SOCIEDAD

Consumismo como opio del mundo: Alberto Valdés Tola

En la historia de la humanidad siempre ha existido algún engranaje ideológico que, al tiempo que le da significado a la vida y a sus procesos, condiciona con su poder persuasivo y ordenador el espíritu de la gente. Este fue el caso de las ideas religiosas en la Antigüedad y en la Edad Media. En la actualidad, el fenómeno del consumismo muy bien pudiera considerarse análogo a lo anterior, en cuanto a estructurar el pensamiento y la misma vida de la gente, respecto a sus decisiones y a la manera de entender su propósito existencial. En este sentido, y utilizando la fraseología marxista, no es arriesgado considerar el consumismo como el nuevo opio del mundo.

Es importante comprender que se trata de un fenómeno único y característico del capitalismo tardío, de finales del siglo XX y principios del XXI. Pertenece, como mecanismo regulador y estructurador de la existencia, a la denominada sociedad de consumo, cuya lógica organizadora se basa en la compra constante y excesiva de mercancías. Así, a diferencia de la sociedad de productores del siglo XIX y de la primera mitad de siglo XX, cuya meta era la producción sistemática y estandarizada de bienes, lo que impulsó fenómenos como la industrialización; la sociedad de consumo propone como vehículo ideológico, no la ética del trabajo, sino la necesidad de comprar, como meta moral de existencia. De esta forma, sociológicamente hablando el consumismo viene a llenar el vacío ideológico que han dejado las algo menguantes ideologías religiosas y laborales, en cuanto al sentido de la vida.

De forma lamentable, –y al igual que las anteriores influencias ideológicas– el consumismo alcanza ribetes excesivos de legitimidad social, al punto de que muchas personas reflejan cierto grado de infelicidad, si no van a las tiendas a comprar. Comparativamente, esto se pudiera homologar con no ir a la iglesia en el feudalismo o, simplemente, no mostrar inclinación a las artes industriosas a la hora de laborar en una fábrica de mitad de siglo XIX. De esta forma, se puede considerar que la sociedad de consumo no solo tiene una ideología orientada a comprar, sino una moral cuya fuerza se percibe en la misma interacción social. Dicha precisión sociológica, basada en una socialización de imágenes publicitarias, crea la distinción entre normalidad y desviación social. Así, ser normal implica comprar siempre; ser anormal o desviado, es no hacerlo o hacerlo con cierta mensura.

En este orden de ideas, quizás la postura más sabia no sea la de evitar del todo el influjo psicosocial del consumismo (me pregunto si será posible), pues eso nos convertiría, en alguna medida, en desviados a la norma. La alternativa pudiera ser el reconocimiento consciente del consumismo como fuerza social, capaz de orientar y estructurar, hasta cierto punto, nuestras propias tendencias y hábitos de compra. De esta forma, evitaríamos caer en sus efectos narcotizantes.

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