URBANISMO

Ciudad sólida y sociedad líquida: Álvaro Uribe

La sociedad contemporánea, además de ser mayoritariamente urbana, ha sido caracterizada como sociedad líquida (Zigmunt Bauman), en razón de la fluidez con la que se establecen y se deshacen contactos, relaciones e incluso afectos.

Libros recientes como Flying Solo, Bowling Alone, Going Solo o Why Love Hurts reflejan, denuncian y a veces celebran un estado de cosas que, aunque muy común en los países industriales, también nos toca. El tercio de hogares liderado por mujeres solas en Panamá es una muestra. Y son pocos los mayores de 40 que no tienen, por lo menos, un divorcio. Este es el panorama en que transcurren nuestras vidas en lo que parece ser la última etapa de un sistema económico capitalista que ya no puede producir más desigualdad y ya no tiene a dónde ir: se le acabó el mundo y tiene que cambiar.

El escenario donde todo esto ocurre es la ciudad. En nuestro caso, la ciudad de Panamá es especial. Es uno de los puentes de ese mundo y, con seguridad, el cambio también pasará por aquí. Pero, mientras eso ocurre, la ciudad es un negocio. Y como todo negociante sabe, especialmente los promotores inmobiliarios, la calidad del negocio tiene que ver con la localización. En la ciudad de Panamá, el área central (Bella Vista, Betania, San Francisco) recibió la mayor cantidad de inversión inmobiliaria en los últimos 10 años, a base de transformar barrios residenciales de vivienda unifamiliar en áreas de comercio, oficinas y vivienda multifamiliar. Así, los viejos barrios de Bella Vista, La Cresta, Campo Alegre, Obarrio y, especialmente, San Francisco, se fueron llenando de torres, usando el expediente del cambio de zonificación... lote por lote.

Pero esta visión de la ciudad como agregado de proyectos individuales no se sostiene, porque como el todo es mayor que la suma de las partes, cuando las partes son proyectos que van desbordando las condiciones iniciales (donde había una o dos casas, ahora hay 20 o 30 apartamentos) el todo es un gran lío.

Entonces, la ciudad transitista, la que debería fluir, se ha solidificado hasta la parálisis de sus calles centrales, saturadas con el aumento de tránsito, autos estacionados y la congestión es tan cotidiana como el calor. Los esfuerzos para orientar el crecimiento urbano no han escaseado.

El Plan Metropolitano (Mivi, 1996) y la Ley 6 de Ordenamiento Territorial (Mivi, 2006) procuran establecer un marco de acción, así como la propuesta Ley de Descentralización Municipal (2014). Pero no basta. Así como el colapso del transporte ha requerido cirugía mayor, con el Metro Bus y, principalmente, con el Metro, como proyectos concretos de transformación y mejoramiento que apuntan hacia la gente menos favorecida, es necesario un esfuerzo adicional de transformación profunda que cambie la manera como estamos construyendo la ciudad.

Pero esto siempre es resultado de alguna crisis. El Movimiento Inquilinario (1925), las invasiones de tierras en San Miguelito (1958), el golpe de Estado en 1968 y la prohibición de autorizar la construcción de edificios altos durante algunos meses, en 2005, hasta la elaboración de la llamada “Ley de las alturas” (Ley 6 de 2006), han sido hitos en este proceso. Hoy, la preocupación del Idaan, que no autoriza proyectos en el centro, por la saturación de las tuberías de drenaje, tiene que dar pie a una revisión de las normas en áreas de la ciudad que no dan más aunque el negocio siga siendo bueno y la gente se lo aguante.

Y la clave está en lo que hace el Canal: ampliar los cauces y elevar las tarifas para quien quiera usar la vía. Es lo justo. Más y mejores tuberías, soterramiento de cables, transporte colectivo (más líneas de Metro) y aceras adecuadas, espacio público de calidad y establecimiento de servidumbres viales para acomodar el crecimiento que viene en las periferias, mayores densidades que contrarresten y eventualmente limiten el desparramamiento de casitas individuales, son metas no solo factibles sino indispensables para que la ciudad siga siendo un buen negocio. Pero, principalmente, se trata de lograr que una parte de la valorización que hoy capturan gratis los propietarios de la tierra y que lubrica la construcción y la promoción inmobiliaria, pueda ir a un fondo (municipal o en todo caso estatal) para mejorar y mantener la infraestructura que le da calidad a la ciudad. Nos tocó vivir en una sociedad líquida, de contactos y compromisos efímeros, pero esto es un signo de los tiempos, un fenómeno social, que cada uno canaliza como puede. Sin embargo, la ciudad es más permanente. Para que funcione, debe ser líquida en sus flujos y sólida en sus estructuras. Y como la solución cuesta, no es individual, es colectiva y debe ser solidaria. Porque, además, colectividad y solidaridad son las semillas del cambio que se avecina.

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