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INVESTIGACIÓN Y DESARROLLO

Ciencia: prioridad olvidada: Xavier Sáez-Llorens

Durante los últimos 15 años, Panamá ha tenido un crecimiento económico constante en torno al 7%. Esta envidiable cifra se visibiliza claramente por el exuberante capital físico de nuestra metrópoli: rascacielos, centros comerciales, carreteras costeras, puertos, trabajos del Canal, hoteles, restaurantes, terminales del aeropuerto, plataformas del Metro y redes de telecomunicación. Tenemos, sin duda, una fachada de primer mundo. Desafortunadamente, el cascarón está hueco por dentro. Estamos vergonzosamente atrasados en recurso humano de calidad productiva. Como los gobernantes no enciendan las luces largas e inviertan en educación, el país no avanzará de forma robusta y seguirá dependiendo de su vocación servicial o de la mano extranjera para sostener su prosperidad. La única manera de erigirnos como nación independiente es dedicando un significativo porcentaje del producto interno bruto (PIB) a las asignaturas de ciencia, tecnología, investigación e innovación. Deporte, música y religión, populares opiáceos sociales, reciben mayor financiamiento público y privado, pese a no ser factores determinantes de progreso. Las proyecciones de inversión del Plan Estratégico del Gobierno para el año 2016 revelan una disminución del presupuesto asignado a la parcela científica y, en el discurso presidencial reciente, no hubo ninguna palabra alusiva a la ciencia. Negro futuro.

La Secretaría Nacional de Ciencia y Tecnología (Senacyt), a lo largo de la pasada década, ha promovido la cultura científica en centros educativos, formado a jóvenes panameños en reputadas universidades internacionales, repatriado a profesionales talentosos e incentivado proyectos de investigación de relevancia nacional. Los fondos de apoyo, sin embargo, son exiguos. Como resultado, se rechaza un sinnúmero de aplicaciones de estudiantes brillantes y se reduce el monto de las becas doctorales o postdoctorales de los alumnos que ya se superan en el exterior. Posteriormente, además, las plazas laborales en el sector estatal son deficientemente remuneradas, impropias para gente con muchísimo tiempo de estudio y sacrificio individual. Debido a que el Estado no asume la ciencia como prioridad, la empresa privada tampoco se identifica y prefiere contratar a personal foráneo antes que ayudar a la capacitación de coterráneos. Para colmo, como nadie exalta el enorme beneficio que implica la inversión en el campo científico, la filantropía rara vez aparece.

Dejo la paja mental y aporto evidencia numérica. El presupuesto global asignado a Investigación y Desarrollo (I+D) para el 2015 es de 0.14% del PIB, muy por debajo del promedio latinoamericano (0.76%) y notoriamente ridículo al comparar con Estados Unidos, Europa y varias naciones de Asia (Japón, Corea del Sur, Singapur). La cuantía absoluta de inversión (se excluyen gastos de administración y planilla) se desglosa en 39 millones aportado por el ámbito público (20 millones para Senacyt, 5 millones para el Instituto Gorgas y resto para las distintas universidades), 25 millones proveniente del exterior (Instituto Smithsonian, principalmente) y apenas un millón inyectado por la empresa privada. Con este minúsculo sustento, no es de extrañar que escasee el recurso humano dedicado a I+D. Del total de personas incorporadas a la fuerza laboral en Panamá, tan solo un 0.3% (552 individuos) se desempeña como investigador científico. Da vergüenza expresarlo, pero el porcentaje para Costa Rica es 10 veces mayor. El panameño no parece inclinarse por la ciencia, debido quizás a que tenemos un bochornoso currículo escolar que no estimula el pensamiento crítico y a que nuestras universidades utilizan una vasta parte de su limitado presupuesto en funcionamiento y no en generación de conocimiento. Si exploramos las fuentes internacionales de los indicadores en I+D e innovación tecnológica (Ricyt, Unesco, Unctad), nos percatamos fácilmente de que Panamá figura en la lista de los peores índices en cantidad de publicaciones y patentes, casi a la par de naciones profundamente rezagadas.

Todos nos enorgullecemos, por supuesto, al ver los triunfos de Rubén Blades, Omar Alfanno, Olga Sinclair, Roberto Durán, Mariano Rivera, Laffit Pincay, Alonso Edwards o Jaime Penedo. Ninguno de sus logros, empero, nos acerca al primer mundo. Paradójicamente, contamos también con científicos que publican sus trabajos en las más prestigiosas revistas y que se codean con los mejores del planeta, pero no solo pasan desapercibidos, sino que ni siquiera reciben ayuda financiera para ejecutar sus pioneros proyectos. Nuestros gobiernos siguen apostando todo al modelo de servicios y poco a la educación, directriz que nos impide absorber nuevas tecnologías, generar innovación y competir en materia académica a nivel internacional. De afectarse la operatividad o productividad del Canal, por ejemplo, sufriríamos una catástrofe económica de proporciones gigantescas y careceríamos de paliativos de cualquier índole para revertir la situación. Mientras la ciencia no se perciba como una prioridad nacional, seguiremos siendo un país subdesarrollado, disfrutando de concreto, entretenimiento, superstición o chisme político y mirando los barcos pasar, repletos de productos novedosos, pero todos inventados por otros... ¿Eso queremos? @xsaezll

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