INEQUIDAD SOCIAL

Colón: la miseria del país hanseático: Olmedo Beluche

Diez días de tenaz lucha en las calles, duramente reprimida por la policía, con un saldo de cuatro muertos por bala, decenas de heridos y centenares de detenidos, es el resultado del alzamiento popular del pueblo de Colón, segunda ciudad en importancia económica y demográfica.

Esta sublevación incontenible tuvo dos causas, una inmediata y otra que se hunde en lo profundo de las razones sociales: la primera, la imposición de la Ley 72, que autorizaba la venta de terrenos en la Zona Libre de Colón; la otra, la extrema miseria en que vive la población de esta ciudad que habita al lado del negocio más próspero del país.

Colón es la foto viva del capitalismo panameño con su extrema polarización de la riqueza y la pobreza más insultante. ¿Cómo la Zona Libre va a compartir sus enormes ganancias con los colonenses?

La historia de Panamá está marcada por un determinismo geográfico, el peso de la posición geográfica y su articulación al mercado mundial, resumido en un concepto: transitismo, que describe un país volcado a la zona de tránsito, controlada por ávidos comerciantes agentes de intereses comerciales foráneos. Ese transitismo ha producido un país dislocado, en el que la zona de tránsito concentra la mayor parte de la riqueza, dejando en el olvido al resto del Estado nacional. Un país con el 80% del PIB cargado hacia el comercio y los servicios financieros y de transporte, carente de agricultura e industria, cuyo resultado social es una de las peores polarizaciones de la riqueza.

Las empresas que se establecen en la Zona Libre no pagan ningún tipo de impuestos. Solo pagan un arrendamiento por las instalaciones que usan a un precio catastral subvalorado. En 2012 la Zona Libre de Colón manejará un movimiento comercial de 12 millones 447 mil 646 dólares. En un país cuyo PIB fue ponderado en 2011 en 23 millones 253 mil 6 millones de dólares, estamos hablando de una cifra significativa.

Pese a toda esa riqueza que se mueve dentro de las 240 hectáreas que ocupa la Zona Libre, la ciudad de Colón es, a la vista del peor miope, una urbe paupérrima. A lo cual hay que agregar el desprecio racista de gobiernos, policías y empresarios contra la población, en su mayoría afrodescendiente. Racismo que se expresa no solo en el abandono de la provincia, pese a su importancia económica, sino porque se prefiere contratar a trabajadores de Panamá que de Colón. De ahí que no basta con exigir la derogación de la Ley 72, hay que buscar una propuesta que obligue a esos comerciantes a compartir un pedazo de la riqueza que generan.

Propuesta que, aún manteniendo el negocio capitalista, haga algo de justicia al pueblo colonense y permita resolver las enormes disparidades sociales que padece. Colón es la punta del iceberg, la vanguardia de un conflicto social que atraviesa todo el país. El problema de fondo es el capitalismo transitista panameño y su sueño hanseático, cada vez más inequitativo, injusto y antidemocrático.

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