RÉPLICAS

Cinismo e indignación: Xavier Sáez-Llorens

Jamás me había divertido tanto leyendo las réplicas a un artículo de opinión de mi autoría. Las cínicas críticas a mi escrito dominical precedente fueron antológicas y colmaron mis derroteros literarios. Belcebú también disfrutó a mi lado. Aunque no me produce placer debatir con detractores anónimos, admito que a veces me hacen reír. Hoy deseo concentrarme en los ataques de remitentes conocidos. Un digno ejemplar de la tauromaquia criolla, individuo inteligente y sagaz, me llamó mentiroso. Nunca, en mis 55 años, me habían clasificado así. Los que me conocen saben que soy más franco que libro abierto y tan autocrítico que me mofo hasta de mis propios yerros o desatinos. Otra persona, a la que dispenso aprecio especial pese a su afinidad merengue, me refutó con elegancia el nombramiento de un primo (QEPD) por parte de su querido consorte. Para apaciguar sus gimoteos, debo reconocer ambas imprecisiones. En aras de objetividad, reemplazaré el término “su abogado”, por “su allegado” y el de “director” por “asesor”. Gráciles deslices de semántica. Un tercer personaje aludió a mis conflictos de interés. A este distraído sapiens no le daré razón porque revelé las influencias con antelación. Hurgando esas impurezas, empero, tanto fondo como mensaje de mi columna permanecen indemnes.

Lo que poco cuaja dentro de un contexto racional fue la súbita y furibunda contestación del primer atacante. Tan atormentado tenía su hipertrofiado ego que se valió de correos electrónicos, redes sociales, páginas web y parlantes mediáticos para sacudir las banderillas, enfilar los cuernos y arremeter contra el novillero. El objetivo era realzar su casta bravía como arma de amedrentamiento. Para rematar la faena, apeló a una supuesta fe celestial, presuntamente masónica, para intentar rebajar mi credibilidad y convencer a los leales hatajos de su impoluta conducta, cualidad dizque patognomónica de toda “alma” creyente. Tengo la impresión de que su tiro emergió por la culata. Para gente lúcida y acuciosa, la feroz reacción tiene traducción opuesta y genera más duda que confianza. Solo basta escudriñar mi crónica con rigurosidad para percatarse de que no acusé a nadie de corrupto. Primero, mencioné que la deshonra sin pruebas contundentes merecía una pena carcelaria similar al delito. Segundo, comenté acerca de la morbosa percepción por parte de la sociedad sobre escándalos de administraciones pasadas que parecían ya olvidados. Es más, en señal de misericordia, ni siquiera listé la ocurrencia de galimatías más grotescas que acontecieron durante esos mandatos. Un psiquiatra perspicaz diría: “cualquier ser humano que ejecuta ese descargo dialéctico, en respuesta a inocuas reflexiones, demuestra que su conciencia está tan adulterada que enfrenta problemas para elaborar abstracciones sensatas”. Como médico, solo me resta aconsejar al irascible político que busque apoyo psicológico profesional. Es el primer paso a la redención de los defectos que todos poseemos.

Una entrañable amiga sugería salir a las calles para expresar indignación por los intentos presidenciales de destruir la institucionalidad democrática, por los negocios que miembros del Gobierno maquinan con cada obra pactada y por las numerosas agresiones ecológicas. Le hice una pregunta ingenua. ¿Qué porcentaje de este comentario es inequívoco y cuánto es nebuloso? ¿Qué proporción es indiscutible y cuánto es promovido por intereses económicos, agendas partidistas o manipulaciones mediáticas? ¿Por qué no empezamos primero un gran movimiento de exasperación ciudadana para que metan presos a los políticos, empresarios, abogados y banqueros que han drenado arcas estatales, orquestado estafas bancarias, evadido gravámenes fiscales o sobornado a funcionarios después de la invasión? Deberíamos, quizás, promover que en vez de que las patrulleras italianas exhiban los nombres de figuras de triste recordación, mejor nos recuerden sus inmorales actuaciones, cubiertas con máscara de legalidad. Propongo placas grabadas con los apodos de Lucky Games, Chequera de Taiwan, caso Cemis y Juan Hombrón. Parece más que evidente que, tras bastidores, todos los políticos se entienden y arreglan sus entuertos jurídicos, mientras los ciudadanos comunes nos peleamos por elegir al mandatario que nos efectuará otra colonoscopia traumática durante el siguiente lustro.

Otra camarada de excepción insinuaba que mis cuestionamientos a personajes pretéritos podrían interpretarse como defensa al dignatario actual. Nada más lejos de la realidad. La corrupción, artesanal o sofisticada, aguda o crónica, trivial o inmensa, carece de justificación alguna y es igual de execrable. La depravación no se mide por gradientes. Lo que me irrita sobremanera, sin embargo, es que sujetos que formaron parte de telarañas delictivas en gestiones anteriores, hoy emerjan como adalides de honestidad y patriotismo, fiel reflejo de que el “juega vivo” es uno de nuestros símbolos patrios, y que convendría fijar un día de noviembre para celebrarlo. Por último, en lugar de rendimiento y trabajo, este país vive de chisme y encuesta. Los cansones sondeos, además, responden a significativos sesgos de información de la prensa local. Un ejemplo reciente. Este periódico, en lo que aparentó ser propaganda simulada, mostró en portada a la “prenda” de Juan Carlos Navarro con declaraciones demagogas de apoyo a periodistas y solidaridad con el popular Bobby Eisenmann.

Apuesto a que este candidato, archiconocido por la colosal brecha entre lo que esconde y lo que exhibe, subirá puntos en escrutinio venidero. Conviene recordar, empero, que las encuestas son como los biquinis: revelan rasgos excitantes, pero tapan lo verdaderamente esencial. Cuidado. twitter: @xsaezll

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