REPRENSIÓN

Claustro por cárcel: Carlos E. Rangel Martín

Es probable que el papa Francisco le imponga claustro obligatorio a Bernard Law, exarzobispo de Boston, quien últimamente residía en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, huyéndole a la justicia estadounidense, que lo busca por el cargo de encubrir a alrededor de 250 presbíteros pederastas en Estados Unidos. De oponerse Law al enclaustramiento, sería de esperar que el Papa lo enviara de vuelta a encarar la justicia civil.

Este trato estaría muy lejos de constituir algún tipo de ensañamiento, porque Jesús mismo exclamó que “...al que escandalice a uno de estos pequeños..., mejor le es que le pongan al cuello una de esas piedras de molino... y que le echen al mar”, seguramente considerando el profundo daño de por vida que los pederastas le ocasionan a sus víctimas.

Hasta décadas recientes, la práctica usual de muchos jerarcas católicos era “trasladar para remover” a los religiosos culpables de pederastia; de modo que, generalmente, solo era cuestión de tiempo para que los pederastas recalcitrantes volvieran a sus fechorías en las nuevas comunidades adonde los hubieran trasladado. Con dichos “traslados”, no solo se ha ensuciado enorme e injustamente la imagen de millares de religiosos católicos consagrados, sino que, cuanto más elevada la jerarquía del encubridor, mayor la deshonra.

El papa Francisco realmente estaría poniendo en práctica lo que San Pablo recomendó en su primera carta a Timoteo: “... a los presbíteros culpables hay que reprenderlos delante de todos”. Además, el enclaustramiento “temporal” constituiría una reprensión compasiva, porque protegería a los religiosos implicados de ser internados en cárceles civiles que, usualmente, son extremadamente peligrosas, donde pandillas internas, y a veces los mismos administradores de las cárceles, someten a los reclusos a toda clase de vejámenes.

Referente a los religiosos que abusan sexualmente de menores de edad, quizá algunos católicos conservadores opinen que sería excesivamente severo enclaustrarlos “indefinidamente”; pero debemos comprender que estos sujetos son enfermos mentales, y el objetivo no sería “castigarlos” sino “confinarlos” y, de ser posible, someterlos a tratamiento(s) psiquiátrico(s) hasta que sanen y dejen de constituir una amenaza para los jóvenes. La dura realidad es que, habiéndole preguntado a algunos presbíteros pederastas reincidentes si sentían algún remordimiento por dichos abusos, contestaron que no, porque inmediatamente después iban a confesarse y quedaban limpios de toda culpa; así que, de no enclaustrarlos indefinidamente, se estaría atentando contra la honra y tranquilidad de las familias y comunidades desprevenidas, algo que constituiría una descomunal falta de caridad.

Finalmente, esto ilustra el alcance de las palabras de Jesús: “A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”; porque, de acatar la parte final de esta directiva, jamás debiera dársele una inmediata “absolución” a quien confiese algún estupro, a menos que dicha persona esté en peligro de muerte. Posiblemente, esta era una razón por la que en las primeras comunidades cristianas todas las “confesiones” eran “públicas” (para asegurarse de que los pastores fueran cristianos respetuosos).

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