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CONTROL CENTRALIZADO

‘Constitución’ militarista: Ramón A. Mendoza C.

Tras la invasión que depuso al general Manuel Antonio Noriega, arrasó los cimientos de la estructura castrense y posibilitó la toma de posesión del presidente Guillermo Endara, se habló de una nueva etapa democrática en Panamá. A partir de tal coyuntura se pudo elegir a los gobernantes en un sistema constitucional de respeto a los derechos ciudadanos, en un ambiente de libre expresión y actividad política. Sin embargo, si examinamos con cuidado las estructuras políticas del país, veremos otra realidad oculta, pero cierta. Estas estructuras muestran un proceso degenerativo latente, con crudas manifestaciones de corrupción. Esto se debe a que aún rige la Constitución que fue diseñada para legitimar la dictadura militar de la época; creada sobre una base ideológica de tintes socialistas, con rasgos liberales y que le dio a Panamá un talante de desarrollo social (Código de Trabajo) y despunte económico (nacimiento del centro bancario internacional). Fue un híbrido interesante. Se procuró la legitimación mediante la Asamblea de Representantes de Corregimiento, y la actividad legislativa quedó controlada por la Comisión de Legislación, obviamente, bajo los designios del poder real: los militares.

El poder centralizado originó una nueva élite que lo controló y utilizó en su beneficio, lo que se tradujo en un proceso de corrupción institucional que continúa hasta ahora. El objetivo era asegurar el poder del Estado en una persona y su círculo de influencia. Tal vez, Torrijos lo entendió y pensó en devolver el poder a los civiles. Nunca lo sabremos, pues su extraña muerte dejó ese capítulo inconcluso. Al tomar el poder, Endara tuvo la oportunidad de elaborar una nueva Constitución, pero no lo hizo. Esta sufrió varias reformas, pero su verdadera esencia y los fines para los que se creó permanecieron y cada gobierno los aprovechó. De esta forma, todavía el Órgano Ejecutivo puede controlar al Judicial, al Ministerio Público, a la Contraloría y a otras tantas entidades del Estado. Igual que en la época de los militares, ese control centralizado crea y promueve una élite que utiliza el poder político en su beneficio. Ese es el secreto del porqué, a pesar de promesas y comisiones, ningún gobierno posdictadura ha tomado en serio el tema de la constituyente. La Constitución de los militares les sirve y bien. Así, la democracia panameña es en gran medida una falacia. Queda disminuida al ejercicio del voto ciudadano, carece de instrumentos para exigir la rendición y aplicar la revocatoria del mandato popular. Los partidos, al igual que la Constitución, muestran un proceso degenerativo, sin ideología ni principios, se han convertido en maquinarias electoreras, porque la política es un buen negocio. Otra dictadura late, oculta y solapada, bajo una estructura constitucional desgastada, solo que usa la máscara de la democracia.

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