ANTAGONISMO

Ciudadanía y clientelismo: Johnny Sáurez Sandí

Somos ciudadanos los que participamos y pertenecemos a una determinada comunidad política organizada. Conglomerado del que derivan derechos y obligaciones que deben ser de cumplimiento irrestricto. El ejercicio pleno de los derechos políticos y de las obligaciones pactadas a lo interno del cuerpo social, es lo que define que podamos llamarnos ciudadanos.

Aparte de obligaciones, tenemos muchos derechos, entre ellos el de elegir y ser elegidos, y de participar en todas las esferas y actividades de la vida social de la comunidad y la organización política a la que pertenecemos.

Somos acreedores del derecho sagrado a pedir cuentas a quienes elegimos para que cumplan con los cargos que demanda la administración pública, y ellos están obligados a rendir esas cuentas. No pueden, los administradores, ampararse al poder que genera el escritorio para eludir explicaciones; este no se puede convertir en la barrera para que el burócrata o el político que administra la cosa pública evada sus responsabilidades o actúe motu propio en detrimento del orden pactado.

En aquellos Estados donde su ciudadanía es débil, poco educada, carente del ímpetu o de la posibilidad de ejercer sus derechos, y donde las reglas dominantes son producto de un sistema o parasistema temporal (oligarquías, partidos o movimientos políticos), surge el clientelismo. Este comportamiento sustituye a la ciudadanía que debería proveer las posibilidades de crecimiento, avance y opción de escalar en la búsqueda de felicidad y de los bienes materiales para una existencia, al menos, decorosa. El clientelismo es una nefasta herramienta muy utilizada en los sistemas políticos poco desarrollados; tiene dos usos básicos, en primer lugar, la emplea el político de turno o administrador de la cosa pública para ejercer poder o perpetuarse en el cargo; también para granjearse el apoyo del que debería ser un ciudadano con derechos plenos. En segundo lugar, la usa el administrado –que, igualmente, debería ser el ciudadano con derechos plenos–, y le permite convertirse en el cliente, el protegido del político, en tanto le solvente sus necesidades primarias y momentáneas, como la alimentación, el vestido o el techo para la vivienda, como a menudo sucede.

Todo esto es una aberración, tanto para el cliente como para el protector, porque socava las bases del orden social que debe imperar. Si hilamos más delgado, el clientelismo destruye la democracia y aleja la posibilidad de construir un modelo medianamente cierto de república, con igualdad de opciones y posibilidades para todos. Por consiguiente, esos comportamientos atentan contra lo más sagrado, que es la dignidad humana.

Ningún ciudadano que se respete a sí mismo, independientemente de su condición social, económica, educativa, material o política, debe convertirse en cliente de un poder temporal o de aquella persona (otro ciudadano) que lo administre o detente.

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