LA EXISTENCIA HUMANA

Certeza de lo invisible: Julián Alfonso Clarós Morris

El valor humano no puede ser mensurado a cabalidad más que en la fe. Explicar el significado de la dicha o la tristeza que nos rodea o de la cual somos partícipes encuentra la limitación de las palabras humanas. ¡Sorprendernos ante la inmensidad de lo existente y preguntarnos si todo esto es producto de la casualidad o del caos resulta tan inverosímil! ¿Cómo puede el desorden crear normas y leyes como la gravitación universal, la conservación de la materia, la entropía, etc.?

Cuando la filosofía griega buscó un cimiento para sus pensamientos (posiblemente, los mismos que tenemos hoy), Sócrates atisbó que la respuesta estaba en cada uno, causando una verdadera revolución para Occidente. Creyó que la mejor manera de responder a las necesidades humanas ya eran conocidas en el interior de las personas y que solo un buen ejercicio de la reflexión daría los frutos adecuados para el ser humano y su entorno. Este método de enseñanza se basaba en que un buen maestro, por medio de preguntas, hacía que el discípulo encontrara las respuestas en su propio ser. Lo llamó mayéutica (algo así como ser “perito en partos”). Es decir, ayudar a “dar a luz” la verdad interior. Sin escribir libros influyó tanto en el pensamiento occidental este sabio, que sus seguidores penetraron en la historia, cuajándola en torno suyo, marcando un hito fundamental.

Siglos después, Descartes, a quien se le considera padre de la filosofía moderna, formuló sus magníficas notas en libros tales como Discurso del método y Meditaciones metafísicas. Sus “ideas innatas” nos hacen reencontrarnos con Sócrates. Entre ellas, la más importante, la que no nos permite equivocarnos, es Dios.

Si el devenir de la materia fuera fundamentado en el caos, ¿para qué planificar? Es inimaginable un trayecto sencillo (como ir a lavarnos la cara) o un viaje muy complejo (como el que realizó la NASA al planeta Marte, con su “Curiosity”) sin proyectar nada. El caos no tiene estructura ni leyes que lo rijan. Cada una de esas actividades necesitó planificación o un orden.

Es obvio que el universo entero se basa en una serie de principios. Es más obvio aun que un ser superior las estableció. Que no lo conozcamos totalmente a él no es un inconveniente a priori. Y, quizás, es más conveniente que haya quienes cuestionen su existencia. Aquellos personajes nos ayudan a depurar nuestra fe.

Los grandes ateos, y me refiero a los famosos por su ateísmo a ultranza, tenían como referente a Dios. No es común que alguien se adjetive a sí mismo por algo en lo que no cree o no apoya. Todo lo contrario: si vas por un equipo de fútbol, béisbol o el deporte o ideal que sea te haces conocer por aquel equipo (o ideal) y no de uno inexistente. Es encomiable la labor que estos grandes hombres y mujeres han hecho para purificar nuestra concepción de el ser por excelencia.

Por sobre todo esto, ¡qué maravilloso es poder atisbar la inmensidad desde este pequeño y frágil planeta Tierra, comprendiendo que existe un orden en el cual evolucionamos, crecemos y nos hacemos mejores! ¡Qué fantástico es comprender que hay un sentido para la existencia humana! ¡Qué inconmensurable es la motivación de nuestros sentidos, acciones y metas! Esto es solo comprendido en la aceptación de la irrefutable existencia de Dios.

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