fuera candidata de gobierno despertaron un temor inusitado y que capitalizó, casi por completo, el actual mandatario, Ricardo Martinelli Berrocal.

Para otros, y me incluyo, la preocupación era diferente: de repetir el triunfo el Partido Revolucionario Democrático –particularmente frente a la notoria debilidad estructural que se percibía en los otros colectivos políticos locales– pudo haber abierto un compás difícil respecto a la necesaria alternancia del poder, tema harto peligroso y muy similar a lo que se había dado en México con el Partido Revolucionario Institucional por casi 70 años.

Ambos escenarios condujeron a que buena parte de los votos que recibió el actual mandatario no fuera –a mi modo de ver– endoso positivo a su persona y su plan de gobierno, sino claro rechazo a la persona y el partido antes mencionados.

¡Craso error entonces, pues aquel voto supuestamente útil que ejercimos muchísimos hombres y mujeres de manera diversa –a pesar de haber malogrado las intenciones de la discutida aspirante y cualquier supuesto plan posterior de su agrupación política– también desbarató el pequeño pedazo de decencia y ética gubernamental que quedaban en la República de Panamá!

Claro quedó en mi mente que lo útil puede resultar tanto positivo como negativo, pues la búsqueda de la utilidad no necesariamente concluye en algo o alguien producto de sopesar el conocimiento interior del bien y del mal.

La transparencia y honestidad dentro de su andar público y privado –no números imprecisos ni fórmulas amañadas– deberán ser los verdaderos pilares donde sustentar nuestra decisión al momento de escoger quién dirigirá los destinos de la Nación panameña a partir del 1 de julio venidero.

El voto a conciencia –ese proceso mental al que solo puede tener acceso el propio sujeto que lo ejecuta para decantar una decisión en particular– es absolutamente necesario practicarlo pues el sufragio electoral conlleva, a mi juicio, obligaciones posteriores de participación y apoyo a la gestión pública que desarrollará la persona seleccionada por nuestro discernimiento personal.

¿Cómo podemos pensar siquiera en la impostergable revisión integral de nuestra Constitución –además de construir una genuina concertación nacional y muchos temas aún pendientes entre todos los que aquí habitamos– si quienes proponen el voto utilitario desconocen hoy día quién será la persona responsable de llevarlo a cabo y –mucho menos– el avalúo ético y moral de su aún hipotético candidato para liderar estos y otros asuntos de inmensa importancia para nuestro país y su gente?

El compromiso con los valores, planes y propuestas del candidato presidencial de nuestra preferencia debieran estar analizados y pactados anímicamente con nuestra conciencia desde hace ya buen tiempo. En mi caso así está hecho, y no menciono su nombre para evitar arremetidas pasionales en su contra o –en su defecto– la esencia del modesto escrito que me permito someter hoy al escrutinio del país entero.

Por todo lo antes mencionado solicito, de manera respetuosa, reflexionar sobre el voto a emitir el domingo 4 de mayo venidero. Hacernos solidarios con una decisión a conciencia impedirá ese reproche moral que –con toda seguridad– sentiremos todos si avalamos personajes ajenos a nuestras convicciones y sustentados, irresponsablemente, solo en imprecisas estadísticas y no en los genuinos valores que debe hacer gala quien tendrá la dura labor de dirigir los destinos nacionales en el lustro por venir.

Convencido estoy de que todos los que sigamos el dictamen producto de un hondo y sincero raciocinio –amén del peso que llevamos dentro luego de la valoración ética y moral sobre el país donde vivimos– saldrá a flote la satisfacción plena de haber votado a favor de alguien a quien consideramos trabajará por un Panamá mejor para todos los que aquí habitamos.

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